Bem-vindos ao país tropical: del Pantanal a la Costa Verde

Nuestra entrada a Brasil por Corumbá fue como un soplo de aire fresco. De repente la vegetación tropical que había ido manifestándose tímidamente durante el camino hizo explosión, y los animales, el agua y la densa selva comenzaron a adueñarse del paisaje. Nuestra dieta también mejoró considerablemente, a base de ricas y baratísimas frutas tropicales, tapiocas y pães de queijo. Además, rápidamente descubrimos lo mejor de Brasil y lo que hace que ese país sea más especial si cabe: os brasileiros. Al principio tanta amabilidad nos parecía sospechosa, ya que en cada sitio que parábamos siempre nos regalaban una ducha, café y una muy agradable conversación que solía acabar en invitación a comer o visitar sus respectivos hogares. “Beleza” o “fique a vontade” nos repetían mientras sonreían 🤙🏿

Así pues, la llegada al país fue mejor de lo esperado; y con el contraste con Bolivia, fue casi como pasar de Burkina Faso a Dinamarca.
el pantanal
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Esta es la «estación de servicio» más increíble del mundo: una antigua gasolinera convertida en mercado de frutas locales (la mejor sombra para los vendedores)

Tras cargar la furgo de mangos, aguacates, piñas y cuantas frutas tropicales se nos cruzaran, condujimos al Pantanal.
Allí pasamos dos días y una noche muy especiales. Pensábamos que no sería tan fácil avistar animales yendo sin guía, pero nos equivocamos una vez más, porque hay tanta fauna en los pantanos a lado y lado de la carretera que casi tienes que esquivarlos. Entre las miles de aves, reptiles y mamíferos que tuvimos la suerte de ver, los que más nos sorprendieron fueron el arara (guacamayo) azul, el tucán, el yacaré (un tipo de caimán) y el chigüiro (capibara).
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Fue maravilloso verlos en libertad y también dormir en medio de una fazenda típica del lugar. Colgados en ricas hamacas, con cerveja gelada en mano, charlamos al fresco de la noche rodeados de yacarés y los asombrosos sonidos incesantes de la selva.

el pantanal
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    Al día siguiente tocaba avanzar, nos esperaban casi otros 2000 km más hasta São Paulo, nuestro siguiente destino. Por suerte, aunque el camino fue largo, pudimos parar cada noche en los postos de caminhoneiros de mejor nivel de todo Sudamérica. Son casi pequeños asentamientos a los lados de la carretera, equipados con casi todo lo que necesitas en la ruta: restaurantes de comida al kilo (con feijoada incluida por supuesto), lavandería, duchas privadas con baño, internet, agua y hasta más (en una había hasta gimnasio)… seguíamos en shock ante tanto lujo después de dos meses en Bolivia donde conseguir agua y combustible era una odisea.
    A parte de dormir en esas high luxury gasolineras 5 ⭐️, también disfrutamos de parajes naturales hermosos en el camino.
    el pantanal
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    Antes de llegar a nuestro siguiente destino teníamos que afrontar la dura realidad: nuestra casita se estaba quedando sin energía. Nuestra segunda batería ya no aguantaba ni un día funcionando (después de casi 5 años ya tocaba). Pensamos en que Alejandro trajese una de europa peeero no habíamos contado con el peligro que implica que eso arda dentro de un avión. Por supuesto está prohibidísimo transportarlas en un vuelo comercial 😂. Nos lo confirmaron cuando empezamos a buscar la batería que necesitábamos, hacía dos meses que no traían ese modelo en concreto por barco y había escasez. Así que la cosa estaba difícil. Decidimos probar suerte en Sorocaba, una ciudad dormitorio a las afueras de São Paulo. Tuvimos la gran suerte de que Valter nos hospedase en su gasolinera durante toda nuestra búsqueda. Su ayuda fue inestimable, ya que nos recomendó lugares donde preguntar y nos acogía cada noche hablándonos sobre sus sueños: montar su propia casa rodante! mientras lo conseguía se contentaba con mirar con ojos de niño la nuestra.

    Finalmente tras mucho preguntar en tiendas y por internet nos decidimos por una Heliar (marca brasileña) que nos costaba casi lo mismo que en europa. Allí mismo nos la instalaron con garantía de dos años y descuento incluido.

    De una ciudad de la que no esperábamos nada nos llevamos una gran historia y otros grandes amigos de viaje, de los que sabemos que al poco después de irnos ya se decidieron y compraron su propia autocaravana. Nos encanta y hace felices ver como la gente se inspira y motiva a nuestro paso.
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    En nuestro último día en Sorocaba nos llevamos otra sorpresa. Después de avistar chigüiros salvajes en el Pantanal, descubrimos que también los hay urbanos. Nos sorprendieron mientras comíamos en nuestra camioneta en un parque y nos rodearon. Fue la mejor de las compañías.
    el pantanal
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      Con tanta ayuda llegamos a São Paulo antes de lo esperado, así que decidimos pasar de largo y visitar la isla de Guarujá, al frente de Santos (el puerto más importante de Brasil).

      Antes de llegar a la isla, nos acercamos a apreciar las playas paulistas más cercanas mientras esperábamos que se despejaran las nubes. Pasamos una noche y un día tranquilos (ya que era baja temporada) en Bertioga.
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      Aunque hay un puente para llegar a la isla, también existe la posibilidad de cruzar en balsa o ferry. Ahora bien, dados nuestros antecedentes, ¿que creen que elegimos? Por supuesto, el ferry (fuera de chiste, era lo más cerca y rápido). Tarea fácil para nuestra casita navegadora experta.
      La isla, aunque en su mayoría explotada, posee rincones salvajes en medio de la mata atlántica (como se conoce a la selva del litoral atlántico brasileño). Para conocerlos solo hay que ser valiente y abrirse paso entre la densa selva llena de plataneros. Así conseguimos llegar a Praia Branca y Praia do Camburí, nuestras preferidas de la zona. Gracias Aingeru por ese Wikiloc Premium! sin esa app seguiríamos perdidos en la selva como Tarzan.
      el pantanal
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        También recorrimos la isla de Guarujá hacia el sur, en una zona mucho más familiar llena de casas de veraneo pegadas a la costa, un aburrimiento. Pero igual amenizó los días nublados que nos esperaban. Matamos el tiempo contando los barcos que se veían llegar al puerto de Santos en el horizonte.
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        Para nuestra sorpresa también empezamos a ver la desigualdad tan brutal que existe en Brasil. Queriamos visitar la playa de Iporanga pero los lugareños nos avisaron de que el acceso sólo podía ser de día. Sorprendidos preguntamos por qué y con total tranquilidad nos explicaron que el acceso por carretera atravesaba un condominio privado. A la mañana siguiente y dispuestos a conocer la verdad nos acercamos al lugar, y lo primero que vimos fue un control de seguridad con al menos 8 personas y dos portones de entrada que bloqueaban el acceso. Nos pidieron identificación, cogieron datos del vehículo y nos entregaron una tarjeta temporal de entrada. Casi que toca sacar visado para ir a esa playa (hemos pasado fronteras más sencillas que eso!). Dirigidos por guardas que había en cada esquina, pasamos por mansiones y más mansiones hasta llegar al aparcamiento en el que era obligatorio dejar el coche. Que locura de recursos invertidos para que la gente del común vayamos a la playa sin incomodar a sus señorías… en Brasil lo «público» pasó al olvido, y no sería esta la única vez que tuviéramos que atravesar condominios así. Ya listos visitamos la playa y una cascada.
        el pantanal
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        Los días pasaron rápido, y tuvimos que volver ahora sí a la ciudad de São Paulo, desde donde Alejandro voló y Verónica se quedó cuidando de la camioneta y gozando de la ciudad.

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