Grande Rio

Es raro que alguien no conozca Río de Janeiro. Esta ciudad se ha ganado la fama durante años por cosas buenas como el carnaval y las blancas playas, y otras no tan buenas como sus favelas. Pero Río es mucho más; también ha sido—y seguramente será, la cuna de muchos estilos musicales que nacen de la fusión de culturas y ritmos tropicales.

Es verdad que nosotros íbamos con cierto temor por su mala reputación. La televisión hace mucho daño, y las películas como Tropa de Élite o Ciudad De Dios, aunque retratan parte de la realidad, siempre dramatizan un poco. Preguntamos como buen turista a nuestro parcero Olivier, francés de nacimiento pero afincado en Rio hace 8 años, sobre la violencia y esto fue lo que nos contestó: «en Rio todo ‘lo malo’ pasa en las favelas, si no vas a los morros (los cerros donde están), todo bien. Aquí no pasa nada que no pase en otros lugares turísticos».
Esto nos relajó bastante, y con fuerzas renovadas encaramos la magnética ciudad.
Lo primero que se aprecia al llegar es su emplazamiento único. La ciudad se alza entre cerros de mata atlántica, con coloridos edificios construidos entre el imponente mar Atlántico y las empinadas cuestas tropicales por donde se pasean los monos.
Siguiendo las recomendaciones de Olivier, buscamos donde aparcar nuestra casita rodante entre los barrios de Gloria y Flamengo. Al estar entre el centro y la zona de playas de Ipanema y Leblon, esta zona no es ni tan peligrosa ni tan turística como las anteriores, es un barrio «obrero» sin pretensiones.

A nuestra llegada nos dio la bienvenida el mercado dominical de Gloria, con sus sorprendentemente baratas frutas tropicales y sus ricas tapiocas. Allí comimos y tomamos una refrescante cerveza. Después nos acercarnos al barrio de Santa Teresa, famoso por su onda chic, sus grafitis, y la escalera de Selaron. Esta larga escalinata de adoquines fue construida por el artista chileno a lo largo de su vida con baldosas recogidas de todas las partes del mundo. También nos acercamos al bonito centro cultural Parque das Ruinas, desde donde las vistas no defraudaron.

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Extenuados y acalorados después de la caminata nos disponíamos a dormir en el parking donde habíamos dejado la furgo aparcada, cuando empezaría la pesadilla número uno de Río. A las 9 de la noche, de golpe y sin previo aviso nos dijo el encargado del parking que teníamos que irnos (porque no dejaban pernoctar dentro). Nosotros extrañados intentamos convencerlo, ya que a la mañana nos habían dicho que sí era permitido, prometiéndole que no molestaríamos y que nos iríamos al amanecer. Nada de esto sirvió… empezamos a notar que en Rio la gente es más agresiva que en otros lugares de Brasil y nos vimos obligados a irnos. En medio de la noche, y cansados nos pusimos a buscar donde aparcar. Nos invadían todo tipo de dudas, ¿será seguro?, ¿será ruidoso?, ¿vendrá la policía o los vigilantes a decir algo? Finalmente encontramos un huequito con árbol incluido para sombra (oh yeah 😎) en una cuesta de Santa Teresa donde dormimos delicioso pero totalmente inclinados, empotrados contra la esquina de la furgoneta 🤷🏿‍♂️.

Río nos seguiría poniendo a prueba, ya que al día siguiente seguíamos sin tener donde aparcar, y todos y cada uno de los parkings donde preguntábamos nos decían que no. Así que dimos una vuelta con la furgo cual bus turístico por el centro y nos dijimos «ya veremos»… Como siempre, el mejor plan es no tener plan.

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A la tarde decidimos ir a aparcar cerca de la zona donde habíamos quedado a la noche con Olivier para ver una de las rodas de samba más famosas de Rio que tiene lugar cada lunes. Sí, sí, ¡cada lunes!, para animarse y afrontar la semana con alegría. Nada mejor que empezar así.
Otra cosa no, pero disfrutar la fiesta sí que saben los cariocas. Allí llegamos, a la Pedra do Sal, donde antes se vendían los esclavos traídos de África, ahora convertido en un barrio negro animado y fiestero (con su favela adjunta). Aparcamos en lo que aparentemente era zona libre de pago, y ahí apareció la pesadilla número dos de Rio: la mafia de la favela. Una señora que estaba bien entrada en sus 70 se nos acercó y nos dijo que teníamos que pagarle por aparcar allí, porque ese día había una famosa fiesta. Nosotros nos hicimos los ‘guiris’ y le dijimos que no entendíamos porque había que pagar, que solo queríamos dormir e ir a un museo a la mañana siguiente. ¡Eeeerror! Porque entonces dijo:

«Ah, pues si van a dormir tienen que pagar más, porque aquí todo el mundo que viene paga para la fiesta, y si uds. se aparcan ahí, yo cobro lo de la noche y mi compañero de mañana le cobra lo del día.
– Como así?», preguntamos, «pero a quién le pagamos si esta calle es de aparcamiento libre?»
Y ella dijo tan tranquila: «es que esta calle es nuestra cariño, y este es un pastel que nos repartimos entre nosotros y la policía. Ellos ganan, nosotros ganamos. Pero espera que llamo a mi jefe a ver cuánto tienes que pagar por quedarte hasta mañana.»

De pronto se personaron dos tipos más en una moto, diciéndonos lo que teníamos que pagar si queríamos estar allí. Ya llegados a ese punto solo nos quedaba el desespero y las ganas de irnos (junto con un poquito de miedo negociando con los capos de la favela). Ante esa presión, y viendo que la policía tampoco haría nada por nosotros, decidimos irnos.

Por suerte dimos con nuestro ángel de la guarda: Grenilson, un queridísimo brasileño nacido en la selva del Amazonas y que llevaba poco tiempo en Rio. Él era el guardia de noche de un estacionamiento en la playa de Flamengo. No solo nos acogió, sino que también nos ofreció usar su baño, una ducha y siempre una conversación agradable. Así que por fin pudimos descansar y disfrutar. A la fiesta de la Pedra do Sal por supuesto nos fuimos en Uber y la gozamos ya despreocupados de la furgoneta.

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Una vez ya estacionados pudimos ejercer un poquito de turistas. Visitamos la zona elegante de museos frente a la marina de Rio. El Museo de Arte de Rio (MAR) y el Museo do Amanha («el museo del mañana») fueron construidos para los Olímpicos, y dan una imagen demasiado pulcra de Rio. El primero, entre grandes obras de artistas contemporáneos, contaba con un recorrido por la historia de Rio, nos transportó a la época de la colonización, cuando todo era selva y los indígenas aún ejercían la antropofagia como ritual sagrado. El segundo, con un aire más científico, intenta concienciar a la población sobre el impacto medioambiental de nuestra forma de vida. A priori interesante, pero resultó algo infantil. Lo mejor de este último es el diseño futurista del edificio diseñado por Calatrava, y su emplazamiento junto al mar.

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Al día siguiente, ya descansados, paseamos por los vecinos parques. Cerca de la playa de Flamengo se encuentra el parque de la República, con su palacio de nombre homónimo. Antiguamente fue la sede del gobierno de Rio, después de comprárselo a un magnate en decadencia. De ahí su aspecto palaciego y sus habitaciones ostentosamente decoradas. Lo más impactante del lugar fue ver cómo conservan la habitación donde se suicidó el célebre presidente Getulio Vargas. La habitación exhibe los detalles del día en el que se quitó la vida con un disparo a quemarropa en el corazón. Una experiencia un tanto escalofriante (con pijama ensangrentado incluido). Además de todo eso, en sus habitaciones se resume la caótica y turbulenta historia de la República de Brasil y sus presidentes. De esta visita aprendimos mucho sobre la historia y el carácter de los brasileros.

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Aunque tal vez uno de los mejores descubrimientos de Rio estaba aún por llegar. ¡El parque de los gatos! Aunque oficialmente no lo sea, el parque de la playa Flamengo, acoge una colonia de más de 300 gatos callejeros; rescatados del abandono por una adinerada veterinaria altruista que los esteriliza y mantiene en el lugar. Nos impresionó muchísimo ver que mientras había gente durmiendo en la calle en el suelo de ese mismo parque, una persona con dinero invertía más en casas y comida para los animales… Aunque ya sabemos todos que los gatos tienen un poder especial, no deja de ser injusto y desigual… Así son muchas cosas en ese país.

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Ya casi acostumbrados a que nos observaran cuáles extraterrestres, un día aparcados cerca de Flamengo se acercó un hombre por delante con el móvil en mano haciendo fotos sin el más mínimo disimulo. Al ver que lo mirábamos fijamente se nos acercó y nos explicó que estaba fotografiando las palmeras que teníamos detrás, y nos contó la historia de que habían sido plantadas hace más de 50 años y era la primera vez que florecían… no sabemos si era verdad o un cuento pa hacer fotos de nuestra llamativa camioneta…

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Ahí está la tal palmera y el supuesto momento único en la historia.

Después de tanto museo ya tocaba ir de concierto en concierto. Primero fuimos al Bip Bip, famoso bar cerca de la playa de Copacabana donde todos los jueves se improvisa un concierto gratuito de Bossa-nova al anochecer. La propina para los músicos se incluye en la consumición y es una experiencia auténtica e única para disfrutar en el lugar donde nació este género musical.

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Tampoco podían faltar las rodas de Samba. Fueron muchas y muy variadas, casi en cada esquina en Rio se improvisa una. Nosotros acompañados de nuestro anfitrión franco-brasilero, sambamos el sábado noche hasta el amanecer.

En los alrededores de Rio también hay cosas por ver. En frente de la bahía, en la ciudad de Niteroi, hay varios espacios diseñados por el famoso arquitecto Oscar Niemeyer. Aunque destacan un museo y un parque, a Niemeyer le encargaron una gran parte del diseño de esta pequeña ciudad. Pasamos el día allí y francamente nos sorprendieron tanto el museo como su colección de obras modernas. La exposición temporal que había era una «site-specific» (adaptada al espacio) del arista costaricense Federico Herrero. Su obra mostraba un mural representando a la ciudad de Rio con su famoso pan de azúcar en versión colorida. Una linda exposición. Otras obras expuestas en las plantas superiores nos hicieron aprender y sonreir.

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Ya de vuelta a Rio no podía faltar un paseo por sus miradores. Básicamente puede elegirse entre dos puntos de vista: desde el Pan de azúcar, el famoso morro de Rio; y desde el Corcovado con el Cristo Redentor, situado más al interior en uno de los parques naturales en los morros de la ciudad. Intentamos primero subir al Pão de Açucar, pero el tiempo no acompañaba ya que estaba algo nublado. Para días nublados como esos nos aconsejaron subir al mirador de Dona Marta. Un poco más bajo que el Cristo Redentor pero desde donde puede verse la ciudad aún habiendo nubes, y gratuitamente. Para nosotros la experiencia no defraudó para nada. Además lo encontramos más auténtico y virgen que los otros miradores repletos de turistas. Además, tenía el plus de tener monos danzando libremente por el parque.

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Esto fue lo único que pudimos ver del Pão de Açucar: su turística playa y el teleférico nublado.

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Ya por ultimo, nos tocaba la visita obligada a las playas de Ipanema y Copacabana.

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Al final nos quedamos una semana en esa frenética, caótica—pero exquisitamente deliciosa—ciudad. El tiempo se nos acababa y queríamos seguir el camino hacia las cataratas de Iguazú y continuar hacia el norte de Chile para cerrar el loop brasileño… ya lo visualizan en el mapa?