El fin de Chile: las salitreras, Iquique y Arica

Antes de irnos definitivamente de Chile nos quedaban algunos pendientes por el camino. Ya las regiones de Chile llegaban a su fin, como si de una cuenta atrás se tratase pasaríamos a la región II y luego a la I, despidiendo nuestras aventuras por este diverso y alargado país.

La desértica zona superior de Chile, como ya habíamos ido percibiendo por el camino, se mantiene en su practica totalidad con la minería. Por el camino hacia Iquique pudimos ver muchas de las salitreras abandonadas tras la caída inevitable del auge de la explotación minera y de guano en la zona. Hicimos una rapidísima parada en Iquique antes de continuar nuestra ruta al norte. Lo más impresionante de la ciudad no son ni sus playas ni sus centros comerciales libres de impuestos, sino su emplazamiento en medio del desierto. Para llegar a la ciudad se tiene que bajar abruptamente desde lo alto de una grandísima duna (la duna Dragón)—alta como una montaña—hasta el mar. Es precisamente desde lo alto de la duna desde donde las vistas impresionan,  se aprecia el gran desierto rodeando la ciudad que esta a orillas del mar. Fuimos para intentar comprar un hervidor de agua (y así ahorrar gas) y nos encontramos con que la oferta no era tan especial, solo productos chinos no tan apetecibles. Así que paseamos por las playas abarrotadas de gente apurando sus últimos días de vacaciones y decidimos seguir.

La geología de esta zona favorece la acumulación de minerales, ya que desde los Andes hasta el mar se encuentra una zona de altitud intermedia (la pampa), no tan baja como el mar ni tan alta como el altiplano. En esta depresión intermedia (antiguamente sumergida en el mar) quedaron los restos de salitre y demás minerales que hicieron que la industria de explotación del suelo (y subsuelo) creciera como la espuma desde mediados del siglo XIX durante más de un siglo. Con la revolución industrial comenzó la expansión de las salitreras. Con el salitre (muy rico en nitratos) se fertilizaban las tierras, de hecho Chile fue el fertilizador del planeta a principios del siglo XX—más del 90% del fertilizante de todo el mundo provenía del norte del país. Entre otras cosas, también se producían explosivos necesarios para las guerras de aquél entonces.

La revolución industrial también trajo consigo muchos avances en los derechos laborales, pero desgraciadamente el camino hasta lograr mejoras en la calidad de vida de los trabajadores fue un proceso lento y doloroso, no exento de muertes y maltrato. Este fue el caso de las salitreras. Al principio se erigieron ciudades enteras al lado de las “oficinas”, como se denominaban las salitreras en esa época. Eran una especie de guetos, donde familias y trabajadores se afincaban en casas construidas con el espacio mínimo para sobrevivir y en condiciones indignas para un hogar. Las casas para familias aún eran más grandes, pero los lugares para solteros no eran más que reducidos espacios con tan solo una cama; parecían más celdas de una cárcel que otra cosa.

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Ademas de trabajar de sol a sol, no percibían un salario con dinero común. Se les pagaba con fichas o tokens que luego podían intercambiar por todo lo que necesitaran en la pulpería (la tienda de abarrotes), botillería, panadería, etc. No fue hasta bien entrados los años 1960 cuando esto se declaró ilegal. Durante más de un siglo los dueños de las salitreras se aprovecharon y se lucraron a costa de los trabajadores.

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Hay que decir que no todas las salitreras tenían las mismas instalaciones y comodidades. De hecho, la de Humberstone que nosotros visitamos era una de las mejor valoradas por los mineros. Contaba con escuela y lugares de ocio muy bien equipados. Podían disfrutar de una gran piscina, bar, sala de fiestas o teatro entre otras.

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Sabemos que no todas las salitreras eran así, de hecho la mayoría no lo eran. Eran más numerosas las que alojaban a los trabajadores entre cuatro paredes, en casas sin techo ni puerta que cubrían con sacos para protegerse de la intensa radiación solar. Las condiciones de trabajo eran inhumanas. Tantos años de abuso hicieron que los trabajadores finalmente lucharan por sus derechos. Esto acabo con varias masacres sangrientas frente a las protestas de los trabajadores. Una de las más conocidas fue la Matanza de la Escuela Santa María de Iquique de 1907, en Iquique. Pese a tratarse de una protesta pacífica de los trabajadores explotados, la policía y el ejército tuvieron que intervenir, y tristemente esa huelga terminó con el asesinato indiscriminado de familias indefensas (hombres, mujeres y niños). Aunque el número de víctimas exacto es discutido se estima que murieron unas 2200 personas.

Nos costó asimilar tanto sufrimiento. Pero valoramos todo lo que la gente luchó por los derechos laborales que hoy en día tenemos y debemos conservar. Visitamos las fábricas donde trabajan y subimos a un mirador desde donde se apreciaba el asentamiento antes de irnos.

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La importancia de la industria salitrera fue tal que fue uno de los desencadenantes de la Guerra del Pacífico, que enfrentó a Chile contra los aliados de Perú y Bolivia. Inicialmente era un conflicto limítrofe entre Bolivia y Chile, pero la riqueza que yacía en estas tierras llevó las cosas a otro nivel. Como el salitre chileno fertilizaba casi al mundo entero, bien pudo haber sido una “guerra mundial”, pero por suerte las grandes potencias se declararon neutras. Esa neutralidad fue burlada por los grandes intereses económicos de muchos países, en especial Gran Bretaña y EE.UU. que buscaban dominar América Latina. Al final de la guerra, Bolivia se quedó sin mar y las tierras ricas en minerales fueron repartidas entre los tres países.
Para empaparnos de esta historia, pasamos una noche en uno de los sitios clave de esa absurda guerra. Un memorial abandonado donde había un monumento a la batalla de Dolores y un enorme tamarugo que nos dio sombra para refrescar el calor.

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Para animarnos un poco nos fuimos a una playita a descansar. Nos habían recomendado el lugar, no solo por su mar y su extensa costa, sino por unas momias que allí había: las más antiguas de Sudamérica. La cultura Chinchorro se acomodó a vivir en esta árida costa hace miles y miles de años. De hecho, los Chinchorro—a pesar de ser unos “simples” cazadores-recolectores—fueron los primeros humanos en todo el mundo en momificar artificialmente a sus muertos hacia el año 5000 a.C. (¡incluso antes que los egipcios!).

En la costa obviamente no se pueden ver las momias reales (están en un museo), pero hay unas esculturas de 4.5 m de alto realizadas por la escultora chilena Paola Pimentel, que homenajean y recuerdan a la cultura originaria que habitó esta zona.

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Las esculturas están en la caleta Camarones, donde hay una pequeña población de pescadores que ahí vive y una playa donde se puede disfrutar del mar. Nos aventuramos a entrar al agua pero estaba tan picado y revuelto que salimos dando vueltas, rebozados de arena y sin ganas de volvernos a meter…

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Seguimos el arenoso camino y pasamos por unos enormes geoglifos de Tarapacá  (datados de 900 a.C. a 1450 d.C. aproximadamente). Estos gigantescos dibujos hechos con piedras sobre el suelo arenoso del desierto son mejor apreciados desde la distancia o incluso desde el cielo (algo parecido a los de Nazca, en Perú). Casi siempre eran dibujos de aspecto zoomorfo, antropomorfo o geométrico/abstracto, y se han mantenido casi intactos por las características del terreno. Su significado exacto es desconocido, pero se cree que podrían tener relación con el culto a los dioses o haber servido de guía o mensaje para los campesinos que desde el altiplano viajaban a la costa para el intercambio comercial. Pueden verse decenas a los lados de la carretera panamericana de camino a Arica.

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Más adelante nos topamos de golpe con unas esculturas en medio de la nada, cuyo extraño nombre es “Presencias tutelares”. Unas figuras humanoides abstractas que  homenajean a las primeras culturas que se asentaron en esta zona. Nos bajamos para observarlas y hacer unas fotos; comimos y de vuelta al volante.

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Como teníamos ganas de ver las momias reales, decidimos parar en Arica. Esta es la ultimísima ciudad de Chile. Aunque la ciudad en si nos recordó a otras que ya habíamos visto, visitamos el museo de sitio Colon 10, a los pies del Morro de Arica. Allí han intentado conservar con los pocos recursos que tienen las momias reales de los Chinchorro. El proceso de momificación de la cultura Chinchorro era muy complejo. Se describieron tres tipos de momias según la técnica empleada: las negras, las rojas, 
y las vendadas. Tenían un gran conocimiento de la anatomía, y el complejo ritual artístico con el que preparaban a sus seres queridos para el más allá era fascinante. Resumidamente, primero le quitaban cuidadosamente toda la piel, luego vaciaban el cuerpo de órganos y músculos, y finalmente lo remoldeaban y recubrían con una pasta de arcilla, fibra u otros minerales que le daría el color a las momias. La zona facial la adornaban con una mascara y con una peluca de cabello humano. El objetivo era que conservaran el aspecto viviente aún después de la muerte. Este laborioso ritual lo hacían con todos sus fallecidos, independientemente de su edad (se han encontrado fetos) o de su estatus social. Lo que no se sabe muy bien es por qué empezaron a momificar a sus muertos con tanto esmero y tanto tiempo antes que las demás culturas.

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Intentamos sin éxito disfrutar de la costa. La basura omnipresente nuevamente opacó nuestra experiencia. Ya sin muchas ganas de bañarnos decidimos despedirnos de Chile de otra manera. Gozamos de las ricas empanadas de jaiba e hicimos unas compras por los mercados locales. Alejandro estrenó sombrero después de haberlo perdido semanas atrás—había que gastarse todos los pesos chilenos que nos quedaban.
De las pocas cosas que había en la ciudad, nos llamó la atención la catedral de la ciudad, diseñada por el mismísimo G. Eiffel; también valió la pena acercarse al antiguo mercado municipal

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Con una mezcla de sentimientos entre pena y alegría, nos despedimos de Chile weon!

Ahora nos esperaba por delante el majestuoso y diverso Perú…

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