Después de Rio nos hubiera encantado seguir subiendo. Seguir conociendo lugares al norte de Brasil que nos habían dicho que eran espectaculares, pero el tiempo pasa muy rápido y el país es muy grande. No tuvimos más remedio que poner rumbo al sur.
Tras una corta parada en São Paulo, seguimos bajando hacia Florianópolis, una islita tropical en la costa verde, de la que habíamos oído hablar maravillas. Justo antes paramos en Curitiba una ciudad con no demasiados atractivos. En un par de días visitamos el bonito jardín botánico, otro museo de Niemeyer y el centro de la ciudad (con un aire vintage de los ochentas/noventas) y seguimos bajando.
Por la ajetreada y serpenteante carretera de la costa, pasamos por cientos y cientos de resorts y rascacielos pegados al mar. De hecho hay unos tan grandes que hacen sombra en la propia playa: la competencia por hacer el rascacielos más alto se ha vuelto tan absurda que se han quitado el sol de la playa. Como todo en Brasil, si no es el mayor no vale. estan malucos
y si eso no es suficientemente absurdo, ojo a la solución: extender la playa mar adentro para ganar terreno y recuperar el sol… parece ficción pero es la purita verda…
En Florianopolis o Floripa como le dicen los locales, abundan las largas playas de arena, la vegetación tropical y las aguas turquesas. Aunque no toda la isla es igual. La zona del oeste, la más pegada al continente, está más urbanizada y por ello la belleza costera no es tanta. La pasamos de largo hacia el norte, donde queriamos pasar unos días de descanso ya que el tiempo pronosticaba lluvia. Por la cantidad de mansiones concentradas en la zona, creemos que la gente más pudiente del sur de Brasil veranea por allí. Y allí estábamos nosotros, nuevamente rodeados de ostentosas viviendas acampados en la calle. En este caso además acampamos de verdad. Nos enchufamos a la energia de un centro comercial al aire libre, no sin antes preguntar a los que trabajaban allí, claro. Literalmente nos dijeron: “yo creo que se puede utilizar el enchufe, y si te dicen algo te desconectas”. Y así fue, pasaron dos días lluviosos sin que nadie se percatase de nuestra presencia allí. Paseábamos por las largas playas por el día y a la noche trabajabamos en la terraza de la cervecería artesanal del patio de comidas.
Pensabamos que habíamos triunfado, hasta que una mañana soleada un venezolano que chapurreaba el portuñol (como nosotros) nos “pidió” que nos desconectáramos, así que nos fuimos. Nos fue bien seguir, porque conocimos las zonas más bonitas de la isla que están al este. Antes de ir a las playas hicimos una parada en un centro de animales rescatados (principalmente del trafico ilegal). Vimos monos, lagartos, gatos salvajes, tortugas y cientos de aves. De todas ellas aprendimos su historia y colaboramos económicamente para su reinserción a la naturaleza.
Al lado de ese lugar está la playa de Mozambique, con sus 8 km de largo y sus vientos intensos: es el paraíso de los surfistas y los kite-surfistas. Aunque nunca son demasiadas olas para Alejandro, que no desaprovecha ningún cuerpo de agua.
Praia Mole y Praia da Galheta, más al sur, nos parecieron demasiado turísticas. Llenas de chiringuitos al estilo brasilero, y una zona de nudismo. Pensabamos que la zona de nudismo sería relajada, pero solo al acercarnos nos pareció más un lugar para divertirse de otra manera …👉🏿👌🏿 así que nos fuimos.
Siguiendo en dirección austral llegamos a una playa famosa por sus dunas: praia da Joaquina. Llegamos a buena hora, al atardecer, para disfrutar del lugar sin tanto sol ni calor — ni tanta gente claro.
Lo que no podía faltar era algun trekking por la selva. Hicimos primero uno cerca de Barra da Lagoa. Fuimos a unas piscinas naturales formadas entre las piedras. El lugar aunque era maravilloso, lo fue más cuando vimos una enorme tortuga marina nadando a sus anchas por el lugar.
Finalmente, pasamos los últimos días en el pueblo pescador de Armação, un tranquilo lugar con playas, un río que desemboca al mar y un encantador puerto. Allí rendimos homenaje y dimos las gracias a Iemanjá (Yemayá) 🙏🏽.
Con tantas lluvias tuvimos que esperar el día soleado y así poder caminar a Lagoinha do Leste. Esta playa, únicamente accesible por mar o caminos peatonales, es para nosotros la joya del lugar. Se ha mantenido casi virgen escondida tras la densa y húmeda vegetación. Caminamos unos 7 km en total, con varios ascensos (los ultimos 200m empinadísimos), para llegar al mirador del lugar– Morro da Coroa. Desde allí pueden verse tanto la playa como la laguna que la nutre.
Tras otra noche más en la idílica Floripa, disfrutamos de un refrescante baño de agua dulce en la cachoeira da Solidão y un día semi-soleado en la playa de al lado.
Después de los últimos chapuzones en el Atlántico y tantas playas y lugares increíbles, ya era hora de volver al continente para continuar nuestra aventura.


















































