Seguimos en las áridas tierras de la costa del sur del Perú, y después de la mediocre experiencia turística de Huacachina, nos esperaba la sorpresa de la costa: la reserva nacional de Paracas.
En quechua Paracas significa “lluvia de arena”, un nombre muy acertado que ilustra la característica principal de esta zona. Ese es el nombre también de la civilización precolombina que habitó la península homónima entre los años 700 a. C. y 200 d. C. Aunque la cultura paracas es conocida por los mantos o tejidos hallados en sus momias, nosotros solo nos deleitamos con la riqueza del paisaje y la naturaleza (ya que los restos arqueológicos están en un museo de Lima, y ya era hora de disfrutar de la playa).
Como muchas cosas en el Perú—y en todo el continente—, Paracas tiene su lado bueno, malo, y feo. Lo bueno es la riqueza natural que alberga en sus más de 3000 km2 de superficie, protegiendo a la fauna y flora únicas de la región desde 1975. Este lugar es el hábitat de una gran cantidad de especies como el pingüino de Humboldt, tortugas, delfines, lobos marinos y una infinidad de aves (algunas migratorias)—con algunas de estas especies en riesgo de extinción. Incluso tuvimos la suerte de ver algunos delfines salvajes que se asomaron curiosos a una playa.
Lo malo es que, aunque es una reserva y zona protegida, está abierta al turismo y la explotación ‘a lo peruano’ no es muy respetuosa. Los fines de semana se llena de visitantes, con sus plásticos, su basura, y su necesidad de comprar y consumir hasta en un lugar natural como este. A esto se le suma la ausencia de control, lo cual permite a cualquiera meterse con el carro hasta la orilla del mar sin pensar en el daño que están haciendo.
Lo feo, y francamente lo peor de todo, es la explotación minera que existe en medio del parque. Sí, una reserva nacional y zona protegida que comparte el territorio con la explotación minera industrial y masiva. La única carretera que conduce (y rodea) el parque está siempre repleta de camiones que transportan los minerales que sacan de la zona las 24 horas del día (sin exagerar). Esa es la triste realidad: el progreso y desarrollo económico del país está por encima de la protección del ecosistema del que precisamente dependemos.
A pesar de todo esto, pudimos disfrutar con respeto de este maravilloso lugar. La verdad es que teniendo en cuenta la cantidad de gente que lo visita, sorprende lo bien conservado que está. El parque está divido en varias zonas, y solo algunas están “abiertas” al turismo (aunque si hay un esbozo de camino, la gente se mete por donde le apetece, como en cualquier desierto latinoamericano).
Primero nos acercamos a las principales playas, que por supuesto estaban llenas de gente (mala suerte, estaban en plenas vacaciones), así que solo nos quedamos un rato. Después de recorrer la zona más cercana del parque nos aventuramos a la zona más alejada, donde había menos gente. Las vistas del mar y el paisaje son increíbles, y como siempre en el pacífico el espectáculo de colores al caer el sol es inigualable.
Uno de los lugares destacados es la famosa Catedral, el símbolo del parque. Esta imponente formación rocosa formada por la erosión del viento y el mar fue declarada patrimonio natural por la UNESCO. Tristemente en el 2007 su estructura fue alterada por un terremoto de magnitud 7.9/10, así que hoy en día quedan solo las ruinas de la catedral, no menos bonitas por supuesto.
Otro de los lugares emblemáticos del parque es la playa roja, que debe su particular color a una roca formada por el magma solidificado. Algo único en el mundo, por esto la playa hoy en día se encuentra protegida y no está permitido pisarla o bañarse en ella. Pero sí se puede fotografiarla hasta el cansancio (si hubiera que usar cámaras de rollos como antaño, sería la parte más costosa del viaje).
Después de esos hermosos lugares ya era hora de buscar un sitio donde dormir. Elegimos una de las tres playas donde estaba permitido acampar, la más grande y alejada para poder estar a solas con el mar y disfrutar de ese paraje.
Nos gustó tanto el lugar que decidimos pasar dos noches allí. Tras la primera noche, nos bañamos y gozamos de la playa para luego visitar la zona sur del parque, la más alejada donde no había casi gente. En esta zona no estaba permitido dormir, así que hicimos unas fotos, y regresamos a la misma playa para descansar.
Antes de irnos del parque visitamos el pequeño museo que había en la entrada. Este también nos sorprendió por lo bien seleccionado y completo que estaba. Una visita muy informativa y enriquecedora para todas las edades.
Al lado de la reserva se encuentra el pueblo de Paracas, una pequeña población que vive exclusivamente del turismo, así que no tiene nada especial para ofrecer más que precios inflados y diversas opciones de pago para “disfrutar” del lugar. Desde allí salen las lanchas que van a las islas conocidas como “las Galápagos de los pobres”. Dos horas asardinados en una lancha para ver de lejos unos pocos lobos marinos y pelícanos: no, gracias.
En búsqueda de un lugar tranquilo para descansar aprovechamos una de las instalaciones turísticas que explotan las playas. En la zona más al sur del pueblo están las propiedades más lujosas, un resort del Hilton, y un estacionamiento amplio y silencioso para nosotros. Aparcamos al frente de un hotel especializado en windsurf, aunque no alquilamos ni hicimos clases (no era barato), si aprovechamos su bar para deleitarnos con un Pisco sour: el coctel de portada del Perú. De hecho, el pueblo que le da nombre al licor era nuestra siguiente parada.
Pisco esta a unos pocos kilómetros de Paracas, y ese sí es un pueblo de verdad. Allí había un supermercado y una lavandería (ya era hora de lavar las sábanas), así que ya teníamos varios motivos para ir. En realidad, no hay muchos más. Lo único “bonito” de Pisco es el puerto pesquero, que aún conserva ese aire autentico de los pescadores tradicionales que viven de los frutos que les da el mar. Aprovechamos un atardecer más para hacer fotos en compañía de los habitantes locales: los pelícanos.
Aunque en Pisco no había mucho que hacer ni ver, nos llevamos varias historias de allí. Nada más llegar, intentaron hacernos una conocida estafa de la que varios viajeros motorizados habían sido victimas (por suerte ya habíamos leído al respecto). El engaño es que te intentan parar unos hombres en la calle alertándote de un supuesto problema en una de las llantas delanteras. Al detenerte se acercan y te informan del daño, evidente para ellos que son expertos mecánicos, y que por suerte tienen un taller a la vuelta de la esquina y están dispuestos a solucionar el grave y potencialmente peligroso daño. Una vez te convencen de acercarte al taller, suben el carro a una grúa y le quitan uno de los amortiguadores delanteros. Te enseñan uno roto mientras pintan y envuelven en plástico el que acaban de quitar. Te lo ofrecen a un precio especial y te lo vuelven a poner. El turista gringo se va contento de haber resuelto un problema a bajo precio y haber evitado un accidente; mientras, los timadores se reparten el dinero y esperan a la siguiente víctima. Al oír los gritos de varios hombres en la calle “¡la llanta! la llanta cuidado!”, supimos inmediatamente que se trataba del famoso truco, así que les regalamos un saludo 🖕🏽 y seguimos.
La siguiente historia fue en la farmacia del supermercado donde la cajera que nos atendió nos entregó las vueltas después de pagar junto con un par de curitas/tiritas. “Me diste mal las vueltas”, le dije al ver que faltaban un par de soles. “Es que no tengo monedas, por eso le di un par de curitas”. Y así fue la primera vez que nos dieron el vuelto con curitas.
La última historia de Pisco no alcanzó su zénit hasta que llegamos a Lima unos cuantos días de incubación después, pero empieza por un delicioso y peligroso ceviche que compramos frente al puerto en un local de dudosa higiene…
Como Pisco es tan urbanizado y caótico, decidimos volver a dormir a Paracas, valía la pena los 15 minutos de conducir por la rectilínea carretera asfaltada.
El ultimo lugar que visitamos en la costa antes de dirigirnos a la capital fue un oasis de verdad: el oasis de Morón (o la laguna Morón). A tan solo 20 km de Pisco se esconde este casi secreto y paradisiaco lugar. Una pequeña laguna natural en medio de dunas desérticas. Para llegar allí solo hay que llegar al pueblo de Bernales por la carretera asfaltada, y luego tomar un pequeño camino de tierra que se mete en el desierto. Se llega a un aparcamiento de piedras donde por suerte no hay nada más (por lo menos hasta ahora… pero seguro que dentro de poco montarán carpas o chiringuitos). Hay que caminar un poco sobre las dunas de arena ardiente, pero el esfuerzo vale la pena (consejo: si van, mejor llevar calzado cerrado donde no entre la lava hecha polvo a los pies 🔥). Nos acercamos a un pequeño quiosco rústico hecho de paja, donde vive el hombre que vigila este bonito lugar. Él nos contó un poco sobre la historia del lugar, en especial cómo la comunidad local (liderada por él mismo) ha defendido el territorio, y ha evitado que los magnates hambrientos de dinero y de suelo que explotar les arrebaten sus tierras y acaben con esta belleza de la naturaleza. La laguna se alimenta de las aguas subterráneas que provienen de las partes altas de la sierra no tan lejana, así que el agua es muy refrescante.
Nos dimos un exquisito baño con el privilegio de tener el oasis para nosotros solos, así que lo disfrutamos y nos despedimos de un lugar único que antes era secreto, pero ahora se llena de viajeros (gracias Instagram) y buses turísticos cada vez más grandes, así que pronto dejará de ser tan especial.
Nos dirigíamos hacia Lima, ahora con un poco de prisa por que se nos había acabado el gas. Intentamos parar en varios lugares en el camino para rellenar nuestros cilindros de gas, pero no tuvimos suerte. No nos quedaba más remedio que ir directo a la capital.
Así nos despedimos de la increíble costa pacífica peruana. A continuación, la visita a la capital gastronómica del mundo (y la esperada historia de la diarrea por el p*to ceviche de Pisco).























































