Aunque parecía que estábamos atrapados en el día de la marmota—de los ferrys—, por fin llegamos a tierra firme. Después de el penúltimo transbordador en Chile—oh yeah, hay más…, pisamos el puerto de Quellón en Chiloé; todavía mareados de tanto oleaje en el corto trayecto de 4h.
Fue para nosotros casi como llegar a la gran ciudad, después de tanta selva al final de la carretera Austral y comparado con la escasa urbanización que había en Chaitén. Esta ciudad portuaria no tiene mucho que ofrecer, a parte de la reglamentaria foto en el hito 0, el punto final (o inicial para nosotros) de la ruta panamericana, que une Chiloé en Chile con Alaska en EEUU.
Seguimos la ruta por esta nueva carretera panamericana, dejando atrás la carretera más maravillosa de este continente.
Aunque parece pequeña, la isla de Chiloé tiene muchos atractivos. Tal vez sea más conocida por sus 16 iglesias declaradas patrimonio de la humanidad por la UNESCO. Estas simples iglesias de madera en realidad esconden un gran legado histórico. Su arquitectura (que tiene escuela propia) es una mezcla de arquitectura europea clásica y técnicas chilotas de carpintería usadas en la fabricación de navíos o dalcas. Algunas llevan hasta 300 años de pie (que son de madera!), casi un milagro en esta zona tan sísmicamente activa.
Lo cierto es que tiene pueblos hermosos y paisajes riquísimos que incluyen bosques, playas y parques naturales.
Nuestra siguiente parada fue el encantador pueblo de Queilén. Ahí compartimos un arcoíris y un lindo paseo por una estrecha punta de arena con muchas aves. También tocó sesión de peluquería y un almuerzo a orillas del mar con susto incluido. Resulta que en la mayoría de los pueblos pequeños de Chile han decidido aprovechar la sonorísima y casi dolorosa alarma para tsunamis/terremotos, para marcar las 12 del mediodía (a falta de campanas en una iglesia debe ser). El sonido apocalíptico de la alarma que recuerda las películas de guerra nos dejó fríos y desconcertados, pero al no ver movimiento alguno, decidimos no correr. Por suerte pasó en ese momento un transeúnte quien nos explicó con total serenidad y normalidad que la alarma marcaba las 12:00. La pregunta inmediata: ¿y si un día hay alerta de tsunami al mediodía?… 🤷🏻♀️
Después de la falsa alarma, nos dirigimos a Castro, la capital de la isla. Esta ciudad es famosa por sus afamados palafitos, unas antiguas casas de colores construidas a la orilla del mar sobre pilares de madera para evitar ser inundadas.
Como el clima no estaba de nuestro lado, tuvimos que aguantar bastante lluvia, pero no por eso dejamos de disfrutar de la ciudad. Para los pocos que se quedan en la isla en invierno, hay actividades culturales poco conocidas pero muy interesantes, como el museo de arte moderno, el MAM de Chiloé. El museo fue montado justo al lado del parque municipal de Castro. El proyecto sacado adelante por unos pocos artistas e inversores privados, junto con donaciones del extranjero, han logrado mantener el museo abierto con entrada gratuita (reciben donaciones), además de organizar residencias de artistas locales y extranjeros. Ahí nos quitamos el sombrero 👏🏼👏🏼👏🏼. El MAM se compone de varias casitas de madera, con una decoración sobria y acorde a la estética local. Allí apreciamos varias exposiciones, todas buenísimas.
El resto de nuestro tiempo en la capital de la isla fue dedicado a la gastronomía. Una noche nos deleitamos con las cervezas locales y las papas más ricas del mundo, la papa nativa (una de los más de 10 tipos de papa autóctona que tiene Chiloé). El último día paseamos por el mercado central, donde compramos todos los exquisitos productos locales que podíamos cargar en nuestra camioneta. Nuestra compra incluía los alimentos más deliciosos del país: el ajo chilote, las roscas chonchinas, la papa nativa, y el salmón ahumado (pescado en las aguas de en frente 🙂). Para terminar, disfrutamos al atardecer de unos ricos platos locales: una paila marina llena de cholgas (un mejillón gigante) y un salmón “a lo pobre” (con huevo frito, cebolla y papa 😋). La comida fue en el mismo mercado, donde todo era cocinado con amor e ingredientes frescos de ahí mismo.
Siguiente parada: Dalcahue. Esta pequeña localidad costera atrae turistas al albergar una de las conocidas iglesias. Sin embargo, el puerto, el mercado de artesanías y las cocinas sobre palafitos también hacen valer la pena la visita. Un cevichito fresco y seguimos.
Decidimos no entrar a los parques naturales que hay en la isla por qué la lluvia no daba tregua, así que no disfrutaríamos de los pocos senderos que había abiertos. Seguimos pues hacia Ancud, otro importante puerto al norte de la isla. En el camino pasamos por algunas de las famosas iglesias, algunas alejadas en pequeños pueblos donde no faltaba la alarma nuclear que marcaba las 12 del mediodía.
En Alcud nos dimos un corto paseo y tras el atardecer decidimos abandonar la isla y seguir nuestro rumbo septentrional.
Para regresar a Chile continental no hay otra manera que montarse a otro transbordador… (no puede seeer)
Así pues embarcamos el que sería nuestro último ferry en Chile! Weeeeeeee 👏🏼👏🏼👏🏼🎊🎉
Al otro lado nos esperaba Puerto Montt, una gran ciudad, a la que decidimos ir solo porque allí se encontraba nuestro salvador, don Anselmo.
La ciudad, de tamaño suficiente para que brote el caos urbano no logro retenernos mas que para un almuerzo rápido.
Llevábamos ya un mes sin gas, dependiendo de nuestra estufita de alcohol (que limita mucho la cocción) y pidiendo agua caliente en todas partes para nuestro café del desayuno… ya nos quedaba poca esperanza después de preguntar en cada pueblo y ciudad si nos podrían ayudar a llenar nuestros cilindros de gas. Afortunadamente el universo nos puso a don Anselmo en el camino. Un viejo sabio que lleva unos 40 años trabajando con el gas (en Chile es gasfitero), y muchos años llenando las botellas de extranjeros y europeos que pasan por el puerto de la ciudad.
Charlamos un rato con don Anselmo, quien nos contaba tranquilamente la historia de su vida, de cómo había migrado desde su pueblo natal, de su cirugía cardiaca y de cómo dependía de varios trabajos (y casi todo “en negro”) para vivir. Nosotros lo escuchamos en medio de la preocupación por el olor a gas y los escapes “controlados” por Anselmo. Él nos tranquilizó diciendo que lleva muuchos años haciendo eso (llenando cilindros de gas a ojo y oido con mangueras artesanales sin ningún tipo de medición ni seguridad). Más sabe el diablo por viejo que por diablo—y por suerte don Anselmo era bastante viejo… Además “a los vecinos no les molesta el olor, así que no dicen nada” nos decía.
Llenos de gas y felicidad, seguimos nuestra ruta al norte. Próxima parada: Puerto Varas.
En esta parte de la región ya se empiezan a ver los volcanes que caracterizan el paisaje. Al llegar a Puerto Varas, a orillas del lago Llanquihue, nos quedamos anonadados con la belleza de paisaje, con el atardecer y los volcanes Osorno y Calbuco de telón de fondo.
Con tanta emoción de haber recuperado el gas, nos fuimos a tomar cerveza a un bar-restaurante a orillas del lago sobre un palafito.
A la mañana siguiente, medio enguayabados, intentamos ir a ver unas cascadas cercanas, los saltos de Petrohué. Tras bordear el lago en medio de un aguacero, abortamos misión y decidimos seguir adelante hasta Frutillar.
Fue muy curioso llegar allí y ver un aviso de bienvenida en alemán en la plaza central frente al ayuntamiento. Frutillar es una importante colonia alemana que mantiene sus tradiciones. Hay tabernas con cerveza alemana, y en cada esquina venden la famosa Kuchen, una tarta dulce de fruta que ya es un producto gastronómico local (cualquier habitante lo pronuncia a la perfección sin acento). Por desgracia este pueblo es tan curioso como turísticamente explotado, y en invierno está medio muerto.
Pasamos entonces al siguiente lago en esta nueva ruta que básicamente iba de un lago a otro.
Paramos en el lago Ranco, mucho menos turístico pero igual de hermoso que sus vecinos. Tanto así que al llegar al pueblo de Futrono y hablar con una vendedora local nos preguntó: “muy lindo su viaje, pero que hacen aquí en Futrono?”. Disfrutamos de una tranquila noche a orillas del lago, frente al puerto donde embarcan los valientes que viven en una diminuta isla en medio del lago, la isla Huapi.


Sin darnos cuenta, ya estábamos en la siguiente región, la región de los Ríos (aunque seguíamos de lago en lago rodeados de volcanes).
Nueva región, nuevo capítulo…




























































Un relato fascinante!!!! Y las fotos, como siempre increíbles!!!!! Espero leer pronto vuestro nuevo relato 😘😘😘