Cansados de estar a remojo entre tanto lago pusimos rumbo al sur hacia las imponentes montañas de la Patagonia.
Nuestra puerta de entrada fue el pueblo del Bolsón, un famoso no tan pequeño pueblo jipi que ya no es tan jipi. Allí ya se vive más la montaña y se pueden hacer varios trekkings para ejercitar el cuerpo en medio del bonito paisaje andino.
El pueblo/ciudad parece tener muy buen ambiente en temporada alta, con mercadillos y ferias casi a diario y con una rica vida cultural. Nosotros fuimos al final de la temporada alta, así que a parte de los trekkings apenas había cosas que hacer en el pueblo. Nos quedamos un par de días para lavar la ropa y visitar el famoso mercado artesanal en el que pudimos aprovisionarnos de frutas y verduras frescas de proximidad. Aunque hay que decir que no todo lo que hay en el mercado es tan sano. Influenciados por el dulcero Marce caimos en la tentación de unos deliciosos alfajores artesanales. También probamos una de las tantas cervezas locales, ya que en la patagonia se cultiva la mayoría del lúpulo de todo Sudamérica.
Además de llenarnos la panza también quemamos calorías haciendo varios trekkings en sus montes cercanos. Decidimos hacer una escapada de 2 noches y 3 días para hacer los trekkings del Hielo Azul y el Cajón Azul que nos habían recomendado.
Después de registrarnos en la oficina de montaña tuvimos que dejar nuestra casita por primera vez en el viaje. La aparcamos en una estancia privada desde donde salían varios de los senderos.
Cargados cada uno con una mochila de más o menos 10 kg de material y comida emprendimos la primera etapa.
Pese a que Alejandro se encontraba a medio gas, ya que una otitis le estaba minando las fuerzas, el primer día recorrimos 11 km con 1100 m de desnivel hasta el primer refugio. El camino entre bosques de lengas es hermoso, pero lo más increíble que llegó incluso a eclipsar al paisaje andino fue que se nos atravesó un puma! Sí amigos, nos dejó sin palabras (no hay foto porque el encuentro fue fugaz, apenas Marce le vió la cola mientras huía).
Para nuestra sorpresa, los refugios resultaron ser diferentes a los que conocíamos al otro lado del Atlántico. El primero no era nada del otro mundo y cobraban solo por acampar en el terreno. A parte de eso no te ofrecen nada más. Por todo había que pagar (y más bien caro). No obstante, pudimos hacer fuego y preparar una sopa caliente después del duro trekking.
A la mañana siguiente subimos a visitar el glaciar Hielo azul que estaba “cerca” del refugio (a 1,8 km con 460 m de desnivel).
Luego bajamos todo lo que habíamos subido (7,4 km y 920 m) por un sendero de dificultad media que se nos hizo muy pesado ya que mucho tramos estaban sin marcar porque se los había devorado la madre naturaleza.
El segundo refugio resultó ser más agradable. Primero, porque estaba al lado del río y nos deleitamos con un refrescante baño después de la paliza. Segundo, porque las instalaciones estaban mucho mejor; y tercero porque probamos por primera vez la pastafrola casera. Descansamos plácidamente y compartimos charlas a la luz del fuego con otros dos grupos de caminantes argentinos.
A la mañana siguiente visitamos el Cajon Azul, un cañón enclavado en la montaña. Hasta el nacimiento del río homónimo nos acompañó durante varios kilómetros uno de los gatitos del camping.

Al final de la jornada recuperamos la furgoneta sin incidencias y pernoctamos a las afueras del Bolsón, en la tranquilidad al borde de un río. Como la mayoría de las noches, estábamos anonadados con el cielo estrellado y Veronica siguió aprendiendo astrología austral.

Antes de nuestra siguiente parada, El Chalten, pasamos por Esquel. Esta ciudad tenia poco que ofrecer a parte del lago Zeta en el que dormimos y donde degustamos unas exquisitas pizzas de mano del maestro pizzero uruguayo.


Nos quedamos con ganas de visitar la cercana reserva indígena de los tehuelches y mapuches, que todavía hoy viven de sus artesanías y conservan sus costumbres y raíces (al ser temporada baja solo se puede visitar un día a la semana).
Aún indecisos por la ruta que tomaríamos para bajar hasta Usuhaia paramos en Trevelin. Un curioso pueblo galés en medio de la patagonia argentina.



Dudábamos entre bajar por Chile y su famosa carretera austral (que tenia más que ofrecer) o continuar por la más “rápida” ruta 40. Gracias a un encuentro fortuito en una gasolinera con unos paisanos nómadas de Alejandro (@a35mmporhora) finalmente escogimos seguir por Argentina. Descansamos junto a un rio en la galesa ciudad y llenos de decision y energías confrontamos la 40 otra vez!! Próximo destino: el Fitz Roy 💪🏿


























Que gusto!!! Quien se escondía en el árbol???? 😉 BESOS