La costa verde: entre islas, cachoeiras y mata atlántica

Dejamos Sampa ya con muchas saudades, pero nos esperaba la hermosa costa verde. El litoral brasileño del sudeste, la tierra de los caiçaras (los pobladores indígenas originarios de todo el litoral), está lleno de sorpresas. Decidimos recorrer toda la costa entre São Paulo y Rio de Janeiro, y en aras del tiempo tuvimos que sacrificar por el momento la visita a las famosas playas y localidades del nordeste de este gigantesco país.
Como ya habíamos conocido las playas paulistas más cercanas a la gran ciudad, nos dirigimos más al norte de Guarujá hacia Ilha Bela. Bela es bella en portugués, e ilha significa isla, es decir OTRO FERRY (😑).

costa verde

Así pues embarcamos a nuestra casita navegante, balsera experta ya, hacia la isla paradisíaca de los paulistas y la capital mundial del mosquito.
Esta bonita isla está poblada principalmente por Phlebotomus papatasi, que en latín quiere decir “el mosquito más hijuep*ta”, más comúnmente conocido como jején. Una vez superada esta dura realidad, pudimos confirmar que la isla es efectivamente bella. La recorrimos de norte a sur disfrutando de sus deliciosas playas, a pesar de que las nubes nos tenían envidia y estuvieron ocultando el sol casi todos los días.

costa verde

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También aprendimos de la gastronomía local y nos acostumbramos a preparar nuestras propias tapiocas (una especie de crepes de yuca/mandioca), ¡exquisitas!

Como en muchos rincones de la costa verde, la isla esconde una gran cantidad de trilhas (senderos) y cachoeiras (cascadas) además de las playas. En algunos lugares se puede disfrutar de un baño de agua dulce y de las olas saladas, donde los ríos formados por las cascadas desembocan al mar en la misma playa.

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En una de las playas que visitamos el sendero que llega a la orilla atraviesa un tramo de mata atlántica, como no. Tras el atardecer, ya de regreso a nuestro hogar móvil, nos sorprendieron miles de luciérnagas, en un espectáculo de luces sin igual que ni los chinos ni ningún humano soñaría con recrear.
Antes de abandonar la isla, pasamos la última noche a orillas del mar disfrutando de las estrellas mientras nadábamos entre noctilucas, las luciérnagas marinas.

Seguimos subiendo por la carretera que bordea el litoral y atravesamos Ubatuba, que los locales llaman Uba-chuva porque no para de llover chuva.

Por suerte las nubes nos dieron tregua por un día y pudimos disfritar durmiendo a la orilla del mar y disfrutando de una de las playas surfistas de la costa, la playa Vermella.

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Finalmente llegamos a la localidad de Paraty, donde seguiríamos disfrutando de las playas y mucho más.
El pueblo de Paraty es otra de esas perlas coloniales coloridas, con su obligada explotación turística. Nosotros caminamos por sus calles empedradas y llenas de charcos (el apodo de Uballuvia es bien merecido).

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Sin embargo, lo verdaderamente increíble de Paraty está en sus alrededores.
En esta zona el agua abunda de forma casi exagerada, y así lo confirmamos en nuestra visita a unas de las múltiples cachoeiras que hay cerca de Paraty. Estaba lloviendo y nos fuimos a bañar a las cascadas (y a jugar a Tarzán).

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Al norte y sur de Paraty también hay increíbles playas, de las cuales disfrutamos de unas cuantas.

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Tuvimos la suerte de conocer a unos parceiros que como muchos brasileños rápidamente nos abrieron sus brazos y las puertas de su casa. Aleixandre y Clara se acercaron curiosos a nuestra casa sobre ruedas porque casualmente ellos también están en busca de cumplir su sueño de recorrer el mundo y vivir viajando. Conectamos al instante y compartimos muchos ratos agradables con ellos y su pequeño Ami de pocos meses de edad. Gracias a sus recomendaciones nos aventuramos a explorar la zona menos turística de Paraty.

Después de investigar cómo era el recorrido, decidimos ir a conocer la impresionante cachoeira de Saco Bravo, una cascada que sale de la selva y cae a un pozo natural en las rocas costeras frente al mar.
El itinerario comenzaba bien temprano, para dejar la furgoneta en una pequeña localidad ya que nos esperaba un bus, una lancha, y caminar por una trilha de casi 8 km ida y vuelta que atraviesa la selva. Tuvimos entonces que dejar la van en un pueblito al lado de Laranjeiras, uno de los condominios más exclusivos de Brasil, de tal oligarquía que los no-residentes deben tomar un microbús para atravesar el condominio sin pisarlo, y poder llegar al muelle de donde salen las lanchas hacia Ponta Negra, una playa y aldea de caiçaras.
Tras ese trayecto surrealista de 10 minutos atravesando el condominio de mansiones ostentosas de la aristocracia brasileña, subimos a la humilde lanchita de Bob, uno de los caiçaras que vivía en Ponta Negra y hacía traslados. En esos 20 minutos de travesía marítima bordeando la costa tuvimos la fortuna de ser acompañados por un grupo de delfines que saltaba y jugaba nadando a nuestro lado (salen en el video de abajo 😉).

Una vez en Ponta Negra con las botas puestas afrontamos el sendero de unos 4 km que atraviesa la selva, la mata atlántica, para llegar a Saco Bravo. El camino está bien marcado pero no es de los más fáciles, tiene 765 m de desnivel (primero sube y luego baja), hay que estar atento por los animales salvajes (principalmente 🕷🦂🐍🦎) y al final hay que escalar un poco (sin cuerda claro). Aún así, vimos sorprendidos como algunos locales lo hacían en chanclas 😮.

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Esta es Ponta Negra, la aldea de pescadores donde inicia la trilha

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Después de 2h30 atravesando la mata atlántica boquiabiertos llegamos a la esperada cachoeira de Saco Bravo. Las vistas no defraudaron. Solo nos faltaba escalar por las rocas unos 20 m de bajada para llegar al pozo a por nuestra merecida zambullida, pan comido. Por supuesto nos quedamos todo el día para disfrutar del lugar.

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Esperando la lanchita de vuelta en Ponta Negra para regresar del paraíso

 

Luego de esa increíble aventura, los humildes habitantes que habían cuidado de nuestra camioneta nos prestaron su ducha para acicalarnos un poco.

En nuestra ruta hacia Rio también paramos en la costa de Angra Dos Reis, que tiene algunas playas interesantes. Elegimos un pequeño rincón poco visitado y con buenas vistas, pero al acercarnos descubrimos la cruda y triste realidad de muchas de las playas (del continente en realidad): la basura omnipresente. Con rabia y tristeza decidimos limpiar esa pequeña playa, y en tan solo 1 hora llenamos una bolsa de 30L (aproximadamente la cantidad de basura que producíamos en un mes cuando vivíamos en Barcelona).

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Nuestra compañía en nuestras tareas de limpieza fue Angrita, una perrita muy cariñosa que nos acompañó y cuidó toda la noche.

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Seguimos hacia el norte y conocimos una pequeña población indígena donde vivían Ale y Clara. Allí visitamos su casa en medio de la selva, nos invitaron a un cafezinho y un batido de açaí natural (el mismo Ale se subió a la palma de su “jardín” para coger los frutos!). Tras unas agradables charlas, un baño en el rio y una caminata entre la selva, nos despedimos y emprendimos la ruta llenos de energía.

Nuestro siguiente destino, la inigualable ciudad de Rio de Janeiro.

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