De la sierra al mar: Ayacucho, las misteriosas líneas de Nazca y el oasis de Huacachina

Después de la esperada visita a Machu Picchu, decidimos poner rumbo al mar. Hasta ahora, íbamos bien con nuestro programa, cumpliendo a rajatabla los trayectos y días de los que gozábamos. Pero pronto las carreteras peruanas nos echarían una dura contienda…
Desde la famosa llaqta tuvimos que retroceder por el mismo camino montañoso y selvático, casi hasta Ollantaytambo (donde terminamos nuestro recorrido del Valle Sagrado). De allí seguimos hacia la región del altiplano central, pues una de nuestras paradas en el camino a la costa eran las famosas piscinas de agua turquesa.

Decidimos saltarnos la visita a la laguna Humantay (cordillera Salkantay), mas que nada para no defraudarnos. La hiperexplotación turística es tal que estábamos seguros de que nos defraudaría. Preferimos quedarnos con las lagunas que ya habíamos visto (además nos quedaba toda la Cordillera Blanca por conocer)—al final casi nos hartaríamos de ver lagunas andinas de alta montaña. Sabíamos que tanto los tours como los habitantes locales explotaban sin control a la gente, pidiendo dinero a todo el que fuera extranjero. Una vez más la triste realidad de la falta de control sobre el turismo en el Perú nos disuadió de visitar este lugar.

Por suerte, el camino que teníamos por delante era igualmente hermoso. Nos adentramos en una de las regiones más remotas y vírgenes del país, Ayacucho. La mayor parte de la década de 1980 y 1990 la entrada a la región estuvo prohibida para los viajeros por los disturbios terroristas que azotaron la zona. Es por esta misma particularidad que la zona ha sido difícil de explorar y se ha mantenido bien conservada y con tradiciones arraigadas.
Aunque las infraestructuras han mejorado, el camino sigue siendo un desafío, con escalofriantes puertos de montaña. En nuestro trayecto por el altiplano subíamos y bajábamos sin parar las laderas andinas, por carreteras que serpenteaban entre pueblos campesinos. La agricultura sigue siendo el principal pilar económico de esta zona, sobre todo la agricultura “directa”. Directa de la huerta a la carretera o placita donde venden sus choclos, verduras o ricas chichas artesanales. ¿Control sanitario? ¿Para qué? Si es delicioso y además inmuniza…

ayacucho a nazca

Pasamos una plácida noche a lo alto del cañón del rio Apurimac. Llegar hasta allí no fue fácil. Nos equivocamos de camino y acabamos metidos en un puente estrecho y artesanal (hecho de 4 troncos mal puestos). Nos paramos delante del puente dubitativos, ante lo cual apareció un local que nos dijo que pasáramos tranquilos, nosotros preguntamos «¿seguro que pasa la furgoneta, no se caerá?» Y dijo: “¡pasa, pasa! [que yo me quedo aquí por si acaso]”—el hombre se quedó inmóvil con los ojos clavados en nosotros, como si estuviera esperando a ver un edificio derrumbarse… seguridad ante todo, claro que sí. Por suerte pasamos y pudimos dar la vuelta para llegar al mirador del cañón y descansar tras un largo día de viaje. Uff…

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A la mañana siguiente seguimos recorriendo los autóctonos pueblos, entre las miradas desconfiadas de los locales. Al ser una zona que no habitúa a recibir turistas, se han mantenido prácticamente sin contacto con el exterior. En esta zona tomó fuerza el grupo terrorista Sendero Luminoso, quien luchó desde los años ochenta “por un país no burgués, marxista y comunista”. Hoy en día sus lideres están encarcelados y el grupo disuelto tras varios atentados y asesinatos a sangre fría.

Nos acercamos a visitar unos petroglifos cercanos y descansamos junto al rio tras pasear entre las piedras y resquicios olvidados de la cultura Huari, que precedió medio milenio a la de los incas.

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Tras varios días de conducción entre pueblos remotos que celebraban el carnaval de febrero, parecía que nos íbamos acercando a nuestro destino. En varias ocasiones nos quedamos atrapados en pequeñas localidades sin poder encontrar el camino a seguir, con el GPS volviéndose loco, dando vueltas en bucle. Preguntando por la ruta a seguir conseguíamos hallar la carretera. Como es costumbre en el Perú, las carreteras no registradas superan a las que sí lo están.

Llegamos a Cangallo, la última “gran” localidad antes de las famosas aguas turquesas. De ahí seguimos conduciendo hasta el inicio del sendero. Al llegar a la entrada, el líder de la comunidad que allí estaba (con la cuerdita reglamentaria cortando el camino) nos dijo: “ahora el agua esta turbia por ser época de lluvias, hasta abril no se ven las aguas turquesas como tal”. Nos quedamos fríos ante esa información, dado que habíamos conducido muchos días para visitar los pozos naturales de color turquesa. Ya que habíamos llegado hasta allí decidimos visitar las aguas no-turquesas, las cascadas, el cañón y las decenas de criaderos de trucha que hay por el camino, y que ofrecen comida fresca a los turistas en época seca. Cuando nosotros llegamos estaban todos cerrados a cal y canto, solo se veía algún criador de trucha solitario alimentando a los animales. Subimos hasta la cascada principal, a la que llegamos jadeantes por la altura. Tras varios escalones de sufrimiento, pudimos apreciar solo por unos instantes la cascada antes de que el diluvio universal nos obligará a correr de vuelta a la furgoneta.

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Aunque para nosotros el viaje y la experiencia única merecieron la pena, hubiera sido chévere haber podido ver las benditas aguas turquesas. Descansamos junto al río en el animado pueblo de Cangallo, un pueblo con 4 calles, pero cuando les preguntamos a los locales donde conseguir pan nos dijeron “uy, eso te toca ir hasta el centro”. Comimos un arroz chaufa —delicioso arroz fusión chino-peruano que no falta en ningún lado del Perú—, y dormimos antes de emprender, ahora sí, la ruta hacia la costa.

En la ruta hacia la costa pudimos recorrer un cañón muy diverso. Vimos a más locales vestidos para la ocasión celebrando el carnaval, cóndores sobrevolando los cielos, y ríos y montañas en estado virgen. Las noches por Ayacucho serían las mas tranquilas, sin que nadie nos golpeara o preguntara quienes éramos, de donde veníamos, o si nuestras intenciones eran puras.

ayacucho a nazca

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Conforme nos acercábamos a la costa el calor seco se sentía cada vez mas, bajamos de altitud y los cultivos de palta (aguacate) comenzaron a florecer. Una vez más intentamos comprar paltas a los agricultores locales, y una vez más nos llevamos la triste sorpresa de que “todo esta vendido” porque lo tienen repartido para exportar, no para consumo local 🤷🏻‍♀️.
El paisaje desértico nos recibió de golpe y descansamos en un arenoso parking rodeado de dunas.

ayacucho a nazca

Tras otros 2-3 días de conducción habíamos llegado por fin a la región de Nazca. Llamada así por la cultura originaria que la habitó, y ahora conocida por sus famosas líneas. El pueblo de Nazca estaba prácticamente deshabitado hasta que en 1939 el científico Kosok en un vuelo rutinario avistó unas enigmáticas líneas. Tras estudiarlas concluyó que eran un calendario astronómico a gran escala.
Las líneas de Nazca son hoy Patrimonio Mundial declarado por la Unesco, y lo forman más de 800 líneas y más de 300 figuras geomorfas-zoomorfas dibujadas sobre la arena. Se esparcen a lo largo de 500 km de planicie árida que ha favorecido su conservación. Aunque poco se sabe de estas misteriosas creaciones, se cree que fue la cultura nazca la que las hizo (entre 200-600 A.C.). Maria Reiche, una matemática que dedicó su vida al estudio de las mismas, llego a la conclusión de que tenían el propósito de apuntar al sol para que pudieran verlas desde allí los dioses.
La verdad es que las líneas impresionan, y aunque desde donde mejor se ven es desde el aire, concretamente en vuelos en avioneta, los precios exorbitados (y la falta de seguridad)—hay un registro espeluznante de accidentes y muertos—, hacen que más de uno diga “no, gracias”. También pueden verse desde unos miradores más económicos (y seguros) situados a los lados de la carretera. Aunque no pueden verse en su totalidad, asomarse merece la pena. Al subir lo primero que llamó nuestra atención es que una de las grandes figuras (la del lagarto) había sido partida por la mitad para construir la carretera Panamericana… una vez más el escaso cuidado toman por el patrimonio histórico en Perú saltaba a la vista. Pudimos ver 3-4 figuras desde lo alto, aunque no vimos al famosísimo mono.

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Tras la fugaz visita nos aventuramos a dormir en medio del desierto, en un poblado escondido preincaico. Visitamos las ruinas y un árbol milenario que encontramos a la entrada de la ciudad perdida. Las arenosas carreteras del desierto nos hicieron sudar, era casi imposible seguirlas, pero conseguimos llegar.

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A la mañana siguiente queríamos visitar el famoso oasis de Huacachina. Rodeado de dunas se encuentra el que una vez fue un pintoresco pueblo con su correspondiente laguna central. Nos habían hablado bien del lugar, una ciudad construida en medio del desierto para la élite peruana. Hoy en día queda poco del glamour de antaño, y se ha convertido en un lugar claramente orientado a la diversión del turista gringo. Operadores turísticos te asaltan nada más pisar la calle para venderte desde el alojamiento, hasta aventuras todo terreno en el desierto (¡tasa de arena incluida! 😳) o cenas sobrevaloradas en terrazas frente a la laguna repleta de pedaletas y niños con flotadores. Para nosotros un horror. Aunque seguramente habrá, como en todo, quien disfrute de esto.

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Nuestro siguiente destino no defraudaría como lo hizo el oasis huacachino, nos esperaba la Reserva Natural de Paracas y sus inmensas playas de desierto.

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