Así han rebautizado los colombianos inmigrantes a la querida ciudad de Antofagasta. Para nuestra sorpresa, esta pequeña ciudad en la costa norte de Chile ha acogido a una enorme diáspora colombiana que casi se ha tomado la ciudad, colombianizándola al máximo.
Aunque nuestra motivación principal de visitarla era llevar nuestra camioneta al taller, esta agradable ciudad alberga varios atractivos turísticos.
Llegamos el 28 de diciembre, y al ser fechas festivas, el taller tenía las citas bastante llenas, y teníamos que esperar hasta el próximo año… así que no tuvimos más remedio que aprovechar el tiempo y conocer TODOS los atractivos que ofrecía la zona.
Empezamos por el parque La Portada, famoso por su arco natural y el paisaje único de esta parte de la costa: donde el desierto de Atacama llega al mar. Como teníamos un par de días para gastar, nos aventuramos a conocer las playas de la costa hacia el sur.
Nos sorprendió otro hermoso atardecer del pacífico.
Por suerte esta zona de la costa no está muy explotada, así que pudimos encontrar varios rincones donde estábamos solos, rodeados (casi) solo de naturaleza y paz. Desgraciadamente, esto también nos dejó ver la realidad de estos lugares no intervenidos para el turismo, y por ende completamente abandonados. Tristemente, el resultado es la evidencia de la poca responsabilidad de la gente con el medio ambiente: la basura es omnipresente. No llegó a ser tan exagerado como lo que vimos en Bolivia, pero casi. Al ser un lugar remoto con el desierto a sus espaldas, esta costa está repleta de basura por ambos lados, la que arrastra el mar y la que trae el viento de los desiertos. Fue difícil acostumbrarse a ese panorama, pero de aquí en adelante, esa sería la realidad del paisaje costero del pacífico tanto en Chile como en Perú (y probablemente en Ecuador y Colombia también).
Uno de los lugares bonitos que conocimos fue la playa Escondida, que como su nombre indica no es tan fácil de encontrar. Para llegar allí hay que conducir por la carretera principal costera, luego tomar un desvío por una carretera secundaria parcialmente asfaltada, y por último lanzarse por alguno de los desvíos discretamente marcados e intentar seguir las huellas sobre la arena (y el GPS) hasta llegar al recóndito lugar—con todos los esfínteres a tensión, claro está. El esfuerzo por supuesto vale la pena. Una playa casi desértica (los locales obviamente que van, y eran días de vacaciones) con pelícanos, lobos marinos y hermosas vistas.
Allí encontramos un lugar perfecto para disfrutar del paisaje y dormir arrullados por el sonido de las olas. Nos quedamos dos días.
Después de explorar la costa sur de Antofagasta, regresamos a la ciudad para explorar la zona más al norte donde se encuentra la península de Mejillones y el parque nacional Morro Moreno.
Sobre el largo camino costero por el que se llega a la península, nos llamó la atención la gran cantidad de tumbas que había al pie de la carretera. Al principio pensábamos que serían tumbas informales de los locales que vivían en las zonas más pobres y marginales de la ciudad, pero era poco probable, porque ¡realmente eran muchas! Eventualmente descubrimos la verdad al acercarnos a una de ellas y ver la lápida de un tal Toby o de Bigotes, e incluso alguna tumba con la foto de la mascota que había dejado a su amo. Pues sí, sorprendentemente es una costumbre bastante habitual por esa zona; los humanos entierran a sus amados animales difuntos en cualquier rincón del arenoso paisaje.
El parque nacional Morro Moreno es poco visitado por los turistas (afortunadamente), posiblemente porque carece de servicios. En la parte inicial del parque, justo donde acaban las afueras de la ciudad, está la única playa “habilitada” para el turismo (con un parking, y unas basuras básicamente). Más hacia dentro del parque el desierto se impone y la costa virgen se deja ver casi impoluta. El ‘casi’ es por la maldita basura que recubre las playas de la costa como una segunda piel. Aún así, nos adentramos en el desértico parque y nuevamente encontramos nuestro rinconcito de paz: frente al mar y con buenos vecinos—un par de perros callejeros de las localidades cercanas y las aves que habitan la costa. Este lugar también nos encantó, así que nos instalamos cómodamente y allí descansamos 3 días, incluyendo la noche de fin de año.
Para despedir el 2019 decidimos seguir una de las tradiciones colombianas: quemar el año viejo. Construimos un hombrecillo con toda la basura que pudimos recuperar de la playa donde estábamos, así de paso ayudábamos a limpiar un poco el lugar. En el año viejo escribimos los deseos de aquellas cosas malas que queríamos dejar atrás, y que ojalá solo quedaran cenizas de todo eso para comenzar el 2020 con energías positivas.
Ya en el nuevo año y con nuevas energías, retomamos el camino hacia Antofalombia para por fin llevar a nuestra casita al taller. Aprovechamos el mejor día para hacer turismo en una ciudad: el 1 de enero (no había un alma en las calles).
En el centro aún se veían las marcas de las recientes protestas en Chile
Después de una vuelta por el centro, fuimos al taller para los merecidos retoques que necesitaba nuestra nave. Por suerte, en el taller tenían una sala de descanso donde teníamos internet y podíamos aprovechar para trabajar mientras esperábamos.
Por suerte todo salió bien. No había ningún daño, y tan solo hubo que cambiar el aceite y algunos repuestos—que por suerte traíamos—de forma preventiva. Resplandeciente y como nueva recibimos con alegría nuestra casita y seguimos el camino.
El último día en Antofagasta, fuimos a visitar otro imprescindible de la zona: la mano en el desierto. Obra de Mario Irarrázabal, la gigantesca mano se asoma entre la arena desértica y es el escenario perfecto para una infinidad de selfies y obras maestras de la fotografía que se exhiben sin fin en instragram. Nosotros no íbamos a ser la excepción.
Enseguida visitamos el museo de las Ruinas de Huanchaca, una extraña mezcla de datos de distintas áreas del conocimiento y un auténtico reto para cualquier curador: astronomía, historia, ciencia, y paleontología; todo en el mismo lugar (las ruinas de una antigua salitrera). De hecho, las curiosidades que destacan del museo son: un resumen de la historia salitrera de Chile, un rover de la NASA, un video sobre geología y la minería moderna, y las instalaciones museísticas con restos fósiles de animales y piedras. ¿El hilo conductor?, ni idea.
Antes de irnos de la ciudad, recorrimos todo su paseo marítimo e hicimos unas fotos de las playas citadinas. Nos resultó muy llamativo ver como muchos chilenos se instalan y acampan en enormes carpas, cuales gitanos, en las playas para pasar allí varias semanas o incluso meses de sus vacaciones. A diferencia de los gitanos, los chilenos no se esfuerzan mucho por la higiene, pues evidenciamos la ausencia de baños—y la presencia de sus restos humanos irresponsables en la costa.
También fotografiamos las grúas del antiguo puerto que ahora decoran el malecón como esculturas gigantes. La última foto fue en la entrada al barrio de la Chimba (foto obligada para todo colombiano que visite Antofalombia).
¡Que chimba de nombre parce!
Como ya no había nada más que ver en esa ciudad, salimos pitados para seguir nuestra ruta.
En la ruta septentrional del desierto abundan las zonas mineras activas y las ruinas de las antiguas salitreras (que fueron el motor de Chile durante décadas). Tras kilómetros y kilómetros de ruta, de repente aparecen más oasis…
La siguiente parada era el pequeño pero renombrado pueblo de Pica. Su nombre es conocido en todo el país, y por los expertos o exigentes fanáticos del Pisco sour, pues uno de los ingredientes estrella de este coctel chileno es el limón de Pica. Curiosamente, Pica es un oasis en medio del desierto. Algo similar a la comuna de San Pedro de Atacama—de hecho, está en el mismo desierto árido y salado.
Este pequeño pueblo tiene la suerte de estar entre la montaña y el desierto que se extiende hasta el océano Pacífico. Su suelo volcánico es muy fértil, y su clima es ideal para el cultivo de frutas semitropicales, como el famoso limón.
Al llegar al pueblo nos dimos cuenta de lo verdaderamente pequeño que es (casi inversamente proporcional a su renombre). Pero también descubrimos que el alcalde actual no piensa para nada eso. La instalación navideña que aún se exhibía en la plaza central era una mezcla casi ecléctica que ya quisieran montar los neoyorquinos en la plaza Rockefeler.
Honestamente el pueblo no tenía mucho que ofrecer. De hecho, no encontramos un bar donde valiera la pena tomarse un buen Pisco sour con limones locales… pero sí nos llevamos unos para probarlos.
Lo que sí pudimos disfrutar fue de un baño en sus aguas termales (de origen volcánico por supuesto) en el balneario público del pueblo—el de los locales, no el de los turistas 😉.
Encontramos un bonito mirador sobre el pueblo donde queríamos pasar la noche. Disfrutamos del atardecer, y luego nos topamos con una extraña y curiosa sorpresa: un montículo de ropa aparentemente nueva (con un centenar de prendas, casi todas con etiqueta), tirado ahí, en la mitad de la nada 🧐 🤨 🤔.
Como era el cumpleaños de Alejandro, decidimos celebrarlo con una sesión de modelaje y fotos, probándonos todas las prendas—la mayoría vintage y de marca europea o estadounidense.
Después del reportaje, nos quedamos pensando en todas las posibles teorías de cómo había terminado esa ropa ahí tirada. Estas fueron nuestras hipótesis:
a) Alguien había traído ropa de contrabando y por temor a ser pillado la había tirado ahí
b) Un coleccionista de ropa con un gusto cuestionable y múltiples personalidades había tenido que irse del país, y desalojar su apartamento de forma intempestiva
c) Un camión que transportaba la ropa se accidentó y volcó. Al recoger los restos del accidente se llevaron todo menos las prendas XXL y/o pasadas de moda
d) Una lavandería tuvo que cerrar el negocio y no supo que hacer con todas las prendas que habían dejado sin recoger los turistas que habían pasado por ahí
¿Ustedes por cual votarían?
Nos divertimos un buen rato. Cuando cayó la noche y nos disponíamos a dormir, apareció un grupo de adolescentes locales a arruinarnos la velada. Al parecer, ese lindo mirador era el punto de encuentro de los jóvenes piqueños para poner su molesta y ruidosa música sin incomodar a los vecinos del pueblo. Por suerte, nuestra casa no está fija al suelo; así que cuando cosas así nos ocurren, simplemente encendemos el motor y buscamos un lugar más tranquilo para descansar. Que lujo ¿verdad? Pues eso hicimos, un saludito a los púberes 🖕🏽 y adiós. Al final descansamos muy a gusto frente al balneario donde disfrutamos de sus aguas naturales.
Tras una pequeña compra de provisiones seguimos la polvorienta ruta del desierto al norte. Nuestra próxima parada fue uno de los mejores campings donde dormimos en Chile.
En medio del salado secarral que atravesábamos, pasamos por un parque que recibe tantos turistas como Chernobyl: la Reserva Nacional Pampa del Tamarugal. Nos recibió la amable guardaparques de la CONAF encargada de recibir a los visitantes—o redirigir a los conductores perdidos.
Esta reserva nacional está en medio de un salar, y debe su nombre al impresionante árbol que ha hecho del inhóspito lugar su hábitat. Ya conocíamos al tamarugo, pues uno de ellos nos había amenizado la estadía en el desierto de Atacama más al sur. La gran hazaña de este árbol es sobrevivir en medio del desierto más seco del mundo, en un suelo tan salado que sostuvo la industria salitrera durante décadas. ¿Cómo lo hace?, pues entierra sus raíces hasta más de 100 metros en el subsuelo para coger la escasa agua que sube de los acuíferos gracias al efecto osmótico de la sal. Además, su madera es muy resistente, buen combustible, y de sus frutos se puede hacer miel entre otras cosas. Lastimosamente, los humanos modernos no han invertido mucha ciencia en conocer las bondades de esta planta, que de lejos parece un árbol lleno de espinas sin nada que ofrecer (nada más lejos de la realidad)… De hecho, durante el auge minero de las salitreras casi acaban con el Tamarugal, con la tala indiscriminada y sin pensar en el ecosistema. Por suerte hoy en día está protegido y se puede disfrutar.
Como necesitábamos recargar la batería de nuestra casita—y las nuestras también—, nos quedamos 2 noches en este increíble camping (que sorprendentemente era barato para ser Chile).
Con todas las baterías a tope, continuamos la ruta. Cientos de kilómetros más al norte nos esperaba Iquique, la siguiente parada.














































