Cuzco
Otro de los grandes tesoros que esconde el gran y diverso Perú es la cultura inca.
Antes de adentrarnos en El Valle Sagrado, hicimos una parada en la ciudad de Cuzco. En su día la que fuera capital del imperio inca, es la ciudad habitada más antigua del continente. Qosq’o como se conoce en quechua fue, es, y será un museo al aire libre.
Hay tanta historia, mitos, y leyendas en torno a la ciudad que es difícil diferenciar la donde acaba la leyenda y comienza la realidad. Se dice que, en el siglo XII, Inti—el dios del Sol—, le encargó al primer Inca Manco Cápac encontrar “el ombligo de la Tierra” (qosq’o), cuando el emperador dio con el lugar allí fundó la ciudad. Emplazada a más de 3000 m de altitud entre empinadas laderas, se alza rodeada por enormes y defensivas murallas incas.
Decidimos alojarnos en un pequeño hostal ubicado en una de las tantas montañas que rodean la ciudad. En medio de las estrechas y adoquinadas calles de Cuzco no esperábamos encontrarnos con un espacioso parking dentro del lugar, pero así fue. Pudimos aparcar la furgoneta e hicimos uso de las áreas comunes ostentosamente decoradas al más puro estilo cristiano-latino.
Lo que sí se sabe de Cuzco, es que el noveno Inca (Pachacutec), que además de buen guerrero era un gran urbanista, diseñó un plan genial que incluía darle forma de puma a la ciudad. No pudo haber elegido mejor animal. Más adelante veríamos que por culto muchas otras localidades incas también eran zoomorfas.
Lo más llamativo y turístico de esta ciudad se concentra en la plaza central, donde actualmente se encuentran las iglesias y catedral. Desafortunadamente, los colonizadores destruyeron el palacio imperial inca que ahí había levantado Pachacutec, y construyeron encima de las ruinas sus edificios religiosos.
Es en este lugar donde más pueden apreciarse los contrastes que invaden la urbe. Allí conviven indígenas, descendientes de los colonizadores, y extranjeros, cada uno con sus propias prendas y culturas.
Los vendedores ambulantes y de turismo compiten entre sí, en una incesante pelea por conseguir llamar la atención del turista. Nos contaron los lugareños que se habían multiplicado tanto los vendedores en los últimos años, que habían intentado controlarlos exigiéndoles un permiso a todos los que quisieran montar un puestico. La respuesta, como buenos latinos rebuscadores de oportunidades, fue vender sin tener que montar un puesto. Es decir, caminando con su tienda a cuestas, colgada muchas veces del cuello. Así que, pese a los esfuerzos gubernamentales la plaza central sigue abarrotada. La única diferencia es que ahora además la policía persigue a golpe de silbato a todo aquel que ose apoyar su “tienda” en el suelo. Un caos organizado vaya, como siempre en Latinoamérica. Buscándose la excepción a la norma con elegancia, ¡claro que sí!
Por las coloniales calles, se multiplicaban las Iglesias construidas sobre edificaciones incas. Los indios construían tan bien, con piedras talladas a medida sin ningún otro elemento añadido, que consiguieron que duraran hasta el presente. Y no solo eso, sino que aguantaron iglesias y todas las otras edificaciones modernas que les construyeron encima los colonizadores. Una hazaña increíble.
Lo que nunca falta en las ciudades peruanas son los mercados, y menos en una ciudad turística como esta. Lo visitamos y nos dimos cuenta de que tenía todos los imprescindibles para aquellos que buscan una auténtica experiencia sudamericana. No faltaba la zona de jugos, papas y suvenires reglamentaria. Por supuesto nosotros nos hicimos con nuestra coca de rigor.
La ciudad nos hizo sudar subiendo y bajando por las adoquinadas callejuelas (les faltan ascensores como en Valpo), pero mereció la pena. Subiendo por la ajetreada calle del Sol, llegamos al barrio artístico-bohemio de San Blas. Desde su mirador gozamos de unas grandes vistas del atardecer cuzqueño acompañado, como no, de su cerveza homologa.
En la misma zona visitamos el pequeño Museo de la coca. Ya habíamos visto a lo largo de nuestro paso por lo Andes, que esta hoja forma parte de la vida y cultura andina. En el museo aprendimos que desde tiempos atrás era utilizada como anestésico para las trepanaciones, además de otros usos rituales.
Aunque los colonizadores prohibieron la hoja por ser contraria a su religión, años después no solo la utilizarían para tratar sus dolencias, sino que la legalizarían para “uso laboral” (es decir, para que los indígenas explotados trabajasen más tiempo sin cansarse). Cosas de la vida y de la colonización… Además de los españoles, otros también supieron apreciar su potencial. Empresas como Coca-Cola (en 1886) y el vino francés Mariani (en 1838) añadieron este elixir sagrado como un ingrediente más, y alcanzaron el éxito. Hoy en día resaltan las incongruencias: en EE.UU. la coca es una sustancia ilegal, pero está permitida su importación desde Bolivia y Perú para usarla en sus hipercalóricas bebidas (aunque en la web oficial no haya mención alguna de la sustancia).
El Valle Sagrado
El Valle Sagrado se extiende al norte de Cuzco, en torno al río Vilcanota y Urubamba. En una zona más baja en altitud, goza de un clima templado. Así como de Machu Picchu teníamos grandes expectativas, no eran tantas las del Valle. Estábamos ciegos ante todo lo que este lugar tiene que ofrecer, de hecho, sería aquí donde más aprenderíamos sobre los incas y su avanzada forma de vida. Como todo lo turístico en Perú, su encanto se ha desvirtuado un poco debido a la masificación turística. Los autobuses con turistas enlatados sobrecargan y ennegrecen el bello lugar; afortunadamente nosotros teníamos tiempo para descoordinar nuestros horarios del masivo gentío. Compramos otro maravilloso boleto turístico que incluía la entrada a varios yacimientos durante 48h únicamente, así que nos tuvimos que poner las pilas.
Primero visitamos la ciudad de Pisaq. Su emplazamiento en lo alto de la montaña de tipo defensivo es característico en esta y otras poblaciones incas. Las ciudades solían tener varios elementos en común: las andenerías (zonas de cultivo escalonadas en las laderas para aprovechar el terreno), una zona de culto al su principal dios (del sol, Inti) llamada intihuatana, la zona de baños ceremoniales (con un sistema de agua canalizada), el pueblo, y la zona de sepultura (con tumbas incrustadas en las paredes). El Valle, que ya de por sí es encantador con su belleza andina, resaltaba más por las ruinas y los días soleados de verano.
La jornada subiendo y bajando por las casas se nos alargó, y es que los incas eran unos grandes atletas adaptados a la altura, pero nosotros (con Alejandro convaleciente todavía de la pierna) íbamos piano piano sufriendo con la altura.
Decidimos dormir entre tesoros arqueológicos (ya parecía una costumbre en Perú). Al despertar nos dimos cuenta del lugar tan increíble en el que habíamos descansado: Moray. Estábamos junto a una zona excavada en la tierra, la cual utilizaban los incas para realizar experimentos agrícolas. Los incas construyeron andenerías (las terrazas o gradas agrícolas) en unas depresiones de tierra que parecen hoyos naturales gigantes. Estas terrazas están superpuestas concéntricamente, tomando la forma de un anfiteatro. El hoyo mayor tiene una profundidad de 150 m y el promedio de altura de los andenes es de 1.80–2 metros. Cada andenería tiene su respectivo canal de irrigación, y en cada una de ellas consiguieron generar un microclima. El éxito de este experimento inca fue conseguir una diferencia de temperatura media anual entre la parte superior y el fondo de las depresiones de hasta 15ºC. Gracias a estos microclimas (aproximadamente 20 en total), consiguieron cultivar a más de 3500 m de altura, más de 250 especies vegetales. Así conseguían tener una dieta variada y saludable, la cual enriquecían a base de alpacas y cuyes. Otra tremenda hazaña inca.
Ensimismados le dimos la vuelta completa al lugar y avanzamos para exprimir nuestro boleto todo incluido.
Llegamos a Ollantaytambo, lugar donde se resguardó el Inca Túpac Amaru cuando fue expulsado de Cuzco por los españoles. La ciudad está erigida en una ladera con vistas al valle, por eso es evidente que su función era principalmente defensiva. En Ollantaytambo hay andenerías también, pero estas eran de resistencia, y no agrícolas como en los demás sitios arqueológicos del Cuzco. Fue aquí que los colonizadores fueron derrotados en una famosa batalla: el líder de la resistencia inca, Manco Inca, derrotó una expedición española inundando el valle desde los andenes.
En las ruinas incas que hay en esta ciudad, lo más destacado es el intihuatana y el trono del Inca: están impecablemente talladas en unos enormes bloques de piedra que traían desde un monte ubicado al otro lado del valle (añadir a lista de hazañas incas). Aunque goza de una mayor popularidad que Pisaq a nosotros no nos gustó tanto (hiperexplotación turística 2020).
Nuestro tiempo estaba por agotarse y casi no conseguimos llegar al último asentamiento, el de Chinchero. Este en concreto destaca por su Iglesia colonial construida sobre un palacio Inca. Aunque no compartamos que hubieran hecho eso con la impresionante arquitectura inca, hay que reconocer que la mezcla inca-colonial es única en el mundo. Lo mejor de esta zona son las artesanas. Las cholitas locales son unas artistas de los pies a la cabeza, y con lana de alpaca, tejidos, y tintes locales aún trabajan de manera tradicional. Pudimos hablar con algunas de ellas, pues venden a la salida de las ruinas, y apreciamos su trabajo y su vestimenta típica.
Nos despedimos del lugar con mazorca picante de ají en mano y descansamos junto a la laguna del pueblo. Un lugar tranquilo donde reponernos del ajetreo del Valle.
En el mismo Valle, pero fuera de la zona turística, está una cooperativa salinera que sigue explotando las sales naturales igual que desde los tiempos incas. Dicen que el agua volcánica que brota de la tierra, además de sal, tiene muchas propiedades nutricionales beneficiosas. Los incas traían aquí el pescado desde la costa para conservarlo con sal. Los expertos mensajeros o chasquis llegaban en 6 horas… nos parece una proeza un tanto difícil, ¡está a más de 370 km de la costa! Pero esta es otra de las leyendas que los envuelven. Lo cierto es que con estas y otras técnicas conseguían no solo alimentarse de forma muy variada, sino que su esperanza de vida era muy superior a la de la época.
Rodeando el camino del inca llegaríamos a nuestro siguiente destino, el atractivo turístico por excelencia del Perú, el que permaneció sin ser explotado hasta hace 100 años, el gran poblado de Machu Picchu.































































