La ruta de los 7 baños

Después de atravesar la pampa y de recorrer uno de los tramos más duros de la ruta 40 nos adentramos en una de las regiones más famosas de Argentina: la zona de los lagos. Se llama “de los 7 lagos” pero en realidad son decenas de lagos y lagunas. Nosotros decidimos honrar su nombre haciendo 7 baños en los lagos principales.
Acercándonos a la Patagonia, ya sentíamos el frío cada vez más cerca (temperatura media 5-15ºC), pero eso no impidió que nos echáramos un chapuzón cada vez que teníamos la oportunidad.

Nuestra primera parada fue cerca de Junín de los Andes, en un lago que nos recomendó la veterinaria, el Huechulafquen (tan bonito como difícil de pronunciar). Muy cerca del lago está el volcán Lanin, uno de los volcanes aún activos de la zona. Como no había riesgo de erupción decidimos acercarnos a sus pies para pasar una noche a orillas del lago. La llegada no fue nada fácil, un camino de ripio, un aguacero torrencial y la poca luz después del atardecer nos hicieron sudar. Llegamos pero no pudimos disfrutar de las vistas hasta el día siguiente por la lluvia.
El merecido regalo tras el amanecer fueron las vistas del lago y el volcán que nos dejaron boquiabiertos.

A pesar del frío y el viento, Alejandro tenía sus escamas casi secas y ya estaba necesitando un baño en el agua.
Así que ahí fue su primer baño, en las gélidas aguas del deshielo.

El primer pueblo de la famosa ruta de los lagos es San Martín de los Andes, un pequeño pueblo donde ya es evidente la explotación turística de la zona. Casitas de madera típicas de montaña, una vía principal llena de chocolaterías y tiendas de souvenirs. De ahí en adelante casi todos los pueblos sobre la ruta de los lagos son iguales. En San Martín nos atravesamos con unas aves autóctonas que andaban por las calles, nos aprovisionamos y seguimos la ruta.

A lo largo de la ruta se puede disfrutar de las impresionantes vistas de la boscosa cordillera andina y los lagos de agua cristalina.

La siguiente parada fue uno de los lugares más especiales para nosotros: el lago Meliquina. Aunque la carretera principal que recorre la zona de los lagos está toda asfaltada, algunos como Meliquina están lejos de la carretera y para llegar a ellos hay que atravesar tramos de ripio con paciencia. Después de solo 15 km que tardamos 1 hora en recorrer, las vistas que nos recibieron hicieron que valiera la pena.
Pasamos la noche a orillas del lago, solos y bajo uno de los cielos más estrellados. Al amanecer las vistas eran igual de increíbles. Un espectáculo de noche y de día.

Villa Lago Meliquina es un minúsculo pueblo a orillas del lago con unas pocas “calles” de tierra y una decena de casas. Cuenta con un centro cultural muy chévere donde se puede comer, hospedar y disfrutar de la música y el buen ambiente (cuando está abierto, en temporada alta, claro). Nosotros lo encontramos cerrado por desgracia, pero nos lo recomendaron mucho, y tiene muy buena pinta. También hay algunos restaurantes y pocos hospedajes en el pueblo, tiene mucho potencial. Tal vez ahora sea más especial al no tener energía ni asfalto para llegar allí. Ojalá que no lo exploten hasta arruinarlo…

Después de seguir disfrutando de las vistas en la ruta y de otros lagos fuimos a ver unas cascadas que nos recomendaron. Las cascadas de Ñivinco están cerca de la ruta. Solo había que tomar un desvío y caminar 4 km hasta llegar allí. El camino es fácil y hermoso, atravesando un bosque denso de una planta de la familia del bambú.

Las cascadas son preciosas y por supuesto nos invitaron a meternos en sus heladas aguas.

Aquí fue donde Marce aprendió que el frío solo está en la mente. Después de tirarse de cabeza al agua cristalina y casi congelada no hubo vuelta atrás. Marce descubrió el placer de un baño helado revitalizante. De ahí en adelante Alejandro y Marce siguieron la carrera por la ruta de los 7 baños, un baño por cada lago que visitábamos. Esto en realidad no era más que el entrenamiento para el soñado baño en las aguas de un glaciar patagónico…

Seguimos la ruta de los lagos y los baños gozando del paisaje y el buen tiempo que nos acompañaba.

El siguiente pueblo en la ruta es Villa la Angostura, con su calle principal siendo casi una fotocopia de los otros de la ruta. El principal atractivo de este pueblo es el bosque de Arrayanes, un árbol que abunda en la zona y que han sabido explotar para atrapar al turismo de masa: 8€ por entrar a un bosque donde hay que caminar 12km de ida para ver unas pasarelas donde han plantado un denso bosque (artificial?) del árbol. Por supuesto que se pueden evitar los 24km de caminata, pagando un catamarán que vale 20€ más… Por suerte no caímos en la trampa, ya que el árbol crece en todos los bosques de la zona, y se pueden ver zonas más silvestres y menos explotadas, pero igual de bonitas.

Una curiosidad del arrayán, a parte de su llamativo color naranja, es que siempre está frío al tacto, varios grados de diferencia comparado con los demás troncos que lo rodean.

Hay otro paseo que sí vale la pena en Villa la Angostura, subir a los miradores que hay en su península. Desde lo alto pudimos asombrarnos con las vistas sobre el lago Nahuel Huapi y disfrutar de un espléndido atardecer.

Pasamos la noche en una playa cercana a orillas del mismo lago, al lado de unos suizos que venían haciendo el camino contrario al nuestro, desde Ushuaia hacia al norte. Como en muchos encuentros en la ruta con otros viajeros overlanders intercambiamos consejos e historias.

El séptimo baño fue justo antes de llegar a Bariloche donde acaba la ruta de los lagos en el Nahuel Huapi. A Alejandro le terminó dando una otitis externa de tanto baño… menos mal trajimos un mini hospital encima para poder tratarnos sin tener que parar en la ruta.

Una corta parada en Bariloche (otra fotocopia de pueblo) nos bastó para subir a uno de los miradores más bonitos que tiene: el cerro Campanario. Desde lo alto se pueden ver casi todos los grandes lagos que rodean la zona, los cuales habíamos visto de cerca en nuestro recorrido.

En seguida continuamos la ruta hasta el Bolsón, nuestra siguiente parada.

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