De cómo nuestra casita atravesó el Atlántico sin morir en el intento

Ro-Ro, B/L (Bill of Lading), flete, despacho aduana, gastos BOF, BAF o DAT…
Parece mentira que hace cinco meses no supiéramos que significaba ninguno de estos términos. Así empezó lo que serían meses de descubrimiento y aprendizaje sobre terminología portuaria. Un par de meses más y ya podemos montar una empresa de logística y transporte marítimo.

Cuando todo empezó teníamos una idea bien diferente de cómo queríamos mandar la furgoneta, habíamos leído y nos habían comentado que la opción de enviarla en contenedor era relativamente fácil y más segura. Con la energía y la ilusión de comenzar el viaje nos dispusimos a buscar empresas de transporte marítimo que pudieran aceptar nuestra furgoneta en un contenedor. Durante esa búsqueda fue cuando más leímos y aprendimos sobre los términos y lo complicado de la logística entre mares. Después de escribir casi un centenar de e-mails y recibir otro tanto de respuestas negativas nos encontramos de frente con la dura realidad, no es tan fácil.

Sin darnos cuenta, habían pasado casi dos meses y no habíamos conseguido nada, así que decidimos buscar otras opciones. La única alternativa que encontramos fue el envío por Ro-Ro (roll on – roll off), lo cual implica darle las llaves del vehículo a la naviera para que sean ellos quienes suban y bajen el vehículo del barco. Esta opción (mas barata) implica un mayor riesgo, ya que durante la travesía son muchas las paradas y la gente que puede acceder al mismo. Ahora bien, cuando contactamos con la empresa con la que haríamos el envío este porcentaje (de robo o daño) lo fijaban en un 1%–que se incrementaba si se dejan objetos personales o de valor en el interior (tipo portátiles o cámaras). También preguntamos a la gente que había enviado por Ro-Ro y sus experiencias fueron positivas así que nos aventuramos a hacerlo. Nos recomendaron separar la parte del conductor de la trasera para impedir el acceso y minimizar el riesgo, pero pensamos que cuanto menos papaya mejor. Así pues, cambiamos el planteamiento inicial que teníamos de mandar la furgo hasta los topes y la vaciamos al mínimo (dejamos cosas como herramientas o la rueda de repuesto que no se aceptan como equipaje de mano en el avión ja). Pensamos que si parecía vacía y estaba todo a la vista llamaría menos la atención.


La empresa con la que finalmente contratamos el viajecito fue Seabridge, y aunque podíamos haberla subido en el puerto de Bilbao que era el mas cercano, la decidimos enviar desde Amberes ya que era el punto de partida del barco y nos ahorraba tiempo y dinero–además de disfrutar del viaje hasta allí.

El puerto de Amberes es después del de Rotterdam el segundo más grande de Europa. Su inmensidad es tal que abarca el tamaño de varios pueblos juntos. Aunque ya es enorme no para de crecer, y hay pueblos como Doel que resisten con su pequeño tamaño a la invasión del monstruoso gigante. Doel, que merece un capítulo a parte, es un pueblo que intentaron expropiar sin éxito para agrandar el puerto. El gobierno ha conseguido desalojar (a la fuerza o comprando terrenos) a la práctica totalidad del pueblo, hoy en día solo quedan 18 valientes habitantes resistiendo. Allí llegamos todavía confundidos por la inmensidad del puerto en medio de la noche. Nos recibió un desolado pueblo con un aire post-apocalíptico que bien podría haber sido sacado de una película de zombis, lleno de casas abandonadas y grafiteadas. En lugar de zombis solo había unos pocos gatos merodeando las calles. En este bizarro pero tranquilo lugar pasamos la última noche en nuestra casita al este del Atlántico.

A la mañana siguiente llenos de incertidumbre y con una mezcla de sentimientos entre felicidad y tristeza dejamos nuestra casita en un mar de vehículos, en tierra de camioneros.

Así empezó oficialmente nuestra aventura. Hasta ese momento nada era tangible, todo eran trámites en papel. Ahí fue que empezamos a saborear nuestro sueño haciéndose realidad. Mochilas en mano, con el equipaje necesario para vivir de mochileros unas semanas, cogimos rumbo de vuelta a Pamplona para terminar de hacer las maletas de nuestra nueva vida en la ruta. Allí también esperaríamos pacientemente a que pasaran los días y nuestra camioneta se acercara poco a poco a nuestro primer destino (Montevideo,Uruguay).

En las diferentes paginas que consultamos ya advertían de los frecuentes retrasos de las navieras (como si aun hoy en día dependieran del viento para avanzar en el mar…). Nuestra teoría es que los retrasos tienen más que ver con el ritmo italiano de la vida, ya que la naviera era Grimaldi…
Efectivamente, a pesar de que el plazo inicial del viaje transatlántico era de 32 días, cada semana se retrasaba más y más la salida–y la llegada– del barco. La salida estimada inicial era el 30 de enero, y una semana antes ya se empezó a retrasar. Dejamos nuestro vehículo el 28 de enero, supuestamente 2 días antes de la salida, pero terminó zarpando el 12 de febrero. El barco de carga Ro-Ro de Grimaldi es en realidad como un bus para vehículos que va parando en muchos puertos. El nuestro salía de Antwerp, subía a Hamburgo para llenar la carga, después iba hasta Senegal, luego cruzaba el Atlántico hasta Brasil donde paraba en varios puertos, de ahí bajaba a Buenos Aires, y finalmente atracaba en Montevideo.

Elegimos el puerto de destino en base a recomendaciones de varios sitios, ya que al parecer era más tranquilo y los trámites eran “más sencillos”.
Afortunadamente (o desafortunadamente), la naviera nos facilitó un enlace en la web para seguir las coordenadas en tiempo real de la posición del barco. Obviamente lo mirábamos casi cada día y afrontábamos la dura realidad del constante retraso del flete marítimo.
Nosotros ya teníamos reservado un vuelo hacía 3 meses para Montevideo, pensando que llegaríamos solo unos días antes que nuestra camioneta para recibirla sin más esperas. Que ingenuos. 🤦🏾‍♂️
Con tanto retraso hasta buscamos la opción de cambiar el vuelo, pero era tan caro que decidimos volar y esperar pacientemente en Uruguay la llegada de nuestra casa. Fue tal el retraso que nos dio tiempo de recorrer todo el país de mochileros (hay que decir también que Uruguay no es tan grande).

Los tramites para la recogida de la camioneta ya los habíamos mirado, y gracias a los tips de los viajeros de Van Travelers, pudimos adelantar algunas cosas mientras esperábamos (como ir a la oficina de migración y a las oficinas de KMA–el encargado de la logística). De hecho, gracias a ellos decidimos hacer todos los trámites nosotros mismos, sin contratar a un agente de aduanas como lo recomendaban los de Seabridge (luego vimos que es casi imprescindible si no se habla español… vimos a un alemán en apuros).


La vuelta no suena tan complicada: primero se paga el envío como tal a Seabridge (que hace de intermediario con Grimaldi). Una vez en el destino, se necesita un certificado de migración (conforme se entró legalmente al país), pagar la logística del puerto a KMA, y hacer la declaración en la aduana (conforme se está ingresando un vehículo privado temporalmente, lo único gratuito). Finalmente se paga una tasa en la agencia portuaria y se recoge el vehículo en un almacenamiento temporal (donde descansa desde que lo bajan del barco), y ¡listo!


Antes de sacar el vehículo del puerto Aduanas hace una pequeña inspección y otorga el papel con el que se puede circular (por un año) en el país.
Pan (casi) comido.
El trámite supuestamente se demoraba 3h, nosotros tardamos 5h que en realidad fueron 2 días porque en el puerto casualmente había paro el día que fuimos a buscar la camioneta. 🤷🏻‍♀️

Entonces cuánto vale la vuelta?

  • Flete marítimo (el envío): 1500 €
  • Certificado de migración: 5 €
  • Logística portuaria: $710 USD
  • Tasa agencia portuaria: $19 USD

En resumen, por la módica suma de 2150 € (o $2400 USD), aproximadamente, se puede mudar un pequeño hogar rodante del viejo al nuevo mundo. Muchos nos preguntaban si realmente merecía la pena… Pues para ponerlo en contexto eso pueden costar 2 billetes en clase económica en temporada alta para cruzar el Atlántico en avión (sin carro)–nosotros volamos por 300 € cada uno en temporada baja. Es decir que por unos 1300 € cada uno, tenemos transporte y hogar nómada en las Américas.

El pequeño esfuerzo vale absolutamente la pena.

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