Dejamos atrás la región de Arequipa para adentrarnos más en el Perú real, fuera de la ruta turística. Las carreteras subían y subían y casi sin darnos cuenta nos encontrábamos nuevamente en el hermoso altiplano. A diferencia del boliviano, y al ser época de lluvias, nos pareció más verde que el anterior; y más embarrado. El asfalto desapareció de golpe, y pronto nos daríamos cuenta de que los caminos de tierra (o trochas) son lo más habitual. Intentamos averiguar el estado de las carreteras en las paginas web oficiales del gobierno para poder llegar desde Sibayo hasta el pueblo desde donde parte el camino a la “montaña arcoíris”. La búsqueda fue un fracaso, solo encontramos un montón de mapas desactualizados y con miles de códigos indescifrables. En resumen, tuvimos que preguntar a los locales, lo cual no fue mejor. Al igual que en Bolivia, el idioma quechua y aymara dominan en la región montañosa. Al preguntar a los locales por la mejor ruta, balbuceaban palabras las cuales no entendíamos y siempre acababan diciendo “normal, normal”, y señalaban recto. Total, que tanto buscar y preguntar no nos aclaró nada, y acabamos metidos en barro hasta el cuello en una carretera que subía al pueblo más alto en el que hemos dormido: Condoroma, a 4700 m de altitud.
Al igual que en el cañón del Colca, los avisos municipales matutinos se repetían. Un placer. Eso sumado al insomnio provocado por la altura no ayudó a que descansáramos mucho. Le encontramos cierto encanto al pequeño y elevado pueblo de Condoroma. A la plaza central, al igual que a todas las plazas de los pueblos peruanos, no le faltaba detalle y encanto andino. Con sus llamitas y cóndores en las fuentes, y su arquitectura “neoandina”. Los peruanos de la cordillera resultaron muy amables, e incluso nos abrieron las puertas del ayuntamiento para poder trabajar. Eso tienen en común los peruanos, sus ganas de vivir y compartir.
Un incidente enturbió nuestro paso por la cordillera. Paramos en un caserío cualquiera para preguntar por la ruta, y todo iba bien hasta que un perro se lanzó a atacar la pierna de Alejandro. Lo mordió pese a que ya se estaba yendo del lugar (de espaldas), y pese a estar en compañía de su dueño (que no movió un dedo al ver el incidente). A base de pedradas consiguió librarse de las zarpas del animal, pero los colmillos ya habían atravesado el pantalón. Al volver a la furgoneta y examinar la herida, Verónica se dio cuenta de que necesitaba puntos (había grasa expuesta y sangrado activo). Tras mucho limpiarla la suturó sin incidencias. Una vez controlada la herida fuimos a hablar con los simpáticos dueños para por lo menos asegurarnos de que el animal estaba al día de vacunas. Nos dijeron que sí, que cada año pasaban los de la municipalidad a vacunar a los perros. Nos alegramos mucho, ya que no es ningún chiste que a uno le dé rabia (ese es el riesgo de las mordidas por animales). Además de tener una mortalidad mayor al 95%, el tratamiento después de una mordida sospechosa de rabia implica ponerse una vacuna semanal durante 4 semanas… Esto habría supuesto tener que volver a una ciudad más grande, ya que la zona donde estábamos era remota y no había hospitales cerca.
A partir de ese momento Verónica tuvo que tomar las riendas del carruaje y enfrentar las carreteras peruanas—y a los ansiosos conductores peruanos. De camino a la montaña Winikunka paramos en los atractivos turísticos de la zona. Primero, visitamos unas pequeñas ruinas incas donde nos acogieron para descansar. Disfrutamos de unos guías turísticos locales: unos niños que vivían y jugaban entre las ruinas y tumbas incas. Con total normalidad nos explicaban como recogían fragmentos de vasijas y otras antigüedades que yacían olvidadas en la zona. Sus juguetes eran invaluables restos arqueológicos incas.
Después de eso, y de camino a la cordillera, nos topamos con muchos puentes: puentes peatonales incas. Las comunidades andinas locales (descendientes de los incas) hacen y deshacen cada año puentes artesanales hechos con fibras vegetales. Antaño utilizados, ahora sólo quedan para el recuerdo, la foto y el turisteo. Junto a los puentes artesanales incas se fueron construyendo otros, primero de piedra y arquitectura romana por los colonizadores españoles, y luego más modernos de hierro.
Después de esto ya estábamos listos para adentrarnos en la terrible carretera que sube a la montaña Winikunka. En esa sinuosa, resbaladiza y estrecha carretera pusimos a prueba todo lo aprendido sobre conducción (en carreteras latinoamericanas) en los meses previos. Se nos pusieron los 🥚🥚 de corbata cada vez que nos cruzábamos con alguno de los buses que bajaban repletos de turistas (que habían disfrutado pasando el día en lo alto). Nosotros queríamos ir a dormir a uno de los parkings que hay de subida a la montaña para aclimatarnos. Dormimos a 4500 m y descansamos lo justo antes del madrugón. Intentamos sin éxito evitar a las hordas de turistas que quieren ver esta linda montaña de cerca. Es verdad que sus colores impresionan, pero no sé si merece tanta atención. Creemos que, al ser una subida relativamente fácil hasta 5000 m, además de las vistas y su cercanía a cuzco (centro de concentración de turistas), hacen que se llene el lugar.
Subimos con relativa facilidad pese a los más de 5000 metros de altitud, ya llevábamos varios meses sobrevolando las alturas, como los cóndores, y esto no era sino un pequeño esfuerzo más. Sin darnos cuenta ya estábamos arriba, junto a los jadeantes y sudados turistas que se fotografiaban frente a la montaña sin parar, sin levantar el ojo de la cámara o el móvil. Todos competían por la mejor foto sin tal vez apreciar realmente la belleza del lugar. Aprovechando la coyuntura, los locales que de tontos no tienen un pelo, llevaban sus alpacas y comidas típicas hasta el lugar para vender un refrigerio o una foto con la alpaca o local en cuestión. Explotando al gringo y exprimiendo el atractivo turístico sin control. Claro que sí, arriba Perú.
Nosotros conversamos con uno de los locales que allí estaba. Nos contó como el gorro típico que llevaba puesto tardaban 3-4 meses en tejerlo a mano. Nos encantó por sus colores, pero nos encantaron más las alpacas que él tenía. Pedrito y Marroi fueron lo más encantador del lugar.
Cansados de pelearnos por un pedazo de suelo sin gente para la famosa selfie con la montaña de arcoíris, decidimos hacer un trekking complementario: el mirador del Valle Rojo. Tuvimos que subir otros 200 m más aproximadamente y gozamos de unas vistas espectaculares. Al otro lado del valle podía verse el increíble nevado (y Apu) Ausangate.
De bajada decidimos volver a parar en el Disneylandia de las montañas coloridas, y al ser ya la tarde todos se habían ido. Nada más increíble que estar en Disney sin gente. La soledad, el viento y el silencio se adueñaron del lugar, y donde antes solo se veían turistas ahora se gozaba de la naturaleza impoluta. En ese momento sí que pudimos decir que mereció la pena todo: el camino, la caminata, el esfuerzo… pues el entorno y las vistas son únicas.
El cuidandero del parking (o guachimán), un local entrado en años, nos paso algunos consejillos antes de irnos. Queríamos acercarnos al Apu Ausangate y ver alguna de sus lagunas. Sabíamos que por la cara norte (el lado más cercano a Cuzco) había conflictos con las comunidades y el turismo descontrolado; y no queríamos ir. Preguntamos en el gobierno local al encargado de área de turismo cuánto teníamos que pagar por entrar a visitar el Ausangate y no nos supo contestar. Nos dijo que, en la zona norte, el gobierno tenía la intención de controlar el acceso y explotar responsablemente este atractivo turístico. Pero la realidad es otra: las comunidades locales han tomado las riendas del asunto ya que son sus tierras, y se les ha reconocido el derecho explotarlas para el turismo. El problema es que no hay control alguno, y al ser varias comunidades, todas cobran al pasar por su zona, y el precio es diferente—siempre según el gringo.
Los “puntos de cobro” informales que uno se puede encontrar en el camino suelen ser con una cuerda atravesando la carretera y un local que cobra a toda persona extranjera la cifra que les parece. Un desastre. Por toda esa problemática, y porque no queríamos discutirnos con las comunidades, seguimos los consejos del cuidandero del parking y fuimos a la cara sur que aún es virgen. Dormimos entre las casas de la gente local, que nos acogió estupendamente, junto con sus cientos y cientos de alpacas. Un lugar encantador. Casi idílico si no fuera por la diarrea inducida por las grandes alturas.
Los mismos locales fueron los que nos ayudaron a encontrar un camino de subida a las lagunas del Ausangate, ya que no sale en los mapas. Íbamos algo asustados, ya que muchas veces nos encontramos que subestiman la dificultad del terreno y no transmiten la realidad, casi siempre solo dicen: “sí, hay paso”, lo cual no ayuda mucho. Para nuestra sorpresa conseguimos llegar a la última población de donde salía el sendero. Unas 3 casas donde vivían 5 personas criando alpacas. Un lugar delicioso en donde conocimos a María que tras intercambiar unas pocas palabras en quechullano nos invitó a pasar por sus terrenos.
El camino con vistas al sagrado monte Ausangate fue indescriptible. Entendemos que cada año haya peregrinos que siguen adorando al Apu que vive en la montaña, con ritos y ofrendas—afortunadamente ya no hay sacrificios humanos.
La laguna glaciar a la que llegamos nos dejó encantados y helados. Hay un pequeño refugio en la zona aunque casi abandonado, lo usan en temporada alta (hay varios instalados en los alrededores del monte, para hacer la ruta circular de unos 7-9 días). Un espacio increíble.
Le dimos las gracias al Apu Ausangate y al Apu Winikunka, y dejamos una pequeña ofrenda en agradecimiento por permitir a Alejandro hacer trekkings a más de 5000 metros con la pierna suturada. Bueno, la doctora también hizo bien su trabajo.
Ya recuperado de la pierna, de vuelta al volante y ¡pa’ lante!
Nuestra siguiente parada en la ruta al Valle Sagrado de los incas era una pequeña pero agradable población donde pasamos una noche, descansamos.
Aunque a primera vista Urcos es un pueblo sin mucho que ofrecer, tiene una laguna rodeada de totora donde han construido un centro turístico (con balneario incluido) para los locales y curiosos que pasan por allí. Hotel, canchas de fútbol, voleibol, y hasta una piscina cubierta: el balneario de Urcos no tiene nada que envidiar. Antes de irnos aprovechamos el mercado local para reabastecernos y comprar unas sandalias artesanales muy célebres entre los locales—las lleva todo el mundo en el altiplano. Son unas sencillas pero resistentes sandalias hechas de neumático reciclado. Nos llamó la atención las risas de los curiosos que nos veían comprarlas, creemos que les hacía gracia que unos turistas gringos adinerados estuvieran comprando las sandalias que usan los humildes campesinos locales… para nosotros ha sido la mejor compra, mucho más resistentes y duraderas que cualquier Nike.
Seguimos la ruta y cumpliendo rigurosamente con nuestro calendario planeado. A continuación, nos esperaba el famosísimo Valle Sagrado de los incas.


























































Un gustazo leer vuestras andaduras!!!! Sois unos valientes 😘😘😘😘