Después de tantos kilómetros conduciendo, 60 km antes de llegar al destino comenzamos a vislumbrar la imponente silueta del Fitz Roy (o cómo lo llamaban los indígenas el monte Chaltén). La llegada fue hermosa con un cielo semidespejado que nos mostraba un abrebocas de lo que nos esperaba.
Ya en el pueblo decidimos alojarnos en el hostal Hem Heru, donde teníamos espacio para aparcar nuestra casita y sembrar la tiendita de Marce. Nuestra experiencia en el joven pueblo (fundado por autodeterminación en 1985) no hubiera sido la misma si no nos hubiéramos alojado en ese lugar. El ambiente familiar y algo despreocupado del lugar encaja muy bien con la filosofía del Chaltén. Es de los pocos lugares en Argentina donde disfrutar de las montañas y sus paseos es gratuito, gracias en parte a sus habitantes y fundadores que defienden a capa y espada la libertad y gratuidad de la naturaleza, algo que no abunda en Sudamérica.
Siguiendo los consejos de los lugareños hicimos 3 trekkings maravillosos. El primer día y aunque el tiempo no acompañaba mucho, decidimos hacer el más conocido de los ascensos del lugar, la subida a la base del monte Fitz Roy. Una caminata de 20km con 800 m de desnivel que completamos en apenas 5h. Las otras 3h restantes las pasamos en la base esperando ansiosos que la majestuosa montaña se dejase ver entre tanta nube. Tristemente no fue así, pero disfrutamos igualmente del colorido paisaje otoñal y del entorno del parque nacional de los glaciares que cuenta con decenas de ellos distribuidos en más de 1800 km de cordillera andina. Pudimos deleitarnos con la fauna y flora local, con bosques de lengas y ñires, y animales increíbles cómo el huemul.
Por si todo esto no fuera suficiente, tras nosotros llegaron la pareja de franceses que habíamos remolcado hacia unos días en medio de la ruta 40. Decididos a agradecernos el favor, insistieron (aunque no hizo falta mucho) en invitarnos a unas cervezas. Una cerveza llevo a la otra y las cervezas llevaron al fernet que acabamos compartiendo hasta altas horas en el hostel donde nos alojaríamos juntos los días restantes.
El segundo día todavia afectados por la animada vida nocturna Chaltenense, caminamos otros 20 km de ida y vuelta para ver el cerro Torre y el glaciar que descansa a sus pies. El paseo lleva a un lago donde drena el agua glaciar. Allí los locos de Alejandro y Marce decidieron pegarse el anunciado gélido chapuzón para culminar en lo más alto la carrera de los baños andinos.
Veronica no se bañó, pero mientras andaba sigilosa entre los bosques tuvo la suerte de que la visitara un huemul. Un ciervo andino en peligro de extinción por la expansión de la civilización a las zonas donde habitaba y donde se encuentra el alimento que necesita. Dada la urbanización de su hábitat se ha visto obligado a migrar a otros lugares donde no es capaz de conseguir todos los nutrientes que necesita. Fue una suerte poder ver y que se acercase uno de los 250 ejemplares que se estima quedan en los Andes de esa región.
Ya el último trekking fue un extra a los recomendados al público general. Uno de los trabajadores del hostel, un porteño harto de Buenos Aires que se refugió en la tranquilidad de la montaña, nos recomendó subir al Lomo del cerro Tumbado. Un paseíllo, de otros 20 km–para no perder las buenas costumbres–, con 1100 m de desnivel desde el que pudimos apreciar vistas de todo el valle. Es hermoooooooso, olvidáte loco… como dicen los Argentinos, pero con un viento de la ostia como diría un Vasco; con unas vistas que estaban de mah (de más) decía el uruguayo, y para ascender a la cima una subida ni la hijuep*ta dijo el colombiano.
En resumen, una semana para recordar. Llena de lugares irrepetibles y gente maravillosa. Sin duda animamos a cualquiera a ir y relajarse entre sus gentes y montañas. Realmente inolvidable.












































