La costa Chilena y los tesoros de Tucumán

Aún apenados por la despedida de Valpo, nos dirigimos al norte a conocer la costa chilena. Teníamos planeado subir unos pocos días para luego poner rumbo nuevamente a Argentina.

La primera parada fue en Concón, que es conocido no sólo por sus dunas sino también por sus deliciosas empanadas fritas de jaiba (lo que viene a ser el cangrejo de toda la vida). Una delicia hipercalórica, pero tuvimos que hacer una excepción. Por lo demás la ciudad costera era como muchas otras, con edificios gigantescos de hormigón pegados a la playa, para no perderse una ola. Lo mejor los alrededores, con sus largas playas dunares. No pudimos bañarnos por la contaminación del agua, una pena, sobre todo para Alejandro.

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El siguiente pueblo, Horcon. Este pueblo hippie costero nos sorprendió. Además de mantener un puerto pesquero activo, se conserva la pesca tradicional y en el ambiente se respira tranquilidad y pelícanos. Paseamos por su puente de los deseos y leímos unos cuantos, todos al final parecidos, y es que la gente solo pide ser feliz.

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El resto de la costa empezaba a parecerse a muchos otros pueblos veraniegos costeros, así que llegamos hasta Zapallar y nos fuimos. Solo nos quedamos con ganas de ver más de cerca los pingüinos de la isla de Cachagua. Los pequeños habitantes viven allí todo el año, de modo que uno puede acercarse en barco a visitarlos. Lástima toparnos con el oleaje invernal, ya que no pudimos acercarnos ni un poquito, tal vez mejor, así los dejamos tranquilos disfrutando de su isla.

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Tras más de dos meses en Chile, nos disponíamos a volver a Argentina. Pero ¿por dónde? os preguntaréis, pues decidimos pasar a hacerle una visitilla al Aconcagua. El monte más alto de todo el continente americano con sus 6960m. Lo que nos esperaba para verlo, El Paso libertadores y la cuesta de Caracoles. El túnel de Cristo redentor que tuvimos que coger nos llevó directo a los 4238 m. Tras el correspondiente papeleo en el paso fronterizo más alto que conocemos, nuevamente estábamos en la tierra del asado. El atardecer al pasar en por valle del Aconcagua nos dejó mudos.

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Todavía anonadados por tanta belleza nos acercamos al monumento natural Puente del Inca. Una formación rocosa natural que forma un puente de un singular color amarillo (verde según Alejandro ja) debido a la gran afluencia de aguas minerales . Antiguamente utilizado como hotel termal, hoy sólo quedan los edificios en ruinas alrededor.

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Como teníamos ganas de solecito decidimos bajar algo en altura. Pasamos por Mendoza y San Juan de largo y nos metimos de lleno en El Valle fértil. Allí además de ver infinitos cactus le hicimos una visita a la Difunta Correa. Se acuerdan que es venerada como una santa popular ? Siguiendo la tradición, nos acercamos a dejarle nuestra ofrenda (poco original, ya que todo el mundo le lleva agua) y pedirle que nos llevara sanos y salvos hasta Colombia. Si llegamos sin incidencias le prometimos hacerle una ofrenda mayor, ¿que pasará? Todo está en las manos de la Difunta ahora. Nos sorprendió lo concurrido y lo grande del lugar que incluso cuenta con decenas de mausoleos, uno para cada tipo de ofrenda: para los camioneros, para chicas que piden por su fiesta de quince, para los deportistas, para los académicos… toda una experiencia.

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El Valle fértil también nos gustó y nos reconfortó su calidez y aridez. La necesitábamos tras tanta lluvia.

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Visita obligada en dicha zona es el parque provincial de Ischigualasto, pegado al parque nacional Talampaya. Ambos parecidos en paisaje; pero uno de ellos, al ser provincial, es más accesible por cuenta propia. Por ello, nos decidimos a ver esta parte del famoso cañón, porque nos permitía conducir y explorar más a fondo El Valle de la Luna y el cañón más rojo que jamás hemos visto. Disfrutamos de las 4 horas conduciendo por el desértico paisaje, y a la salida hicimos acampada improvisada, junto a los trabajadores del lugar que nos dejaron usar sus instalaciones. Salimos felices y renovados.

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Tras ello, cogimos la ruta 38, que no era la famosa 40 pero nos llevó por lugares impresionantes también. Después de pasar por La Rioja y Catamarca nos dirigimos a la cuesta de Miranda, donde otra vez nos visitó un cóndor andino, esta vez incluso más cerca 😱. Asombrados con las vistas y el saludo del cóndor, probamos unos deliciosos alfajores artesanales de miel y seguimos la ruta.

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Nos desviamos después hacia Tafi Del Valle. Justo antes de llegar al mismo, en el pequeño pueblo el Mollar, disfrutamos de una colección al aire libre de menhires de todo tipo que han ido agrupando de todo Argentina allí. A partir de entonces empezamos a notar la esencia boliviana. Descansamos en un lago y a la salida pudimos abrazar a unas alpacas y llamas de lo más sociables.

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Por esta ruta llegaríamos a las también famosas ruinas de Quilmes.
Tuvimos mucha suerte de poder entrar , ya que no teníamos efectivo apenas y nos hicieron rebaja 😉. El lugar lo gestionan varias comunidades indígenas del norte, que se han organizado y cuidan del lugar mientras luchan porque las tierras les sean devueltas. Las ruinas preincaicas más grandes de Argentina nos dejaron sin aliento literalmente, ya que están enclavadas en una montaña con bastante desnivel, rocas y por supuesto cáctus. Tras recuperar fuerzas aparcamos en el mismísimo desierto, junto a las ruinas. Una de las noches más especiales y silenciosas.

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Al despertar nos faltaba algo para completar la experiencia del lugar, y es que nos habían dicho que en Cafayate encontraríamos unos de los vinos más típicos del lugar, el torrontés. Un vino blanco suave, afrutado y fresco, ideal para paliar la sed. Intentamos sin éxito visitar unas cascadas cercanas, que estaban cerradas por problemas con los guías ilegales que se multiplicaban y cobraban abusivamente a los turistas. Esto había terminado en trifulcas serias (con pedradas incluidas a visitantes), lo que obligó a las autoridades a cerrar el lugar… menos mal (y que pesar)!

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Bien aprovisionados seguimos hacia arriba, al mundo de las quebradas…

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