Chaco y el remoto Norte Argentino

Una de las mejores cosas de Argentina es que todavía existe el concepto de lugares públicos. Para los viajeros como nosotros, son oportunidades que no se pueden dejar pasar. Descubrimos que los peajes argentinos, por ejemplo, tienen mucho que ofrecer. En la caliente y seca zona del chaco encontramos resguardo, ducha y agua fría en las estaciones de peaje.

Otra de las grandes cosas de Argentina son sus parques naturales. Gestionados por un organismo público, cuentan todos con guardaparques formados que protegen la naturaleza, y muchos tienen además instalaciones de camping muy correctas. Por supuesto con su quincho para el asadito de rigor.

Nos acercamos al remoto Parque Nacional Iberá. Un parque con una gran extensión y una vegetación dominada por humedales, donde las chigüiros o capibaras y yacarés campan a sus anchas. Es también el paraíso de las aves. El camino hasta allí no fue fácil, tuvimos que atravesar decenas de terrenos privados y arenosos hasta llegar allí, pero valió totalmente la pena.

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Aquí los reyes eran los chigüiros, estaban omnipresentes

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La fauna de este lugar (y el asfixiante calor) nos recordaron mucho al Pantanal

Los recorridos para el avistamiento de animales eran cortitos, así que en un día pudimos ver la zona norte completa. Nos ofrecieron acampar en sus cercanas instalaciones, pero no había sombra donde cobijarnos de los sofocantes 40ºC que hacía durante el día. No nos quedamos, pero sí aprovechamos la ducha fresca y seguimos nuestra ruta. A la despedida, pudimos disfrutar de un atardecer muy especial.

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Al día siguiente pasamos por la ciudad de Resistencia, la capital del chaco argentino (y de la escultura). Esta ciudad curiosamente es famosa por sus esculturas; allí se celebra la bienal internacional de escultura, con la participación de artistas de todo el mundo. Se pueden visitar obras donadas de cada bienal expuestas en un espacio verde al aire libre.

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Para dormir, decidimos acercarnos al Parque Nacional el Chaco, de cuyo camping habíamos oido hablar maravillas, gratuito y con todos los servicios. Llegamos para una noche ¡y nos quedamos tres! Los guardaparques nos acogieron muy bien y nos explicaron muchas cosas sobre el parque, así que hicimos varios paseos allí. El emblema del parque es un mono aullador, el cual no le hace justicia; dicen que hace años una familia de monos habitaba en los arboles del parque. Por supuesto nunca se ven, y probablemente ya ni estén permanentemente allí. El emblema debería ser un zancudo—o cualquier insecto en realidad—porque los hay a patadas. Bromas a parte, paseamos untados de repelente y vestidos desde la cabeza hasta los pies (a lo escafandra), con el detalle de que hacía 40 grados centígrados… pero disfrutamos (en serio). Primero visitamos un quebracho milenario, un árbol autóctono de la zona que debe su nombre a su dureza (quiebra-hachas) y un humedal cercano infestado de habitantes voladores.

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Posteriormente nos acercamos a un bosque y puente colgante donde vimos búhos y tucanes. ¡Sí! búhos y tucanes! juntos, en el mismo árbol, parchando como si nada. Imagínense cuando estaban los monos… tremenda fiesta de animales salvajes.

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Después de esas agradables paradas en los parques desconocidos del norte argentino, seguimos nuestro rumbo hacia el oeste, con la mirada fijada en el norte de Chile que nos había quedado pendiente.
Inevitablemente, debíamos pasar nuevamente por Salta (donde habíamos conseguimos el adaptador del gas) y por la quebrada de Humahuaca. Para llegar allí tuvimos que atravesar la que seguramente sea la peor carretera asfaltada del continente—y/o del mundo. Unos 50 km de “asfalto” absolutamente destruido y en los que hay más huecos que asfalto en sí. Fue un tramo muy duro, en el que tuvimos que esquivar camiones y apretar todos los esfínteres del cuerpo zigzagueando entre los cráteres del antidesarrollo vial.

Llegamos agotados de conducir hasta Salta, la última ciudad que nos imaginaríamos repetir durante el viaje… pero así es la vida (muchas cosas inimaginables nos han ocurrido y nos ocurrirían durante el viaje).
Por supuesto repetimos acampada en el enorme camping municipal de Salta, con su obscenamente gigantesca piscina (esta vez no nos olvidamos de hacer fotos).

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Seguimos hacia Purmamarca y las bonitas quebradas, que ya habíamos visitado.
La siguiente parada obligada en nuestra ruta era Purmamarca, un diminuto pueblo hiperturístico donde habíamos probado unas riquísimas tortillas argentinas. Nos sorprendió verlo tan diferente al cambiar de temporada (turística): la primera vez estaba repleto (eran las vacaciones de invierno), y la segunda estaba casi vacío. Así pues, una tortilla y a seguir la ruta.

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Después de esa deliciosa parada express, seguimos al oeste hasta la siguiente parada: las salinas grandes. Obviamente después de haber visitado el salar más grande del mundo en Uyuni la visita de estas salinas no nos iba a sorprender mucho. Por eso decidimos no entrar (la entrada era más bien cara porque era un único precio con guía obligatorio). Así que nos divertimos con lo poco que había en la entrada al parque, unas foticos y a seguir.

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A continuación, en nuestro ascenso hacia la frontera chilena, descansamos en un pequeño rincón desértico del altiplano argentino. Allí celebramos el cumpleaños de Verónica mientras nos aclimatábamos a la altura.

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La carretera que nos llevaría hasta el paso fronterizo de Jama no era nada fácil. Hasta Purmamarca ya habíamos subido casi unos 1500 m.s.n.m., pero nos quedaba un ascenso de casi otros 1500 m, a través de un camino inevitablemente serpenteante donde el mayor reto era conseguir meter segunda en la caja de cambios.

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Después de conseguir mantener el contenido gástrico en su sitio, llegamos a uno de los pasos fronterizos más altos de los Andes: Jama. Lo que pensábamos que sería un pueblo de pequeña o mediana escala terminó siendo un polvoriento caserío/aldea con poco más que un puñado de habitantes. Pernoctamos en la gasolinera y al día siguiente afrontamos el papeleo del cambio de país.

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– Bienvenido a Chile po, ¿a dónde se dirigen?
– A Bolivia.

¿Cóoomo?

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