Tras salir sanos y salvos de nuestra incursión en el parque nacional de Eduardo Avaroa, conseguimos llegar a nuestro siguiente destino: San Pedro de Atacama. Nuestra sorpresa al llegar fue ver que esta hiperturística ciudad no era más que una polvorienta comuna—ni siquiera lleva el nombre de ‘pueblo’. Lo que realmente lo hace especial es su ubicación, es un oasis en medio del desierto más seco del mundo. El desierto de Atacama es el desierto no polar más árido de la tierra, se extiende desde La Serena hasta Arica a lo largo de 1600 km y por todo lo ancho del país (desde el océano pacífico hasta los Andes). El llamado efecto Föhn hace que llueva en el lado Argentino de los andes únicamente, dejando sin precipitaciones el lado chileno y generando así el desierto. Se han registrado periodos de hasta 400 años sin lluvias en el sector central del desierto (y en el resto la lluvia medible puede tener lugar una vez cada 15–40 años). Incluso hay zonas del desierto donde nunca se ha registrado lluvia. Es realmente sorprendente. La temperatura también varía mucho, en algunas zonas como la de Ollagüe, puede bajar durante la noche a -25ºC y alcanzar los 50ºC durante el día. Nosotros por suerte llegamos en verano donde varia entre 4-10ºC a la noche y 45ºC durante el día. Pese a todas estas inclemencias climáticas el desierto de Atacama ha estado poblado desde hace miles de años. Las culturas chinchorro y atacameña, entre otras, se destacan como pobladores de la zona. Desde hace siglos la minería fue una forma de sustento para los que aquí habitaban.
Nos paseamos por sus calles para descubrir rápidamente que era el Disney de los desiertos. En la comuna de San Pedro, entre sus escasas 5 calles del centro, se han ido multiplicando los negocios turísticos para dar respuesta al cada vez más demandante público. Este rápido crecimiento ha hecho que no haya un solo lugar que no esté destinado al turismo. Se aglomeran operadores turísticos, tiendas de souvenirs y restaurantes repletos hasta arriba en el minúsculo “pueblo” que no da abasto. Esta fue la sensación que tuvimos al llegar, la de apenas poder disfrutar de la experiencia por las continuas irrupciones de vendedores. Una lástima. Debió de ser un lugar increíble en medio del desierto antes de adquirir fama mundial, ahora tan solo es un lugar desde donde contratar excursiones para explorar los alrededores.
Hay que decir que no es todo malo, ya que si tanta gente recibe es que algo tendrá. Pronto nos dimos cuenta que hay actividades para todos los gustos y colores, y que los que visitan Atacama nunca se van con la sensación de haber perdido el tiempo. Para empezar, dada su ubicación en medio del desierto, casi sin contaminación lumínica, y sin apenas días nublados y/o de lluvia, es el lugar idóneo para avistar el cielo nocturno. Es considerado el mejor sitio del planeta para observar el firmamento dada su extensa planicie. En sus montañas cercanas se ubican unos de los observatorios astronómicos más importantes del mundo. Uno de nuestros objetivos de hecho era el de visitar uno de ellos. Conseguimos llegar con luna nueva, lo que nos aseguraba poder ver más estrellas. A las pocas horas de llegar al pueblo ya habíamos contratado un tour estelar con SPACE (San Pedro de Atacama Celestial Explorations). No es posible reservarlo con antelación, dado que la salida del tour depende de las condiciones climáticas y hasta poco antes no se confirma. Fuimos muy afortunados, porque además del espectacular cielo, el chico encargado de organizarnos el tour también nos recomendó un sitio en medio del desierto para acampar después, y nos dejó llegar al lugar en nuestra camioneta. Esto ultimo es algo inusual, normalmente los tours llevan a todo el mundo en un autobús organizado que se acerca al observatorio sin luces, para no contaminar ni estropear el trabajo de los telescopios. Nosotros seguimos sin luces al autobús cargado con el resto de personas por un camino en el desierto que nunca seríamos capaces de reconocer. Llegamos al lugar y allí nos esperaba Alain Maury, un divertido astrónomo francés que explicaba de forma amena, didáctica y con humor la complejidad del universo a los mortales. Aprendimos mucho durante esas 3 horas, identificamos las constelaciones más importantes del hemisferio sur y pudimos ver más de cerca a través de telescopios ópticos algunas estrellas y supernovas. Fue espectacular.
Una vez terminado el tour nos acercamos al lugar que nos habían recomendado, y resultó ser tan especial y remoto que repetimos todos los días que pasamos en Atacama. Nuestro compañero imprescindible durante casi una semana fue un frondoso tamarugo, que nos refrescaba del calor y nos daba un rato de sombra para sobrevivir en el desierto.
Los siguientes días exploramos el entorno desértico. Primero nos acercamos a unas lagunas del altiplano cercanas. Allí volvimos a ver flamencos, vicuñas, salares y volcanes. Disfrutamos de la puna atacameña en todo su esplendor.
Lo mejor de este lugar fue que pudimos conseguir agua. Este escaso bien obviamente es muy codiciado en la zona. Y como en otros lugares en Chile, se ha dejado privatizar un bien natural. El que más paga tiene derecho a tener agua y dejarle al más pobre sin. Parecido a como ocurre con los cultivos de aguacate (o palta) en otras zonas del país. Dimos con un nacedero natural de la montaña del que bebían los locales y nos aprovisionamos todo lo que pudimos para subsistir al calor seco y polvoriento de la zona. También nos dimos un merecido baño tras días de sofocante calor.
Otro curioso y hermoso lugar muy cerca de Atacama es la Garganta del Diablo. Ya habíamos oído este nombre en más ocasiones para hacer referencia a otros cañones de Latinoamérica (la última en Argentina), se ve que es un nombre popular en la zona. La comunidad atacameña que allí habita se encarga del cañón y sus alrededores.
Los atacameños fueron progresivamente invadidos y conquistados, primero por los incas y posteriormente por los españoles. Perdieron su idioma nativo, el kunza, y actualmente hablan español únicamente. De los incas adquirieron la adoración al sol y la creencia de que en las montañas habitaban los dioses. Así, veneraron así al volcán Licancabur durante años, y en la cima de esa montaña sagrada construyeron altares. Fueron muy hábiles en cerámica e iniciaron la explotación minera de la zona.
En la Garganta del Diablo, además de cobrar la entrada, supuestamente cuidan del lugar. Nuevamente volvimos a dar con esta realidad que se repite en Chile, hay que pagar por todo sin ver como este dinero lo invierten en el lugar… Un lugar turístico sin baños, ni agua, ni protección del medio ambiente. Esto ultimo lo sabemos con certeza; al entrar nos dijeron que estaba prohibido bañarse en el río porque mezclaban el agua con pesticidas para utilizarla en el riego. Nos sorprendió la naturalidad y tranquilidad con la que el local nos dijo esto, ya que si cobran y quieren proteger la zona natural del cañón lo primero es proteger el agua y la fauna que vive allí (y depende del río). Una vez más Chile nos sorprendía con su falta de consciencia ambientalista. Tratamos de dejar a un lado esos pensamientos, e intentamos disfrutar del paisaje; visitamos una iglesia cercana y caminamos por el cañón, por el que no corría ni una gotita de viento que ayudara a calmar el calor.
Después de los sentimientos encontrados al visitar el cañón, nos acercamos al Valle de la Luna (otro nombre popular). Se trata de una depresión en medio de la cordillera de la Sal con formaciones rocosas no tan rojizas sino más blancas y escarpadas. Desde el mirador apreciamos el valle y el oasis de San Pedro de Atacama.
Así fueron pasando los días y de repente había llegado la Navidad. Nos aventuramos el día 24 a visitar los Ojos del Salar. Unos pozos de agua salada naturales que hay en medio del salar de Atacama. Fue muy divertido pasar el rato allí. Alejandro pudo bañarse después de días de sufrimiento sin agua y con calor. Además de poder aparcar al lado de los ojos del salar, caminamos e hicimos el reportaje fotográfico de rigor. Cerca, se encuentran otras lagunas como la de Cejar donde la concentración de sal es más alta y la gente se divierte flotando en el agua.
El día 25 aprovechamos para intentar llegar a unos géiseres y aguas termales al noreste de la ciudad. Para llegar hasta allí, tuvimos que subir a más de 4000 m de nuevo. Echábamos de menos las alturas después de días en el desierto. En esta parte norte están los Géiseres del Tatio y las termas de Puritama, habilitadas para el turismo. Pero a nosotros nos habían chivado que había unos géiseres naturales y otras aguas termales naturales (gratis, además—que el turismo chileno no es barato) cerca de los puntos oficiales y no podíamos perdérnoslas. Con mucho esfuerzo, afrontamos las carreteras sin asfalto y llenas de doloroso serrucho (en inglés conocido como ‘washboard‘) que nos llevaron al géiser natural al lado de los del Tatio, a 4300 m.s.n.m..
Al llegar al punto que marcaba el GPS (que habíamos encontrado gracias a otros viajeros aventureros) nos encontramos con muchos avisos disuasorios que invitaban al atrevido visitante a detenerse y volver atrás. Nosotros por supuesto hicimos caso omiso (también siguiendo el consejo de nuestros símiles viajeros). Por suerte tenían razón, y no había ningún riesgo: eran avisos antiguos de cuando había en el lugar una zona de explotación minera (de ahí el peligro y las prohibiciones). Ahora por suerte está abandonada.
El camino hasta los géiseres fue duro pero hermoso, lleno de sorpresas: lagunas, vicuñas, flamencos, y un ave que no supimos como se llama—pero aprendimos sobre su forma de vida. Estas curiosas aves están siempre en familia; los padres cuidan de las crías, además de construir con mucho esfuerzo los nidos que flotan como islas sobre el agua.
La fumarola natural (el vapor que sale de la tierra) se forma al chocar el río frío subterráneo con la roca volcánica caliente (y no al revés, como muchos de nosotros pensábamos). Tuvimos la suerte de poder verlo activo, pero vimos como del nacedero natural habían desviado el agua termal a unas termas privadas cercanas…
Disfrutamos del géiser, de las lagunas y de las poblaciones del altiplano Chileno; y comenzamos a bajar. De subida habíamos visto a los locales pasando el día en una zona del río y nos habíamos quedado con la duda de que habría en ese lugar para congregar a tanta gente. Así que paramos y descubrimos que eran las aguas termales naturales de las que habíamos oido hablar. Emocionadísimos de poder acabar así el día nos zambullimos al atardecer en estas aguas tibias. Rodeados de vegetación de la puna, fue el cierre perfecto del día y de nuestra estancia en Atacama.
Habíamos estado dejando pasar la navidad para afrontar con energía renovada el siguiente obstáculo que nos esperaba. Días atrás, se había encendido un testigo de advertencia en la camioneta, en el que indicaba “realizar revisión”. Investigamos durante días y descubrimos con alegría que en Antofagasta había un taller oficial Volkswagen. El mismo día 26 después de una maravillosa semana en el desierto, emprendimos el camino hacía la costa con la esperanza de poder poner a punto nuestra casita. Antofagastalombia escondería muchos más secretos de lo que nos esperábamos…



















































