Magallanes y Paine: la entrada trasera de Chile y el Disneylandia del trekking

Bienvenido a Chile, son 5 lucas* por persona. (*1 luca = 1000 pesos chilenos).
Así es. El primer chorro de agua fría al llegar al país vecino es que en Chile cobran casi hasta por respirar.
Después de conocer Tierra del Fuego, el fin principio del mundo, en el extremo austral del continente, nuestra siguiente parada era en las imponentes Torres del Paine. Para llegar allí teníamos que cruzar otra vez, de nuevo, el estrecho de Magallanes en ferry (menos mal son solo 20 min.). La primera impresión al llegar a las rutas de la región de Magallanes en Chile fue buena, al ver unas carreteras en buen estado, paraderos con techo, paredes y hasta enchufes de electricidad.

Llegamos a Punta Arenas donde paramos a reabastecernos e intentar (sin éxito) conseguir una batería en la afamada zona franca. Pasamos una noche en un camping gratuito (de los pocos en Chile!) muy cerca de la ciudad, donde disfrutamos de las últimas vistas del estrecho de Magallanes (que ya estábamos un poco hartos de cruzar).

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Nos dirigimos a Puerto Natales, una ciudad pequeña pero con mucho encanto, el centro de salida de muchos trekkings, y la puerta de entrada al parque nacional Torres del Paine: el Disneylandia del trekking.

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Ese título, tan gracioso como verídico, se lo ha ganado a pulso gracias a la explotación turística masiva que han realizado en el parque. Las protagonistas son las conocidas Torres homónimas, pero en el parque hay más de 200 km en senderos, tiene un área de 227.298 hectáreas, e incluye 6 lagos y 5 glaciares además de la increíble fauna y flora autóctona del lugar.

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Cuando hablamos con un guía del parque nos explicó que en temporada alta hay tanta gente que toca hacer fila para cruzar puentes peatonales de los senderos, y muchos campings y refugios no dan abasto (hay que reservar 6 meses antes si se quiere ir en verano). Además del gentío, los precios son alucinantes, y adaptados al turista gringo: cobran TODO por separado (el hospedaje, las sabanas, la ducha, el WC, la carpa, el saco de dormir…); de manera que le puede costar a una persona fácilmente unos $100-200 USD por día solo entrar al parque y dormir un par de noches ahí, sin ningún lujo y sin contar la alimentación por supuesto. La única ventaja de ir en verano es que no es imprescindible ir con guía. En temporada baja, por suerte no hay casi gente, pero en cambio es “obligatorio” ir acompañado de un guía autorizado. A parte de pagar el guía (cuesta entre 100 y 150 dólares por día), hay que pagar la entrada, que es más barata que en temporada alta, pero al final si se siguen las normas se acaba pagando el mismo precio de $100 por día. Nosotros fuimos afortunados, el cielo estuvo despejado, con sol de día y constelaciones de noche. Además, pudimos disfrutar del parque, de sus senderos y de vistas memorables (y no nos costó una fortuna 😉).

Hay dos circuitos famosos, la “W” y la “O”, que hacen alusión a la forma que toman en el mapa. El primero y más popular pasa por tres valles diferentes y el segundo rodea el macizo central pasando por los glaciares traseros. Para éste último es necesario contar con material técnico avanzado en temporada invernal por lo que lo descartamos.
Al ser temporada baja, los refugios y campings estaban cerrados también, pero por suerte podíamos dormir en nuestra casita sobre ruedas sin problema en la parte baja del parque.

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La primera noche nos quedamos en un camping cerca de la salida del sendero a la base de las Torres. El despertador estaba puesto a las 6:30 de la mañana, para comenzar el camino de noche y poder disfrutar de las majestuosas Torres al amanecer. La madre naturaleza nos mandó despertar media horita antes, con un ratoncillo de campo que encontró el único agujero en nuestra camioneta (la ventilación del gas) y se zampó tremenda comilona con todos nuestros víveres… (las consecuencias de la visita del tierno roedor serán motivo de otra historia más adelante 🐀).
Ya despiertos, empezamos el camino llenos de ilusión y anonadados con el cielo estrellado que nos hacía de techo mientras comenzábamos la subida a la soñada montaña. Unos 10 km y 800 m de subida después, llegamos a la base de las Torres del Paine. La mandíbula se cae por gravedad solo con verlas de tan cerca, y la piel se eriza como gallina recién desplumada. Por si fuera poco, la Pachamama nos tenia otra sorpresa: mientras disfrutábamos a solas de las vistas (todo un lujo sabiendo cómo está en verano), un cóndor de los Andes pasó a saludarnos, sobrevolando a apenas 20 m de nuestros ojos y bocas que no podíamos cerrar. Una experiencia inolvidable y difícil de superar.

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La segunda noche los cielos seguían despejados, y las estrellas seguían destellando encima nuestro. Al despertar, las vistas del macizo central del parque nos hacían sonreír de nuevo.

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Segundo trekking: el lago Grey y su glaciar. Desde el estacionamiento del lago se pueden hacer varias caminatas. Un pequeño sendero de 5,3 km sin casi desnivel permite ver la amplia playa en las orillas del lago Grey, y contemplar los témpanos con el glaciar de fondo.

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Un poco más exigente es la subida al mirador Ferrier, con 3 km de sendero y 600 m de desnivel para llegar al mirador. Después de recuperar el aliento, disfrutamos de las hermosas vistas: el glaciar Pingo a lo lejos, el glaciar Grey de frente, y el cerro Paine Grande con los Cuernos del Paine a un lado.

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El tercer y último día en el parque subimos al mirador Cóndor (1,3 km y 210 m de desnivel) desde el cual nos asombramos con la vista. Una “visión de cóndor” del macizo central del parque, con el cuerno y las torres en el centro y un magnífico atardecer de telón de fondo. Una despedida sin igual.

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Después de gozar esos tres días, los cielos se nublaron, y comenzó la lluvia que tanto abunda en la región. Era la invitación a dejar el parque y seguir la ruta.

A parte de visitar el parque, en Puerto Natales nos esperaba un reencuentro sorpresa: el universo nos juntó nuevamente con Lucas y Margot. Así pues, disfrutamos de un buen rato y unas cervezas en compañía de ellos.

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Nuestro siguiente destino sería la carretera austral, otra maravilla de la naturaleza que esconde Chile en sus entrañas montañosas y boscosas del sur. La Austral comienza técnicamente en la ciudad de O’Higgins, pero el único acceso por tierra es desde el norte por esa carretera. No hay acceso desde el sur. De manera que para llegar a la Austral teníamos dos opciones: volver a Argentina para subir por el camino recorrido (la 40 y su ripio endemoniado), o bien coger—no se lo van a creer— UN FERRY (fuera de chiste, en el sur de Chile el transporte marítimo es bastante necesario). El ferry de 42 h de duración–sí, cuarenta y dos horas! 😱– zarpaba en 3 días (solo hay 2 al mes en temporada baja), el tiempo preciso para descansar de los duros trekkings y reponer provisiones.
Finalmente, nos llegó el duro momento decisivo: ¿ferry o reversa por la 40?

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