Siguiendo con la costumbre de poner números a las regiones en Chile, nosotros hicimos nuestra particular cuenta atrás. Hacia el norte, de la región X a la V, para atrás ni para coger impulso.
Salimos de La Araucanía todavía pensando que podíamos ahorrarnos los peajes por las carreteras secundarias… error! Y es que subestimamos las “carreteras” comarcarles. En Chile se pasa de asfalto a barro intransitable en un abrir y cerrar de ojos. Como unos novatos nos alejamos de la segura y asfaltada ruta 5 a los sinuosos, empinados y embarrados caminos mapuches cerca de Collipulli. Los autóctonos se reían y acercaban para aconsejarnos en nuestros esfuerzos por atravesar esas virginales tierras.
Finalmente lo conseguimos, salimos de la tierra de barro sin saber que de la manera más tonta nos quedaríamos atascados en Mulchén. Un pueblo minúsculo con un bonito parque, con barbacoas a orillas de río, que nos atrapó pero de verdad. Nos quedamos atrapados en medio de una cuesta embarrada al intentar salir del parque donde dormimos. Nos resbalamos y nos quedamos en el borde de la rampa, justo al límite de caernos por un precipicio al río. Asustados dejamos la furgoneta parada en la cuesta y fuimos a pedir ayuda, ya que teníamos miedo de intentarlo nuevamente y caer para siempre. Parece mentira que la única grúa que había en el lugar estuviese desmontada en el taller pero así fue. Nos tocó pedir ayuda a los lugareños, y no fue tarea fácil. Finalmente, un hombre muy amable, el magnate del pueblo y dueño de la gasolinera, nos echó una mano. Él y su muchacho de confianza con su poderoso 4×4 lograron desatascarnos, pero en el acto se nos abolló la furgoneta al golpear un tronco… seguramente fuera por eso que no nos quisiera cobrar por la “ayuda”.
Aprendimos rápido la lección y a partir de entonces las autopistas fueron nuestras mejores amigas. Pagábamos los peajes a cambio de pernoctar en las áreas de descanso gratuitas donde teníamos duchas calientes, baños y a veces hasta electricidad para enchufarnos y cargar las baterías.
Así conseguiriamos llegar rápidamente a la capital.
En el camino de subida paramos en algunos lugares que valían la pena, aunque seguro nos dejamos varios (siempre toca, así hay un motivo para volver).
En Bio Bio vimos el emblema de la región, los Saltos del Laja.
En Ñuble ibamos a ir al P. N. Siete Tazas pero con tanta lluvia/nieve el camino sin asfaltar hasta allí era incierto. Eso sumado a que el desvío era muy largo nos decidimos por saltarlo.
En Maule paramos a disfrutar de un delicioso vino de esa afamada zona vinícola. Nos encantó el carmeniere, una uva típica de la región (gracias a las recomendaciones del papá de Alejandro).
En la region de O’Higgins no encontramos ninguna excusa para detenernos más que para vaciar nuestras vejigas. Chile es siete veces más largo que ancho, así que, cuando se recorre de sur a norte, muchas veces no queda más remedio que seguir pisando el acelerador para avanzar.
Así pues, en menos de una semana ya estábamos en la capital.
Santiago de Chile
La capital chilena es una gran metrópoli como todas las capitales latinoamericanas. Eso quiere decir que tiene sus cosas chéveres y no tan chéveres.
Por suerte conseguimos un hostal muy bien ubicado (en un barrio animado, lleno de grafitis y bares cerca del centro, el barrio Bellavista ) que nos recibía con nuestra casita rodante— y tampoco era tan caro (algo dificilísimo en este país).
Conocimos la gran ciudad a pie y con un clima variado disfrutamos de muchas cosas que ofrece la city. Un día soleado subimos al cerro San Cristóbal a contemplar las bonitas vistas de los andes detrás de la gran— y poluidísima ciudad ☹️
Como toda gran ciudad la oferta cultural también es amplia y por suerte en muchos casos gratuita. Museos como el de bellas artes y el de arte moderno nos entretuvieron una tarde, ya que se encuentran en el mismo edificio en el centro de la ciudad. Nuestra favorita una exposición dedicada a las mujeres artistas latinoamericanas.
A parte lo bonito del museo en sí mismo, en la zona colindante se ubica una calle llena de bares y restaurantes, donde perderse y disfrutar de la animada vida nocturna santiagueña, Lastarria. Allí probamos nuestro primer completo vegetariano. El completo, que viene siendo un hot dog o perro caliente, es casi una religión en Chile. Parece EL plato nacional, solo les falta ponerlo en la bandera, ya que hasta tiene un día propio. Después de la comilona paliamos la sed con un surtido de cervezas artesanales.
El centro puede ser un poco caótico, lleno de vendedores ambulantes y ejecutivos acelerados comiendo completos 👨🏻💼🌭. Pero eso no nos impidió aventuramos a visitar mercado central. Nos llevamos una decepción, ya que aunque el mercado es arquitectónicamente muy bonito lo han llenado de restaurantes atrapa-turistas que opacan por completo su belleza. Escapamos agobiados de las garras de los meseros y vendedores que no nos dejaban avanzar ni disfrutar del paseo. Cogimos aire en la plaza central, la plaza de la Ciudadanía, y visitamos el atractivo museo de la moneda también gratuito y con exposiciones fotográficas locales interesantes.
Otro (tal vez el más famoso y recomendado) museo que visitamos, es el de arte precolombino. Éste, tiene una muestra variada que resume a vista de pájaro algunas culturas y pueblos precolombinos. El recorrido va desde el extremo cono sur en Tierra del Fuego con los Yámanes, hasta Centroamérica con los Mayas, pasando por la Patagonia de los mapuches y el norte del continente del imperio Inca (parece completo pero la muestra se deja muchas sin mencionar, como los Muiscas o los Guaraníes. Tal vez porque la colección es a base de donaciones).
Pero sin duda la zona que más nos gustó fue la zona en torno al parque Quinta Normal. En la calle colindante encontramos el centro cultural Matucana, el Museo de Arte Contemporáneo (que estaba en obras cuando llegamos) y el museo de la Memoria, nuestra recomendación particular en Santiago. En el primero había una exposición sobre el esperado eclipse del 2 de julio y en el último, el de la memoria, un recorrido sobre los derechos humanos y los años de la dictadura chilena. Esta escalofriante e impactante historia nos ayudó a comprender más al pueblo chileno. Nos quedamos muy impactados con todas y cada una de las historias.
Lo que parecía ser una estancia tranquila en el hostal acabo siendo una pesadilla. Parece ser que somos más viejóvenes que jóvenes, y nos quedó grande el youth hostel. Prácticamente no dormimos las dos noches que estuvimos; había fiesta todas las noches, sin hora de respeto al sueño, y los del hostal hacían parte de la fiesta, o sea poco se podía hacer. Así que decidimos aventurarnos a hacer wild camping en la ciudad. Acabamos en Vitacura, un barrio con aparentemente bastante dinero público (había vehículos de seguridad propios del barrio patrullando constantemente las impolutas calles), y donde vive la gente más pudiente de la capital. Descansamos como unos bebés, en absoluto silencio, en un aparcamiento en medio del club de bridge y el club de polo, ja. Al despertar, visitamos el cercano parque bicentenario, un moderno parque urbano que hasta tiene cisnes de cuello negro magallánicos y flamencos rosados en sus lagunas.
Después de este chute cultural y la vuelta a la civilización, nos fuimos a la urbe vecina. La caótica y loca Valparaiso, y su ordenada y pulcra hermana Viña del mar.









































































