Continuamos la ruta planificada por el sur del Perú, y nuestro siguiente destino era el—supuestamente—cañón más profundo del mundo. En realidad, es el cuarto, su vecino (el Cotahuasi) es el tercero, y los más profundos del mundo están en el Himalaya (obviamente). El cañón del Colca tiene además otros atractivos, así que allí nos dirigimos.
Hasta ese momento las carreteras estaban bastante bien. Así que llegamos sin problema hasta Chivay, la primera población y capital de esta zona, desde dónde parte la ruta hacia el cañón. Nos aprovisionamos en el mercado central, donde ya veíamos a las cholitas luciendo sus coloridos trajes. Desde Bolivia habíamos ido aprendiendo mucho sobre las cholas y sus ropas tradicionales. Aunque los trajes siempre varían de unas a otras regiones, mantienen ciertas características en común, como son el uso de sombrero, la pollera (falda) o los coloridos aguayos (mochilas). Históricamente se había restringido a las cholitas/mujeres a las tareas domésticas o rurales, teniendo que abandonar sus ropas típicas si querían acceder a ciertos trabajos o lugares. Actualmente esta vestimenta la reivindican como parte de su identidad, y han logrado ejercer lucha libre, andinismo o política sin tener que occidentalizar su imagen. Por esta lucha por los derechos de las mujeres y por la igualdad nos encantan las cholas.
El cañón que se hunde en la montaña y abre paso al río Colca, tiene 3270 m de profundidad. Para visitar esta zona la carretera principal (asfaltada) discurre por el costado sur del río. En su trayecto se pueden visitar varios pueblos tradicionales del Colca, donde mantienen las costumbres de antaño (muchas incaicas y otras incluso más antiguas).
El primer pueblo que conocimos fue Yanque, el único que tiene territorio a ambos lados del río. Allí visitamos las tumbas colgantes, una costumbre inca que luego veríamos en cada sitio arqueológico—aunque un local desmintió esa teoría y nos dijo que usaban esos huecos en la pared para almacenar comida.
Allí también había varios lugares donde disfrutar de las aguas termales naturales. En la zona hay varias fuentes naturales donde brota el agua volcánica. Los locales más avispados se apresuran en montar una tubería con una motobomba para así bombear el agua caliente hasta sus piscinas hechas de cemento. Algunas son más artesanales, las hay con vistas, con piscinas privadas, y con servicios varios—pero la mayoría sin ningún tipo de permiso para explotar ese recurso natural… Esta es una de las muchas formas de vida que permite la explotación turística de esta zona. Nosotros elegimos un negocio pequeño, con bonitas vistas y un dueño muy amable. Fuimos los únicos clientes así que disfrutamos del lujo de poder regular la temperatura del agua (para eso simplemente bombean más agua directo de la fuente, a 60-70ºC…. Verónica fue la única que aguantó y el dueño creyó que tenía superpoderes).
Después del baño renovador, seguimos el camino del cañón. Nos detuvimos en varios miradores por el camino y apreciamos como el cañón iba haciéndose cada vez más profundo a medida que la carretera subía. Además al ser época de lluvias el verde del lugar resaltaba su belleza.
El siguiente pueblo era Maca, con una extravagante y llamativa plaza decorada con esculturas honorando las tradiciones locales. Llama la atención además la figura que escenifica la lucha del inca Atahualpa antes de su muerte a mano de los españoles. Lo asesinaron en Cajamarca , y con su caída cayó también el imperio Inca.
Fue en este pueblo donde conocimos el principal medio de comunicación y difusión de las pequeñas poblaciones del Perú: la megafonía matutina a las 5 a.m. Todos los gobiernos locales han instalado un megáfono en sus plazas principales, y CADA DÍA hacen anuncios, comunicados, o simplemente cuñas publicitarias… Por ejemplo: “el repartidor de tejas no ha podido llegar a la casa de Pepe, tiene que venir a buscarlas a la plaza”, o “Mañana se venderán tamales en la casa de Juana”, o “Se ha extraviado una cartera favor llamar…”. Muy tierno, pero nuestro horario claramente difiere del peruano; y no disfrutamos que nos despierten a las 5 de la madrugada con esos anuncios. Así que optamos por dormir a las afueras del pueblito en una calle sin vecinos, aparentemente tranquila. Pues al que no quiere sopa, lo despiertan temprano… A las 7 de la mañana nos golpearon enérgicamente en la ventana, y al salir conocimos a un fulano que se presentó como la autoridad del pueblo. Venía a ver quienes éramos ante la sospecha de los locales que nos habían visto y habían llamado ¿Asustados? Extrañados? Preocupados?, da igual nos despertaron… “Era solo para ver que estén bien, que no les pasa nada” dijo el jefe. A lo largo del viaje por Perú nos seguiría sorprendiendo esa seguridad civil que tienen en TODAS las poblaciones, y las desconfianza que generamos al visitar cada pueblo con nuestra casita extranjera.
Pernoctamos en una de las sedes de Autocolca (Autoridad del cañón del Colca), donde controlan el pago del famoso boleto turístico. Sí señores, para visitar este pintoresco valle hay que pagar. Aunque en este caso sí se nota cómo inyectan presupuesto en toda esta zona turística, nos pareció excesivo el precio gringo que había que pagar para simplemente disfrutar de unas vistas, o ver la plaza de un pueblo tradicional. Al final pagamos (con descuento por suerte) y no tuvimos problemas.
En la sede donde descansamos tuvimos la suerte de contar con baño, agua y hasta energía, full luxury.
Al día siguiente, fuimos a una de las atracciones principales del cañón: el mirador del Cóndor. Las majestuosas aves anidan en estas escarpadas montañas, y los locales aprovechan para organizar tours, y montar todo tipo de comercio ambulante e informal para aprovecharse de las hordas de gringos y turistas que madrugan a ver si aparece algún cóndor planeando sobre los curiosos. Nuestro favorito fue el más ingenioso de todos los que viven del turismo local: un hombre disfrazado de cóndor (por si ese día no habían aparecido), y por si acaso, también tenía una llama y una alpaca bebés para sacarle unas moneditas más al turista. Negocio redondo.
El auge de esta explotación parece haber sido tal que para asegurar el avistamiento (y el inflijo de turistas) han tenido que alimentar a escondidas a los reyes de las alturas andinas. ¿Cómo?, pues tirando las vacas muertas al lado de la ladera del mirador. Muy recursivos, pero así no deja de ser otra trampa atrapa turistas, que solo quieren ver al enorme animal. Desde luego no es un espectáculo natural.
Seguimos hasta Cabanaconde uno de los últimos pueblos del circuito turístico desde donde se pueden apreciar las vistas más imponentes de la profundidad del cañón. Pensamos en hacer la caminata hasta el oasis de Sangalle, un oasis en medio del río Colca. Pero como se trataba de un simple resort artificial para atraer a los turistas, dijimos no gracias a esa caminata de casi 6 h a pleno rayo del sol en verano. Nos quedamos con las vistas desde lo alto.
La última visita fue al museo que había al lado del mirador. La protagonista era Juanita, la princesa de hielo, una momia que encontraron unos expedicionarios en los años 1990 en la cima del volcán Ampato (6310 m). Un estadounidense y un andinista vislumbraron desde lo lejos algo brillante en el cráter del volcán, al descender se encontraron con la momia mejor conservada de las Américas (gracias a la congelación por supuesto).
Juanita, también conocida como ‘la princesa de hielo’, fue una doncella inca de 13-14 años de edad que sacrificaron los incas hace más de 500 años. Los incas creían en las montañas como divinidades violentas (los Apu), a las que solo podía aplacarse mediante sacrificios humanos. El de Juanita fue parte de uno de los rituales incaicos llamado capac cocha, en los cuales también había fiestas, y ofrendas. Pero los sacrificios humanos eran poco habituales. El de juanita es además especialmente intrigante, pues en los estudios que se llevaron a cabo sobre la momia, encontraron que Juanita estaba sosteniendo su propio cordón umbilical (guardado desde su nacimiento), lo cual indica que probablemente fue seleccionada para ser sacrificada antes de su nacimiento.
La momia real está en Arequipa (donde cobran 20 dólares para verla), guardada en un refrigerador especial para conservarla, y solo se exhibe unos meses al año (en la época fría). Pero la historia y la réplica fueron suficientes para nosotros. El resto del museo no era tan apasionante, aunque también exhibían muestras textiles, y de hallazgos arqueológicos de la zona (habitada desde hace más de 7000 años, por diversas culturas)
Como ya habíamos llegado al final del cañón, dimos media vuelta para volver. Cuando nos dirigíamos hacia la carretera principal para salir del cañón, de repente experimentamos en primera persona un pequeño gruñido del Apu: un derrumbe bloqueó la única carretera de salida. Nos quedamos atrapados justo antes de la entrada a un túnel (uff!). Por suerte la autoridad local tenía suficiente dinero como para invertir en el mantenimiento vial, así que en a penas 3 horas ya estábamos de nuevo al volante—esa suerte no la volveríamos a tener en ningún otra carretera peruana.
Después de salir ilesos del regaño del Apu, abandonamos la carretera principal del circuito turístico para descansar en un lugar más tranquilo. Muy cerca de esta zona se encuentra el nevado Mismi (5822 m.s.n.m.), otro de los Apus que domina el paisaje. Tras un corto pero agreste camino llegamos al medio de la nada, donde más nos gusta. Aunque el clima nos seguía defraudando (nos quedamos sin vistas, y sin ver al Mismi), disfrutamos del silencio y tranquilidad de la montaña—a 4000 m de altitud. Esa paz fue interrumpida por un rebaño de alpacas que nos sorprendió y alegró el día.
El último pueblo del circuito del Colca que visitamos fue Sibayo, tal vez el más bonito de todos. Está saliendo por el norte del cañón y se encuentra a las orillas del mismo río Colca pero sin las imponentes montañas. En cambio, este pueblito está restaurado con mucho esfuerzo y detalle (para el turismo claro). Con sus casas tradicionales de piedra y techos de paja (pero las calles pavimentadas), brilla como antaño. La plaza tiene una fuente en el centro con una llama en lo alto, el orgullo de los locales. Los pobladores son muy amables, y nos dejaron dormir en un mirador que en ese momento estaba cerrado. En el mirador había una casa que antes servía de sede social donde organizaban mercados populares, reuniones, eventos, etc. Pero a raíz de un incendio había quedado inhabilitado. Allí descansamos con bonitas vistas y al día siguiente seguimos nuestro camino.
El siguiente punto de nuestra ruta nos puso a sudar por culpa de las inhóspitas carreteras peruanas…
















































