Las lagunas coloradas y el regreso a Bolivia

En realidad ya lo habíamos planeado, sí, volver a Bolivia. A pesar del mal sabor con el que nos fuimos tras 2 meses en el estado “plurinacional”, es un país lleno de lugares increíbles y no queríamos dejar de ver ninguno de sus principales espectáculos. Así que tocaba repetir hermosos paisajes bolivianos—y emociones encontradas claro, eso también repetiríamos.

Queríamos visitar las famosas lagunas coloradas del altiplano en la Reserva nacional de fauna andina Eduardo Avaroa (nombrada en honor al héroe boliviano de la Guerra del Pacifico). Esta reserva nacional del sur de Bolivia se ubica entre 4200 y 5400 m.s.n.m., con una temperatura promedio anual de 3ºC en medio de un paisaje de aspecto marciano dominado por la aridez. En sus más de 7000 km2 de extensión, contiene las montañas andinas más altas de la frontera de Bolivia con Chile y Argentina, destacando el pico Licancabur (5900m). Las extensas planicies altiplánicas están flanqueadas por volcanes (algunos en erupción), fuentes termales, salares, geiseres humeantes y fumarolas.

Los animales que allí viven son especies únicas que se han adaptado a las condiciones extremas de vida de este lugar, muchas de ellas tristemente se encuentran en peligro de extinción. Hay 80 especies de aves, pero los protagonistas son los 3 tipos de flamencos: el andino, el chileno y el de James. También hay 23 especies de mamíferos que prosperan entre el escarpado paisaje volcánico: vicuñas, pumas, zorros andinos y vizcachas.

las lagunas

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La mayoría de los turistas que la visitan lo hacen desde Uyuni (generalmente después de visitar el Salar). Anualmente la reserva recibe más de 40·000 turistas (una cifra infraestimada del 2005), acompañados muchas veces por locales en sus flamantes vehículos todoterreno pero sin ningún tipo de acreditación como guías. Por supuesto lo hacen con tours que les venden el paquete completo, y eventualmente los llevan en 4×4 desde Uyuni hasta la reserva que está en el extremo suroeste de Bolivia. Desde Uyuni son más de 350 km por unas carreteras nefastas de tierra, ripio o trocha—llámenlo como quieran, una auténtica mierda. Por eso nosotros decidimos llegar hasta las lagunas desde Chile (¡donde hay asfalto!). Si se hace el “tour” desde Chile, habría que hacerlo obligatoriamente desde la ciudad turística de San Pedro de Atacama. Pero nosotros no hacemos “tours”, creamos nuestras propias experiencias. En efecto, para nosotros era mucho más fácil y corto (pero no menos estresante) abordar la reserva desde la frontera con Chile.

Así pues, después del duro cruce fronterizo de Argentina a Chile a más de 4000 m.s.n.m., encaramos nuestro retorno a Bolivia. A tan solo 114 kilómetros de esa frontera se encuentra el desvío a Hito Cajón: la frontera entre Chile y Bolivia. Después de haber hecho TODO el papeleo (migración, aduana, documentos del vehículo, etc.) y de haber estado apenas 1 hora en suelo chileno, nos tocaba hacer lo mismo, otra vez, para pasar de Chile a Bolivia. Al final el esfuerzo lo vale, pero en el momento casi toca meditar…

Sin embargo, ese corto pero agradable recorrido fue en sí un espectáculo. Desde que cruzamos la frontera empezamos a gozar: con el asfalto chileno y sus paisajes desérticos del altiplano.

Nos asombramos con las lindas vistas del Salar de Tara y la Lagunas Quisquiro y Aguas Calientes.

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A diferencia de otras fronteras, el paso binacional chileno–boliviano no está integrado; esto quiere decir que hay un edificio donde te hacen la salida de Chile, y 3 km más adelante están las “oficinas” bolivianas donde se hace la entrada—algo similar a lo que nos tocó hacer en Tierra del Fuego.

La salida de Chile fue bastante rápida. Nos impresionó el moderno edificio y las instalaciones que tenían los funcionarios, totalmente equipadas para trabajar en medio del desierto a 4500 m de altitud. Además, todos trabajadores fueron muy amables (y a nuestro regreso para entrar a Chile nuevamente lo fueron aún más). En cambio, al llegar a Bolivia, nos reencontramos con su dura realidad: caminos de tierra, construcciones precarias, y escasa amabilidad. No obstante, hay que decir que el funcionario boliviano de pocas palabras nos dejó entrar a pesar de haber llegado 30 min. después del cierre de la “oficina”; eran las 15h30 🙄 (y debe ser la única frontera del mundo con ese horario).

Nos apretamos el cinturón y comenzamos la travesía por la peor carretera de todo el continente—lo hemos dicho varias veces antes, pero esta sí es la de verdad, la peor de las peores. De hecho, no es precisamente una carretera, es un camino mal delimitado, de arena/tierra que a pesar de estar indicado en algunos mapas es muy difícil de seguir. Para agravar las cosas, las 4×4 de los malditos tours no respetan las normas del parque (ninguna norma en realidad) y atraviesan por el parque por donde les da la gana, arruinando el paisaje, afectando la fauna y flora, y destruyendo la reserva poco a poco… 😢

las lagunas

A pesar de habernos informado previamente, al llegar a la entrada al parque nos chocamos con otra triste realidad boliviana. La entrada al parque para turistas cuesta $25 USD (carísimo, de las más caras del continente) sin ningún tipo de descuento (a pesar de que en la web del parque dice que los estudiantes pagan la mitad, por ej.). Lo realmente decepcionante es que esos miles de dólares que recaudan con la entrada no los invierten en la reserva: no hay baños, agua, información para el visitante, mantenimiento de vías/senderos, etc. Luego averiguamos y descubrimos que todo el dinero de los parques nacionales es enviado a las arcas centralizadas del gobierno, desde donde es repartido a todo el país. Lamentablemente, al parque donde se recogió la plata no llega ni siquiera para pagarle un sueldo digno a los guardaparques…

Nosotros intentamos seguir los caminos del parque, una ardua tarea que conseguimos gracias al GPS.

las lagunas

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Así eran la mayoría de caminos: casi imposibles de seguir pero con vistas increíbles

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Otros no eran tan difíciles, pero con esos paisajes de otro mundo… espectacular.

Muy cerca de la entrada sur del parque se encuentran las lagunas Verde y Blanca, las cuales avistamos y seguimos para aprovechar el día.

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Llegamos al salar de Chalviri y su Laguna Salada donde íbamos a dormir y a disfrutar de unas aguas termales (bien merecidas después del duro trayecto). Encontramos un rincón perfecto en medio de la naturaleza, alejado del aglomerado centro turístico que había en esta zona (con hostal, y piscinas termales de cemento para que la gente pague aún más…).

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Esa tarde, cansados, pero con alegría de haber llegado a ese hermoso lugar, nos cayó un balde de agua fría. Cuando íbamos a cocinar nos dimos cuenta que nos habíamos quedado sin agua. Habíamos llenado el tanque de agua (casi 60 L) para poder estar tranquilos varios días en las lagunas. Preocupados investigamos los bajos de nuestra casita en busca del daño y ahí estaba: los terribles caminos de tierra y arena habían roto el tubo que salía del depósito de agua, y por ahí perdimos toda nuestra reserva. Fue una noticia dura de afrontar, pero no estábamos tan mal; el tanque no se había roto, y teníamos unas botellas de agua de reserva para poder aguantar hasta el día siguiente.

Esa noche, a pesar de no tener los ánimos muy altos, decidimos bañarnos en las aguas termales naturales que teníamos al lado y recuperar un poco las energías. Los 6ºC que hacía afuera no nos detuvieron, y gozamos unos pocos minutos en las calientes aguas volcánicas. Luego tuvimos que salir pitando a resguardarnos en el calor de la furgoneta.

Al día siguiente, teníamos que afrontar los daños. Como no era tan grave, pudimos arreglarlo con lo que teníamos (por suerte vinimos bien equipados 😉), pero al quedarnos con solo un par de litros de agua no nos podíamos quedar más días en ese bonito pero árido paisaje desértico del altiplano.

las lagunas

Con pesar tomamos la decisión de volver a Chile a seguir nuestra ruta. No pudimos llegar hasta la laguna Colorada (la protagonista de la reserva) ni a las fumarolas y géiseres que hay dentro de la reserva. Eso sí, antes de irnos disfrutamos del paisaje que nos rodeaba después de la hazaña de haber llegado hasta ahí.

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Como casi todos los caminos de regreso, el camino parecía mas fácil y no tan complicado. Desafortunadamente caímos en el error de confiarnos y meternos cuales aventureros por un camino que bajaba a la laguna Blanca.

La erramos.

Tanta confianza nos llevó a quedarnos atascados en la arena. 🤦🏽‍♂️

Pero con las energías recargadas y los ánimos altos, nos bajamos, nos remangamos y con pala en mano nos desenterramos; así, como si nada. 💪🏻

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Al ver esas huellas pensamos que podríamos seguir este «camino»… not.

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Con mucho estilo salimos del atasco…

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… y seguimos nuestro camino.

Ya con la cola entre las piernas, seguimos el camino sin desvíos hasta la salida del parque.

Hicimos una breve parada en la oficina de la reserva para dejar una queja por escrito y expresar nuestra preocupación por el abandono que sufre (y el riesgo para la fauna y flora únicas del lugar). No se respetan las normas del parque y el gobierno no invierte nada en el lugar, a pesar de ser la reserva más visitada del país.

Las amenazas que afronta la reserva son muchas y bien conocidas (los problemas incluyen: la contaminación por la minería, la destrucción por el turismo masivo no controlado, y la falta de inversión en el parque dado su remoto y difícil acceso).

El guardaparque nos dio la razón y nos agradeció habernos quejado. Nos dijo que las reclamaciones por escrito les aportan más fuerza para pedir cambios a futuro en las reuniones con el gobierno central.

Estos son los mejores momentos de nuestra aventura (si volvemos—que realmente lo amerita—, será en 4×4):

Por suerte el universo nos había puesto en el camino a los bacanes de los funcionarios chilenos de la frontera. Cuando volvimos al cruce de Hito Cajón, les contamos nuestras desgracias a los de la oficina chilena y muy gentilmente nos dejaron llenar nuestro depósito de agua allí (a pesar de tener solo un deposito y no agua corriente).

Felices de haber podido superar esa ardua cruzada boliviana llena de emociones, llegamos de nuevo a territorio chileno para disfrutar del imponente volcán Licancabur desde el otro lado, y de nuestro primer atardecer de bajada hacia el desierto.

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Menos mal pudimos conseguir agua donde los buena-gente de la frontera chilena, porque nuestro siguiente destino era nada más y nada menos que el desierto más seco del mundo.

 

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