Eclipsados aún por la belleza del Chaltén fuimos a parar al Calafate. Una ciudad a orillas del lago Argentino que no tiene nada especial que ofrecer a parte del gran atractivo turístico cercano, el glaciar Perito Moreno. Desde la calle principal de la urbe pueden contratarse infinidad de actividades para disfrutar del gigante de hielo. Desde caminar esquivando sus milenarias grietas, hasta navegar o hacer kayak a sus pies. En resumen, más explotado no puede estar. Igualmente la visita merece la pena, no solo por sus 254 km2 de hielo, sino porque es de los pocos glaciares en el mundo que no para de crecer, y también el que se puede visitar más de cerca.
Aprendimos que no es el único glaciar en esta región, sino que forma parte del Campo de Hielo Patagonico Sur, de 370 km de extensión, conformado por 48 glaciares principales (+ 100 menores) repartidos entre las cordilleras de Chile y Argentina. Una maravilla al alcance de pocos aventureros con la técnica y el dinero suficiente.

Nosotros optamos por el plan más popular, hacer los recorridos a pie por las pasarelas del Perito Moreno. Dormimos en un cercano camping desde donde madrugamos para poder invertir el día entero entre los senderos y vistas del glaciar.
Afortunadamente para nosotros el día era soleado, y además de hacer más agradable nuestra caminata, acrecentó la cantidad de desprendimientos.
Nos apilábamos junto con los otros turistas en los miradores cercanos, todos expectantes a la espera de que cayera otro “pedacito” de hielo (que podía ser tan grande como una casa) desde los 70 m de altura del frente de don Perito. El estruendo de la fractura del hielo y el propio desprendimiento se oía varios segundos después del impresionante fenómeno natural. Nos ponía la piel de gallina, y nos dejaba boquiabiertos, por un instante pensando que se acababa el mundo. Ese sonido explosivo y las enormes olas que se forman al caer ayudan a perfilar su brutal tamaño.
Después de pasar unas 6 horas detallando el glaciar por todos los ángulos posibles, nos fuimos eufóricos.
Solo una cosa enturbió un poco esa alegría, y la felicidad de haber conocido esa maravilla mundial. Tuvimos que despedirnos del que había sido nuestro compañero de viaje durante 3 semanas, nuestro parcero Uruguayo, el maestro pizzero y vikingo generador de buena onda, el Marce. Lo dejamos al día siguiente antes de cruzar la frontera para Tierra del fuego. Entre abrazos llenos de felicidad por lo compartido y tristeza por dejarlo, se bajó en un control de la gendarmería a la espera de que lo llevaran a dedo hasta Buenos Aires, a 3000 km. Llegó bien y feliz de ver a su familia y amigos de nuevo, pero su gran energía la notamos a faltar.

Así pues, poco a poco nos acercábamos a nuestro destino más austral en el continente sudamericano, el famoso “fin del mundo”.
Medió apresurados por el invierno que nos acechaba nos dirigimos a Ushuaia, en la isla de Tierra del Fuego.
¿Conseguiremos ver un pingüino?

















