Lima: la ciudad menos peruana del Perú

El recorrido hasta la capital gastronómica del mundo fue más bien aburrido: la rígida y desértica carretera panamericana se ensancha y hay poco para ver en el camino, así que con una velocidad media de 110 km/h (es el lujo de no ir en kombi 😏) llegamos bastante rápido. Durante todo el trayecto el paisaje es el mismo, a un lado el desierto, y al otro playas y balnearios semi- o hiperexplotados donde los limeños suelen ir de vacaciones, o sea que no paramos en ninguno.

Llegar a Lima fue como bajarse de un avión después de haber recorrido miles de kilómetros y atravesar varios países. De repente estábamos en una urbe moderna, con rascacielos y grandes avenidas, Uber, Cabify, Rapi, y todas esas cosas “imprescindibles” que ahora no faltan en ninguna capital del mundo. Todo muy diferente y lejos del verdadero e indígena Perú. Lo primero que pensamos fue: esto no es Perú.

La ciudad—caótica como cualquier megalópolis latinoamericana— es bonita y tiene varios atractivos. 

Lo mejor para visitar el centro histórico es dejar el coche a un lado. La conducción agresiva y densa de la capital no invitan precisamente a disfrutar de las vistas a bordo de un vehículo. Una vez dejamos aparcado y vigilado nuestro hogar rodante nos dirigimos en Uber—claro que sí—al centro de la capital histórica.

Aunque en teoría Lima era originariamente la zona centro de la ciudad, poco a poco se fue expandiendo hacia las localidades periféricas como Callao. Actualmente conforman una gran unidad que es la metrópolis de Lima, con más de 10 millones de habitantes, pero cada área mantiene su personalidad característica. 

La zona centro emana historia y legado colonial. En todas sus calles y plazas pueden apreciarse los típicos balcones limeños erigidos en la época republicana. 

Lima
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Su colorida plaza mayor, fundada en el siglo XVI por el conquistador Pizarro, ha sido testigo de grandes hechos históricos, desde ejecuciones de la santa inquisición hasta la declaración de la independencia del Perú en 1821. 

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Alejandro, a pesar de los movimientos intestinales aumentados que presentaba (el detalle viene más adelante 💩) no se aguantó a probar y disfrutar de los famosos churros rellenos limeños. Churro en mano nos dirigimos a otra de las plazas míticas que tiene una divertida historia. La plaza de San Martín, en honor al libertador del mismo nombre que ayudó a independizar al Perú—entre otros países—, tiene una gran estatua del general en el centro de la plaza. La estatua de bronce donde se representa al héroe surcando los Andes a caballo, tiene a sus pies una base de granito con una estatua femenina. Cuando salió a concurso la ejecución de la obra, se definió que esta estatua femenina debía llevar una corona de llamas en la cabeza. La originalidad del autor fue colocarle una pequeña llama (🦙 en lugar de 🔥) en la cabeza. Su genialidad entre otras cosas le valió la adjudicación de tamaña obra, que fue muy polémica para su época (1921, en honor al centenario de la liberación del pueblo peruano). Tal vez la historia sirvió de inspiración para este divertido anuncio publicitario.

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Siempre apetece una siestita a la sombra
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Posado frente de la famosa llamita
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En una ciudad donde el mayor reclamo turístico es la gastronomía, no quisimos dedicarle mucho más tiempo a caminar bajo el sofocante calor. Y antes de que culminara la diarrea explosiva que Alejandro alojaba en su interior, pudimos acercarnos a degustar la comida local en uno de los barrios más chic de la ciudad (más adelante la historia de los locales). De hecho, el barrio de Barranco fue el barrio en el que nos alojaríamos durante nuestra estancia en la capital. 

Barranco fue construido desde el inicio para la burguesía europea. Sus habitantes aún de clase media–alta construyeron grandes mansiones al más puro estilo europeo del siglo XIX. Hoy en día permanecen esas mansiones, pero su uso se ha modernizado y ahora alojan locales, museos, hostales, etc. De hecho, este es uno de los barrios más tranquilos, bohemios y gourmet de la ciudad. También nos acercamos al museo Mario Testino de fotografía emplazado en uno de estos edificios rehabilitados.

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El puente de los suspiros y las coloridas casas de Barranco
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Siguiendo las valiosas recomendaciones locales (¡gracias Diegogui!) nos acercamos a varios locales donde nos deleitamos con su variada—y algo cara—gastronomía, y paseamos por los coloridos y grafiteados edificios del barrio. Uno de sus principales atractivos, el puente de los suspiros, fue construido para unir dos zonas que separaba una quebrada. Antaño los pescadores bajaban hasta la costa por el pequeño riachuelo. Hoy en día es precisamente en torno a éste histórico puente, que sobrevivió a varios terremotos e invasiones, donde se encuentran los principales atractivos.

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Bajando por la antigua quebrada (ahora seca y rodeada de bares, restaurantes y tiendas) se llega a otra de las zonas más bonitas y emblemáticas de la ciudad, el paseo costero. El paisaje es abrumador al llegar a la costa. La ciudad se eleva a lo alto de un precipicio, con sus enormes rascacielos encima de los farallones y mirando desde lo alto las playas repletas de limeños intentando calmar el calor o disfrutar de los “deportes” playeros. Para nuestra sorpresa, además de darse un chapuzón, se pueden practicar deportes de aventura como el parapente. Un paisaje único. Merece la pena pasear y deleitarse la vista con esta inusual y ecléctica fusión entre la metrópoli y el salvaje mar. 

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El barrio de Miraflores, pegado al anterior, con imponentes vistas al mar y grandes espacios verdes, es el preferido por turistas y locales. Construido para la clase alta y extranjeros, goza de varios atractivos. Además de su paseo marítimo y playas, cuenta con un parque central animado y repleto de animales felinos 😺. Allí campan a sus anchas los pequeños animales rescatados junto con los cientos de personas que se congregan al atardecer, para practicar coreografías al son de pop japonés, retarse en improvisadas batallas de rap, o simplemente tomarse un helado y charlar. 

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Las otras zonas del barrio, a parte de las plazas y áreas verdes pegadas al mar, no alojan nada de particular belleza. Más bien tiendas con productos de exportación y grandes rascacielos empresariales. 

Antes de nuestra llegada habíamos investigado dónde poder pernoctar en medio de esta gran ciudad. Habíamos leído que dos barrios turísticos tenían calles tranquilas en donde aparcar durante el día, así que nos dimos una vuelta por Miraflores y Barranco. En este último—entre casas de gente adinerada, residencias de embajadores, vigilancia privada en cada cuadra, restaurantes y hoteles de lujo—, encontramos una calle muy tranquila donde estacionar debajo de un árbol que nos protegía bajo su sombra del implacable sol ardiente que azotaba la ciudad a diario. Por pura casualidad, justo al frente había un hostal, así que decidimos preguntar a ver cuánto costaba. Investigamos simultáneamente para conocer los precios en la ciudad y la zona, y ese hostal estaba bastante bien de precio. Las instalaciones eran correctas y limpias, y hasta incluía desayuno (nada del otro mundo por supuesto, pero un cafecito con pan y un jugo natural le hacen la mañana a cualquier turista low-cost). Lo malo de este hostal eran las habitaciones y las camas. Obviamente el precio más bajo era en la habitación compartida con más camas, con 8 camarotes que tuvieron que meter con aceite en una estrecha habitación aprovechando hasta el último nanómetro, para albergar a 16 desafortunados viajeros en un lugar que tenía una escalofriante similitud a los campos de concentración nazis. El único ventilador que habían instalado en el cuarto era más placebo que otra cosa, y para hacerlo aún más apetecible, las camas (no tan cómodas) tenían mantas térmicas para sumar un par de grados más a los 35ºC de media que marcaba el mercurio en la ciudad.

Por supuesto que tomamos esa habitación, por la módica suma de 20 soles por persona (unos 4 €) aceptamos sin titubear esa oferta. Evidentemente no dormimos en las camas de estilo Osvecimiano, sino que pagamos por el desayuno, los baños y una ducha diaria (lujos que hacía tiempo no teníamos), pero dormíamos cómodamente en nuestra camita rodante refrescada en la sombra de un árbol enfrente.

El baño sería el coprotagonista de nuestra estancia en Lima (menos mal decidimos coger el hostal) a partir del segundo día, en el que Alejandro sería el primero en recibir la visita de Eschercita, pues se cumplían las 2 semanas de incubación de la señorita Coli, que se había camuflado con éxito en ese delicioso pero explosivo ceviche que compramos en el puerto pesquero de Pisco [Link blog]. Así pues, pasamos de nómadas andantes a estar sentados el mayor porcentaje de tiempo de todo el viaje. En el hostal todos hablaban de cómo había sido su encuentro inevitable con Eschercita, y hasta intercambiaban consejos para esquivar más episodios de diarrea. Por fortuna, y gracias a la ciencia moderna, unas cuantas píldoras y 2 días después ya estabamos como si nada (Verónica también fue víctima, pero unos días después y con menos síntomas que Alejandro) .

Como esa “incompostura del viajero” no pudo opacar nuestra visita limeña, aprovechamos para deleitarnos con la gastronomía local, famosa en el mundo entero. El mejor para nosotros: el Canta Rana, uno de los huariques más populares de Lima (tómense unos minutos para googlear huarique, leigan e instruigasen). El mejor ceviche que habíamos probado, con un delicioso Pisco sour, y lo mejor de todo: sin gérmenes.

Lima
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Como ya sabrán todos nuestros fieles y fervientes lectores, la gastronomía peruana además de ser una de las más variadas del mundo nos dejó grandes momentos a lo largo de nuestro viaje (las picanterías arequipeñas, las chifas, las chichas, los piscos etc.). Varía mucho según las zona y los ingredientes autóctonos disponibles, pero en Lima se junta todo. En el pequeño plato de ceviche se mezclan elegante y sutilmente las delicias de todas las partes de Perú y de todos los momentos históricos. Se sienten el legado de la migración japonesa/europea, el sabor costeño, el andino y el tropical en un mismo bocado.

Los locales (barras cevicheras, huariques, bodegones…) incluyen desde elegantes restaurantes hasta improvisadas barras de ceviche para armar el plato al gusto.

Nuestra visita no solo era turística, ya que teníamos que llenar nuestros cilindros de gas que se habían quedado vacíos. Recorrimos varios barrios no tan bonitos de la capital, algo más cerca de la realidad del país, pero algunos con un aire de inseguridad que invitaba a no quedarse más de lo estrictamente necesario. Después de varios ensayos y errores, finalmente encontramos un lugar donde nos llenarían el gas.

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En una de las muchas ferreterías que visitamos estaba este peludo habitante así de bien acomodado

Esa hazaña marcaría la hora de dejar la capital peruana. Con nuestra casa recargada de víveres y combustibles nos alistábamos para nuestra siguiente aventura: la primera parte de la sierra peruana de los Andes.

1 comentario

  1. Siento decirlo, pero he sonreído con la historia del hostal😉, tuvisteis una gran idea que os salió muy bien!!!

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