La ciudad blanca y sus picanterías

Si pensábamos que la peor frontera era la boliviana, estábamos equivocados una vez más. La frontera peruana de Tacna puso al límite nuestra paciencia. Para que se hagan una idea, llegamos por la mañana y nos fuimos antes de que cerraran. 
Lo primero que vimos al llegar fue una fila que daba la vuelta al edificio. Tal y como nos dijeron los agentes de aduanas, nos pusimos a hacer fila para darnos cuenta que la espera había sido en vano. Cuando por fin nos atendieron, nos dijeron que teníamos que llenar un formulario y volver a hacer la fila (podrían haberlo dicho antes de hacer la fila, verdad?). Al preguntarles por el formulario, nos dijeron que teníamos que comprarlo en la caja del restaurante de al lado—algo muy inusual, sobretodo porque sabíamos que no hay que pagar por ningún trámite en la aduana. Igualmente fuimos con el poco dinero que nos quedaba (chileno, porque peruano no teníamos todavía) pero la cajera del restaurante no nos recibió los pesos chilenos (además nos dijo que costaba muy poco). Así pues, volvemos a la fila (que estaba igual de larga) y al decir en la ventanilla que no pudimos conseguir el papel, milagrosamente apareció un formulario detrás de la mesa… Lo llenamos e hicimos la fila por tercera vez. Delicioso.
Una vez conseguimos hacer nuestra salida de Chile, intentamos que nos devolvieran los impuestos (algo que hasta ahora no se hacía en Sudamérica). Tuvimos que ir a buscar personalmente al agente de aduanas que hacía el tramite… y tras una larga espera, nos dijo que la mayoría de los recibos que teníamos no servían y que solo podrían devolvernos el importe de uno de ellos: eran 5 euros—que nos pagarían por transferencia y por la cual tendríamos que pagar las tasas (o sea que igual nos devuelven 2 €).
Trámite tras trámite nuestra paciencia se iba colmando. Por supuesto también tuvimos que buscar al agente que sabía hacer los papeles de nuestro coche—que al ser extranjero son diferentes—, y respirar hondo. Lo único bueno fue la inspección de aduanas, para nuestra sorpresa fue rápida y no registraron apenas el interior del vehículo.
 Pensábamos que ya estaba todo pero nos quedaba contratar el seguro obligatorio del vehículo (el famoso SOAT) para poder circular por Peru. Lo conseguimos y así de fácil ya estábamos en Perú.

En la desértica ciudad de Tacna, la primera que nos encontramos al pasar, solo nos aprovisionamos con aceite de oliva local y cogimos un nuevo número de teléfono. Cuales prófugos de la justicia o como los mafiosos de las películas, cambiábamos de número casi cada mes.
Habíamos trazado nuestra ruta por Perú. Planeamos por primera vez en meses el recorrido de todo un país. La magnitud del territorio peruano y todos los atractivos que tiene que ofrecer bien merecen una organización, sino los 3 meses se quedan cortos.
Teníamos muchas ganas de conocer el diverso Perú, con sus bellezas naturales que van desde los glaciares picos andinos y vastos desiertos costeros, hasta la selva Amazónica. Además no le falta historia, arqueología e intriga. Todavía quedan muchos misterios incas y culturas indigenas por descubrir. Tanta diversidad biológica también se acompaña de diversidad en sus alimentos. En la gastronomía peruana se mezclan ingredientes andinos, costeros y tropicales; dando lugar a platos únicos en el mundo. No fue fácil elegir la ruta pero preguntando e investigando lo conseguimos más o menos.
Cargados de soles, la moneda local que hace honor al dios Inti, nos dirigimos a nuestro primer destino.

Nuestra primera parada en el sur fue directamente la ciudad de Arequipa. La ciudad blanca como es conocida por sus edificios de piedra blanca de sillar, y se encuentra en un valle de altitud media rodeada de imponentes volcanes. Detrás de su impresionante plaza de armas se alza el volcán Misti (5822 m), con su pico nevado todo el año. Cerca se encuentran otros dos volcanes cercanos a los 6000 m que han hecho erupción y arrasado con la ciudad en varias ocasiones a lo largo de la historia.
Cuenta la tradición que cuando los primeros habitantes de la zona le pidieron permiso al inca Mayta Cápac para habitar la zona, este les contestó en quechua «Ari quepay» (sí quedaos) dando así nombre a la ciudad. Aunque es la ciudad del eterno cielo azul, agradable por su clima y temperatura media, nosotros fuimos en uno de los 60 días que llueve al año. Nos quedamos descansando en el Valle del Chili, al lado del río del mismo nombre, y disfrutamos de la tranquilidad de la zona.

Su centro histórico tampoco decepciona, con sus espléndidos edificios coloniales, su monumental catedral y su plaza central repleta de arcos. 
Es además la segunda ciudad de Perú (y su capital constitucional), por lo que abundan los restaurantes gourmet, las tiendas y las calles están repletas y animadas.

Pese a que hay muchos monasterios e iglesias para visitar (muchas declaradas patrimonio del Perú por su arquitectura única), nosotros preferimos disfrutar de la gastronomía arequipeña. La ciudad posee la mayor diversidad de platos autóctonos de todo el Perú, y con más de 500 platos típicos es imposible defraudar al paladar. En la ciudad y sus alrededores nacieron las picanterías arequipeñas (declaradas patrimonio cultural). Ya se puede intuir por su nombre que el que va llora, y no de tristeza precisamente. Es culpa del rocoto: un pimentón autóctono que es capaz de concentrar en su pequeño tamaño todo el picante que puede aguantar un vegetal. La picantería Nueva Palomino lleva décadas alimentando a los locales, con sus condimentados platos caseros picantes y su chica de jora. La chicha de jora, una bebida fermentada de maíz, la elaboran diariamente en el local. Además de terminar con el estomago repleto de rocoto, ají y otras delicias andinas, nos enseñaron como es el proceso de elaboración de esta bebida.

A las afueras de la ciudad hay varios volcanes con altitudes en torno a 6000 m, el Misti, el Chachani y el Pichu Pichu. Desde la ciudad blanca se pueden contratar excursiones de dos dias para hacer cima. Estuvimos muy tentados de subir pero la época de lluvias y sus continuos dias nublados nos lo impidieron. Solo pudimos verlos de lejos y saludarlos de despedida. Recomendamos a los viajeros que quieran subir a estos y otros picos peruanos hacerlo en invierno, de junio a agosto, cuando no llueve.

No quisimos perdernos las canteras al aire libre de piedra de sillar que abundan en la zona. Esta piedra de origen volcánico es de color blanco/rosado y ligera, pero muy resistente, lo que extendió su uso regional. Además de poder ver en vivo y en directo como siguen trabajando la piedra como antaño, con la entrada se colabora a la cooperativa local de minería. Paseamos por las zonas habilitadas al turismo y nos sorprendimos gratamente con las vistas. Un pórtico de un templo que hay tallado en la blanca piedra nos recordó a Petra, Jordania. No sabemos si es tan impresionante como la real, pero nosotros la disfrutamos a nuestra manera. Además de hacernos el photo call en el portón, también jugamos a las fotos con las figuras talladas en piedra.

En ese lugar fue donde probamos por primera y última vez la Inca Cola. Popular bebida gaseosa peruana de color amarillo chillón y sabor a chicle. Mientras la bebíamos con cierta extrañeza, leímos que contenía tartrazina (un aditivo usado como colorante). La tartrazina además de estar prohibida en muchos países del mundo, tiene efectos perjudiciales demostrados a nivel cerebral. La terminamos y dijimos nunca más.

Abrumados con todo lo que una sola ciudad peruana nos había aportado, seguimos con rigurosidad alemana nuestro plan. Todavía había muchos lugares y gentes que conocer…

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