Después de la visita a Buenos Aires teníamos que planear la ruta hacia el fin del continente para intentar llegar antes que el frío invernal.
La rápida amistad que hicimos con Marce en el Cabo Polonio fue mucho más de lo que nos imaginábamos. Aunque solo compartimos unos días en el paraíso costero uruguayo, nuestros rumbos se cruzarían otra vez y nos convertiríamos en compañeros de ruta. Casualmente él también se dirigía echando dedo hacia Ushuaia, nuestro siguiente destino, así que decidimos juntarnos para compartir el viaje, dividiendo los gastos y multiplicando los buenos ratos.
Nuestra idea era bajar por la mítica Ruta Nacional 40 (la “ruta 66 argentina”) la columna vertebral que recorre la Argentina de norte a sur, desde la frontera con Bolivia hasta el inhóspito y frío extremo sur de la Patagonia.
Decidimos cruzar desde la capital argentina hasta el oeste del país (casi el punto de mayor distancia de este a oeste de Argentina), por donde baja la RN 40. Nos esperaban casi 1200 km de carretera que atraviesan campos y campos de la más absoluta “nada”. En ese camino el horizonte era el asfalto sin fin y el paisaje a lado y lado eran campos interminables con algo de ganado. Pampa, pampa, pampa y más pampa.




La primera parada era en San Rafael, una pequeña ciudad donde nos encontramos con el parcero uruguayo, justo al sur de Mendoza, la tierra del vino argentino.
Visitamos el cañón del Atuel, un agradable recorrido que bordea el río homónimo y atraviesa unas lindas represas en medio de un paisaje que parece traído de la luna. Allí disfrutamos de un baño y de las vistas.
Luego nos adentramos en la verdadera ruta 40, con su afamado ripio que nos acompañaría durante cientos de kilómetros y muchos días de nuestra travesía.
A pesar del duro ripio y del monótono camino por algunos tramos de la 40, siempre hay rincones escondidos donde disfrutar en la ruta.
En medio de la desolada ruta en ocasiones nos topábamos con pequeños mausoleos artesanales hechos por los conductores que veneraban a la difunta Correa. Cuenta la leyenda que en el siglo XIX Deolinda Correa huyó con su bebé de pocos meses, aún lactante, después de que su marido fuera obligado a unirse a una milicia en medio de la guerra civil. Ella siguió las huellas de la tropa en busca de su marido a través de un desierto, con su hijo siempre en brazos, y con pocas provisiones. En medio de la desolación y sin agua ni alimento, Deolinda buscó abrigo debajo de un árbol, dejando a su hijo pegado al pecho. Ahí mismo murió de deshidratación y agotamiento tras unos días, pero cuentan que al día siguiente unos arrieros que pasaban por el lugar encontraron el cadáver de la difunta y a la criatura todavía con vida que seguía amamantándose. Ellos enterraron a Deolinda y se llevaron el niño. Tras conocerse la historia, la tumba de la difunta fue cada vez más visitada por cientos de peregrinos. Ahora se pueden encontrar muchos altares hechos por sus devotos en los cuales dejan botellas de agua, con la creencia de que podrán calmar la sed de la difunta. Es considerada una santa popular.
Intentamos visitar la zona volcánica que rodea el pueblo de Malargüe y el parque de la Payunia. Nos llamó la atención el lugar por la posibilidad de visitar un volcán hidromagmático por dentro, y el paisaje volcánico en sí que es muy bonito.
El pueblo es famoso por su importancia astronómica (hay un observatorio muy importante y allí está la antena europea DS3).
Desafortunadamente, nos chocamos con un pueblo turísticamente hiperexplotado donde cobran casi por estar allí, y gente muy poco amable…
Aún así tratamos de ver el volcán Malacara, pero hizo honra a su nombre y nos recibió con una tormenta eléctrica. Además nos topamos con una gente que bien se podría llamar igual (los “dueños” del volcán… o de las tierras donde está el volcán). Nos echaron diciendo que estábamos “usurpando la propiedad privada” cuando nos acercamos a ver el volcán de cerca. Absurdo pero cierto 😕.
Después de todo eso salimos corriendo de ahí y seguimos nuestra ruta.


En medio de la nada que domina la pampa y la 40 en su tramo del medio pudimos encontrar alguno que otro oasis donde hay vida y calor humano. Tuvimos la suerte de cruzarnos con Rafael y su familia, quienes hospedan a viajeros osados como nosotros. Nuevamente el universo nos puso a alguien en medio del camino. Rafael estaba en la mitad de la carretera buscando un par de huéspedes pescadores que se habían perdido, en medio de la nada, y ya estaba anocheciendo. Nosotros no sabíamos donde dormir en medio del hostil paisaje desértico, donde no hay árboles donde resguardarse de las ráfagas de viento de hasta 160 km/h… afortunadamente Rafael nos invitó a su oasis escondido y allí pudimos descansar.




Después del descanso seguimos la ruta hasta que repentinamente terminó el tramo de ripio de la carretera. Asfalto! 🙏🏿
Tras muuuchas horas al volante habíamos completado 100 km de ripio maligno a unos 20 km/h, la peor carretera que nos había tocado hasta ahora… (🤞🏼 ojalá no se ponga mucho peor…).
Ya con asfalto pasamos un par de pueblos donde descansar.
Así pues, seguimos el camino, por la querida y maldecida ruta 40.
Nuestra siguiente parada: la ruta de los 7 lagos.



























Que buena narración. Increíbles historias con bellísimas fotos
Un sitio bastante inhóspito, aunque esos pequeños oasis que habéis encontrado han sido todo un lujo!!!!