Tanto turismo “urbano” nos tenía cansados. Por suerte nuestra siguiente parada nos guardaba unos días de magia y tranquilidad a orillas del lago sagrado de los Incas.
Desde Oruro hacia el lago Titicaca la carretera no tiene muchos atractivos. Paramos a descansar entre bonitos paisajes del altiplano y otros lugares no tan bonitos.
Cerca de un pequeño pueblo paramos a dormir a orillas de un riachuelo, y a las 2 AM fuimos despertados por la Polícia boliviana quien nos alertó de la peligrosidad de la zona. Allí había robos con violencia por parte de los mineros borrachos de una mina vecina, “por eso andamos armados y patrullamos la zona” nos dijeron. Seguimos su recomendación y por primera vez en nuestra travesía tuvimos que movernos en medio de la noche. A pesar de ese único episodio, en Bolivia estuvimos bastante tranquilos y seguros durmiendo por ahí, solo nos sorprendió cómo se acercaba siempre alguien (aunque fuera en medio de la nada), y muchos eran desconfiados. Al final siempre conseguimos quedarnos tranquilos, algunos propietarios nos daban permiso tras hablar con ellos pese a la barrera idiomática– en las zonas rurales hay gente que no habla castellano, solo Quechua o Aymara. En Bolivia, la mitad de la población habla alguna lengua indígena y el 36% (según datos del 2001) la tiene como lengua materna (casi 12% solo hablan alguna lengua indígena).
Por desgracia para llegar hasta el Titicaca había que atravesar El Alto, una caótica ciudad pegada a La Paz donde casi morimos sofocados entre trufys y micros (las vans de transporte público, que parecen no estar muy bien controladas porque da la impresión que hay uno por habitante…). Casi el 100% de los microbuses son chinos, y son los responsables de los atascos monumentales que hay a diario en El Alto.
Después de salir ilesos—por los pelos, seguimos la ruta hacia el lago sagrado. Una vez a orillas del mismo descubrimos una pequeña isla a la que se puede acceder en carro por un estrecho camino que sobresale en época seca, como un puente natural. Así pasamos nuestra primera noche en una isla del lago Titicaca acompañados por unas curiosas ovejas, algo que ni siquiera nos imaginábamos. Otra noche estrellada y unas hermosas vistas nos dejaban una sonrisa permanente.
Al despertar se acercó un campesino y curioso vecino de la zona a hacernos unas preguntas:
– Argentinos?
(Esa era una de las más frecuentes, al tener la placa del carro extranjera)
– Somos de Colombia y País Vasco. (casi nunca preguntaban de dónde era la placa–Española).
La cara del hombre decía «no tengo idea dónde está ninguno de los dos».
– Está muy bonito. Cuánto te costó el carro? Te lo compro.
– No podemos venderlo. Es nuestra casa en realidad, no un simple carro.
– Como así? No tienen casa? Sólo tienen el carro?
– Exacto.
– Ah, entonces ustedes son pobres! En Colombia entonces son más pobres que aquí en Bolivia?
La extraña conversación con el hombre nunca fluyó ni condujo a ningún lado. Después de intercambiar unas sonrisas y poca información el hombre nos dio la bienvenida a su tierra y la bendición para seguir.
En seguida llegamos a San Pablo de Tiquina, donde teníamos que coger un ferry. QUEEE?! OTRO FERRY?! Pues sí queridos, aunque parezca broma, nuestra furgoneta parece ser amante de la navegación. Resulta que para poder llegar a Copacabana (la capital turística del Titicaca) desde La Paz hay dos opciones: la primera es montarse en una balsa de 15 min para atravesar un estrecho en el mismo lago de 800 m, para así hacer La Paz-Copacabana en 2-3h. La segunda es dar una vuelta más larga teniendo que cruzar la frontera a Peru y de vuelta a Bolivia a orillas del Titicaca. Algo así como lo que hay que hacer para ir a Ushuaia desde la Argentina continental.
Como somos unos valientes (o locos si ven el vídeo), optamos por la balsa artesanal de troncos que se zarandea al son del crujido de la madera. Durante esos casi eternos 15 minutos Alejandro disfrutaba de las vistas (con los huevos en el cuello) y Verónica meditaba dentro de la furgo para no vomitar 🤢.
Lo conseguimos.
El camino después del cruce en balsa es precioso. Una buena carretera asfaltada serpentea bordeando el lago y expone unos paisajes maravillosos. Un buen abrebocas antes de llegar al principal puerto del lago y la ciudad más grande a sus orillas.
Justo antes de entrar a Copacabana, la vista sorprende con una señora ciudad a orillas del lago sagrado.
Ya en Copacabana, la población boliviana más grande a orillas del lago, pudimos apreciar su gigantesca extensión, de 8400 km2, mientras disfrutamos de un atardecer en el horizonte de lo que parecía el mar. El Titicaca es el lago de montaña más grande del mundo, y está a 3800 m de altitud.
Además nos encontramos con una curiosa tradición. En la iglesia del pueblo en cuestión, se bendicen coches casi diariamente. Un curioso ritual en el que adornan los carros y les echan hasta champán.
Aprovechamos unas horas para conocer el pueblo, gozar del lago sagrado (no solo las vistas, Alejandro por supuesto no se aguantó a bañarse), y de las delicias gastronómicas de los mercados bolivianos.
Desde Copacabana además salen barcos regularmente hacia las islas vecinas, la isla del Sol y la isla de la Luna. Dice la tradición que en la del Sol nacieron los Incas, y es por ello que se ha convertido en un reclamo turístico. Así como el turismo atrae a la gente también la divide. Debido a disputas locales es muy problemático visitar la isla entera, solo se “permite” visitar unos lugares concretos y por un precio excesivo. Por ese motivo decidimos más bien visitar los hermosos alrededores, que están repletos de ruinas incas. Nos apartamos a un pequeño terreno plano al final de un camino de tierra donde aparcamos en medio de terrazas incas, y allí encontramos nuestro rinconcito. Hasta teníamos una playa privada a orillas del lago. Para llegar a ella tuvimos que caminar un corto pero extenuante paseo (apenas 700 m de sendero pero con casi 200 m de desnivel, que a 3900 m son cosa seria por la escasez de O2).
Nuestras vistas incluían la Isla de la Luna y la Cordillera Real de fondo. Sin palabras.
El atardecer desde lo alto de nuestro rinconcito privado entre ruinas tampoco defraudó.
Las terrazas incas eran uno de los logros de ingeniería agrícola más destacados. Aún siguen siendo utilizados por los habitantes locales.
Después de disfrutar un par de días en ese remanso de paz lleno de historia teníamos que volver por el mismo camino (o sea jugárnosla otra vez en esa balsa artesanal). Por fortuna, la segunda vez en la «ruleta boliviana» salimos vivos y secos 👏🏾👏🏾👏🏾.
Ya en tierra firme, pasamos una última noche a orillas del Titicaca y nos despedimos de ese espectáculo de la naturaleza.
Nos dimos por satisfechos con los días pasados en el lago entre ruinas incas e islas sagradas, y salimos a recorrer la gran cordillera Real.
Pese a ser época seca, el invierno es duro en esa zona, y más en estos picos a más de 4500 m. No es fácil explorar la cordillera en su totalidad sin guía, pero sí existen trekkings y lagunas que se pueden visitar relativamente fácil. Nosotros optamos por visitar la laguna de Chiar Khota y no nos arrepentimos para nada.
Fue gracioso que faltando una hora de camino para llegar al punto de partida del trekking nos paró un simpático local que viajaba en su destartalado coche por la carretera. Directamente nos preguntó si íbamos a subir a la laguna, a lo cual asentimos. Entonces nos hizo saber que la «entrada» a la laguna la cobraba él durante esa semana. Sinceramente nos pareció un poco extraño que nos pidieran dinero en medio de la carretera, estando tan lejos, y sin entregarnos ni tan siquiera un ticket, pero sabíamos que había que pagar. El hombre nos dijo que no esperaba que nadie mas fuera y habia decidido librar pronto ese día. Al ver nuestra cara dubitativa nos propuso que nos hiciéramos una foto en la que apareciéramos pagándole como justificante, por si alguien más de la comunidad intentaba cobrarnos. En resumen, pagamos y este fue nuestro ticket:
El camino aunque fácil se hace duro por la altura y el frío aunque siempre hay llamas y alpacas que lo amenizan. Además las imponentes montañas como el Condoriri rodean la laguna. El nevado Condoriri tiene 5648 m de altitud y en su parte central lo conforman tres picos que se asemejan a un cóndor con las alas extendidas. Aunque cuando nos acercamos para verlo de cerca el Condoriri se escondió entre las nubes (solo asomaba una de sus “alas”), al final de nuestra jornada se dejó ver entero desde lo lejos.
Tuvimos la suerte de encontrar una explanada de hierba autóctona para descansar cerca de otra laguna y con vistas al Waynna Potosí.
Por fin, a lo lejos vimos el Condoriri, con sus alas extendidas a los lados y la cabeza del cóndor nevada en el centro.
El otro gigante de la zona, el famoso Huayna Potosi (en aymara “Cerro Joven”) asomándose 6090 m más cerca del cielo.
A la mañana siguiente nos despertaron el frío y la nieve. Hay que ver cómo aguantan los indígenas con su ropa de llama ese frío! Nosotros nos fuimos volando hacia La Paz. Repetimos la experiencia del aeropuerto que tanto nos había gustado y nos quedamos en el del El Alto/La Paz. Coincidió que al día siguiente de nuestra llegada era el mercado de El Alto, famoso por ser el más grande y completo de Bolivia. Allí puede encontrarse de TO-DO, desde brujería hasta un 4×4 último modelo. Neumáticos? Pañales? Comida típica? Ropa de segunda mano? Allí hay hasta lo inimaginable. Es como una megamiacelánea o macrobazar chino. Todo un show desplegado por decenas de calles en lo que se convierte un laberinto indescifrable sin ayuda local o un mapa.
Nos gustó mucho pero lo que más eclipsó nuestra estancia fue el teleférico que construyeron para unir las ciudades de El Alto y La Paz. Bajar desde El Alto y ver cómo se extendía la gran capital boliviana a los pies de las montañas nevadas del altiplano fue grandioso. Además de poder ver a vista de halcón lindos barrios coloridos.
Ni cuando llueve se quitan el sombrero las cholitas!
Nos divertimos paseando por La Paz, disfrutando del mercado de brujería y sus paisajes coloniales y modernos.
Otra de las cosas únicas que pueden encontrarse en Bolivia son las zebras en las calles. ¿Bolivia tiene zebras? Se preguntará más de uno, pero es que no nos referimos al animal en sí, ni a los simples pasos para cruzar las calles. Hablamos de las maravillosas zebras de Bolivia, que no son más que unas personas con disfraz de zebra pero con una bonita historia detrás. Hace unos años, y como parte de una campaña de educación cívica, contrataron a personas para que se vistiesen de zebra y animasen a cruzar por el paso de zebra. Pareciera una medida de lo más simple, pero el impacto que tuvo fue grandísimo, creemos que por varios motivos. Uno, porque las personas contratadas estaban en proceso de rehabilitación o reinserción social, y eso las ayudaba no solo a integrarse sino que el anonimato del disfraz les daba seguridad; de hecho nunca se lo quitan. Dos, la gente comenzó a adorar a las zebras, que transmitían su buena energía con bailes y abrazos. Se han convertido en todo un símbolo en todo el país. Ahora son casi imprescindibles en todos los eventos. Nosotros fuimos a una feria gastronomíca en La Paz y allí vimos a las zebras animando los bailes y a la gente. No pudimos evitar hacernos una selfie con ellas.


Nos hospedamos un par de noches en un camping (Las Lomas) muy acogedor que también hace de taller y rescate para los cientos de overlanders que pasan por allí. Ahí conocimos otros viajeros de Suiza, Australia, Suecia, Italia… era como la ONU de los overlanders. Marcos y su familia son unos excelentes anfitriones. Él es experto en mecánica y disfruta ayudando a los viajeros sin cobrarles nada más que una conversación (a parte de la tarifa del camping). Aprovechamos para poner a punto nuestra casita: limpiar filtros, echar aceite y llenar el gas (por fin estrenamos el adaptador, oh yeah!). Además Marcos nos hizo un apaño para arreglar un hueco que tenía la furguita por culpa de tanto ripio.
La ultima noche en el camping fue algo accidentada para Veronica. Aunque había permanecido invicta a la diarrea, los parásitos que colonizaban la empanada que compró el día anterior en frente de la carcel más peligrosa de Bolivia se hicieron notar. 🤦🏻♀️… hay que ser poco precavido para comer en esa zona… además, la carcel de San Pedro tiene historia propia. Es la única carcel “autogestionada” por los propios presos, y en la que tienen que pagar alquiler o incluso comprar su celda. En el interior hay familias que viven juntas, y hasta llegaron a tener un colegio para los hijos de los presos. Lo que ocurre de puertas para adentro allí se queda. Antes los turistas podían visitarla, y había gente que llegó a vivir meses dentro solamente por ocio. Parece mentira, pero la realidad supera a la ficción.
Con la camioneta puesta a punto volvimos a la ruta, rumbo a Cochabamba y con miras a Brasil. 🇧🇷🔜









































































Sigo maravillado con sus crónicas de viaje. No solo tendran historias para contar el resto de sus vidas, sino que bien podrían escribir un libro…Un abrazo enorme a los dos