Después de salir anonadados de nuestra experiencia del salar pusimos rumbo a la siguiente ciudad: Potosí.
Las carreteras de Bolivia son–como todo allí – de extremos. Las hay recién hechas asfaltadas y en perfecto estado o destruidas y desafiando la vida misma. Las del altiplano están bastante bien, pero eso no impidió que nos quedáramos atascados en la arena al acercarnos demasiado a un río a las afueras de la ruta. 🤦🏾♂️
Por suerte (y después de mucho cavar) conseguimos salir por nuestra cuenta. No nos queremos imaginar lo que nos hubiera costado salir de ahí el día nacional de Bolivia… (uff!)
Las marcas de nuestra enterrada y desenterrada (al día siguiente, claro)
Ellas eran las únicas que nos hubieran podido ayudar si no conseguíamos desenterrar nuestra casita…
Finalmente pudimos disfrutar de los lindos paisajes (y las llamas) en la carretera entre Uyuni y Potosí.
Seguimos la ruta y llegamos a la colonial ciudad de Potosí, una de las ciudades mas altas del mundo a 4067m. El dicho vale un potosi viene de ahí, y hace referencia a la explotación minera de la zona. La ciudad se extiende a los pies de la montaña llamada Cerro Rico (en quechua “Sumaj Orcko”) en la cual estaba la mina de plata más grande del mundo en los siglos XVI y XVII. En monedas y lingotes, en caravanas de mulas, llamas y flotas de galeones, los españoles sacaron más de 35.000 toneladas de plata del Cerro Rico entre 1545 y 1825. Se estima que aún quedan mas de 1200 millones de toneladas de minerales, principalmente plata. Por eso la minería sigue siendo la principal actividad económica de la región.
De hecho, uno de los atractivos turísticos de la ciudad es ver de cerca la explotación minera actual. Si se pagan unos 30-40€ (un dineral en Bolivia, casi el 10% del salario mínimo mensual), por persona, se puede entrar a una mina donde se vive en primera persona la claustrofobia y la cruda y dura realidad del día a día de los mineros. Estos hombres suelen trabajar más de 12h al día, gracias a la coca que rellena sus cachetes 24/7, y siguen usando las inseguras técnicas antiguas de explotación con dinamita. Fuera de la mina se los ve casi siempre ebrios, con su etanol 95%, intentando sostener un hogar con esposa e hijos en condiciones de pobreza casi extrema. Justo cuando estuvimos allí, hubo dos feminicidios de mujeres que en ausencia de los mineros cuidan de las casas, las herramientas y las ganancias del trabajo.
Alrededor es un barrio peligroso donde se tienen que defender con la misma dinamita con la que trabajan, sin apoyo del gobierno local… Es una realidad muy dura. Por todo esto no quisimos ir a las minas. Aunque vivimos y conocimos la realidad actual bastante cerca. Es un poco triste que lo conviertan en una atracción turística… aunque de alguna forma ese dinero se supone que les llegará y ayudará.
Dimos una vuelta por la ciudad y disfrutamos de la comida local en el mercado central. Otra de las cosas maravillosas de Bolivia es que es el país de las sopas. Todos los menús del día incluyen una sopa de 1er plato y en la calle se puede conseguir en cualquier lugar y a casi cualquier hora una suculenta y contundente sopa por menos de 1€. Nuestra preferida fue la sopa de maní, una de las alternativas vegetarianas/veganas en ese país de carnívoros donde se comen hasta las llamas 😢 (no fuimos capaces de probar el famoso charkecan).
Ese es el Tío, un dios/demonio venerado por los mineros. Es el dios del inframundo del Cerro Rico, ofrece protección a los mineros pero destruye a quienes no le hacen ofrendas (básicamente vicio: tabaco, alcohol o coca).
En el fondo el Cerro Rico, y a sus pies la humilde pero colorida ciudad de Potosí.
También aprovechamos para conocer los bonitos paisajes de alrededor.
Subimos a las lagunas artificiales de Kari Kari que se construyeron entre 1574 y 1621 para funcionar como un sistema hidráulico y alimentar así un acueducto a lo largo de 15 km sobre la ribera de los ingenios mineros. Fueron creadas con tecnología inca y se encuentran entre 4500 y 5025 m (tremenda obra de ingeniería para el siglo XVI). Tal fue el soroche que nos dio, que tuvimos que bajar pitando a los 4100 m a los que está la ciudad.
Algo más agradable fue nuestra visita a la laguna volcánica del Ojo del Inca. Conocida por haber sido el lugar de descanso del inca Huayna Capaj. Sus aguas termales medicinales a 34ºC y piscinas naturales en medio del altiplano bien merecen una visita. Sin querer fueron pasando los días, los baños nocturnos termales bajo las estrellas no invitaban precisamente a irse del lugar.
Además, Freddy y su familia que cuidaban del lugar resultaron de lo más amables. Nos contaron cómo en el periodo que ellos no estuvieron se ahogaron varios turistas en la laguna sagrada, y por eso volvieron a llevarlos a cuidar del lugar. Ellos a cambio sólo recibían las propinas que les dejaba la gente que visitaba la laguna. Entre charla y charla nos contaron cómo al no saber inglés muchas veces no podían explicarles bien su labor a los extranjeros que pasaban por allí. Por eso les ayudamos a transcribir en inglés una carta que pudieran mostrar a los visitantes. Quedaron tan encantados que casi no nos dejan irnos.
En los días que allí pasamos nos íbamos empapando más de la cultura boliviana. Y es que nos dimos cuenta de que es tradición ir los domingos a lavar la ropa a las calientes aguas volcánicas/ríos .. a la antigua usanza. A mano y utilizando todo el día para lavar la ropa de la semana. Todo un plan familiar con asado incluido por supuesto.
Aunque el tiempo que pasamos allí nos ayudó a iniciar nuevos proyectos, la hora de irnos llegó cuando amablemente en Potosí unos policías nos invitaron a irnos con la excusa de que mataban turistas en la zona donde pernoctábamos (un tranquilo barrio rural de las afueras, junto a una escuela donde habíamos pasado 2 tranquilas noches). Mentira o realidad 🤷🏾♂️ ? quién sabe, el caso es que entendimos el mensaje y nos movimos hacía otro lugar donde fuéramos bienvenidos. Y tuvimos suerte , ya que en nuestra ruta dimos con un paraje maravilloso en el que abundaban las llamas y la tranquilidad de la montaña.
Así pues llegamos a Sucre, mucho más agradable en cuanto a clima y altitud que las ciudades previas. Es la actual capital constitucional de Bolivia.
Esta ciudad tan turística no se le parece al resto del país, y es que es limpia, blanca y ordenada. Ni rastro casi de basura ni casas de adobe o pobreza extrema. Visitamos su centro histórico, un mirador y el cementerio; que nos gustaron pero no nos sorprendieron. Una ciudad colonial típica podría decirse, pero con un faro a lo torre Eiffel en uno de sus parques y un mercado con unos jugos y comida exquisitos.
Tuvimos que quedarnos algo más de tiempo para alargar nuestro visado. Bolivia es el único país de Sudamérica que solo da 1 mes de permanencia a la entrada a los turistas. Luego puede prorrogarse dos veces más por un mes (en vez de darnos los 90 días desde el principio como en el resto de países) … así que nos tocó invertir un día en ir a inmigración a gestionar el temita.
Ya deseando seguir hacia La Paz paramos en Oruro. Conocido y animado durante el carnaval de febrero, pero un auténtico aburrimiento en agosto. Allí descubrimos el mejor chollo boliviano (para descansar tranquilos por las noches en las ciudades): los aeropuertos. Son pequeños pero modernos, y es que allí se puede aparcar y utilizar todos los servicios del lugar gratuitamente el tiempo que desees. Eso nos ayudó a descansar y a arreglar otro problema que tuvimos al perder nuestras tarjetas de débito prepago en algún lugar de bolivia 🤷🏾♂️.
Agradecidos de haber sido tan bien acogidos en Oruro nos quedamos algo más de lo planeado antes de dirigirnos al enorme lago Titicaca, el siguiente atractivo indispensable en tierras bolivianas. Aunque el camino no fue fácil, nos tocó aguantar la falta de agua y oxígeno en carreteras de montaña serpenteantes. Pasamos por pueblos más bien pobres pero con una riqueza cultural y natural únicas. Aquí os dejamos (hasta el siguiente post) unas instantáneas del árido altiplano:






























































