La otra cara de la moneda es la costa del este uruguaya. Mucho más turística y explotada pero no por eso menos encantadora.
Esta vez nos fuimos de mochileros de verdad, para explorar todos los rincones sin límites de tiempo. Eso implicaba coger buses interdepartmentales, que en temporada baja no es tarea fácil. Otra opción hubiera sido a dedo (que hasta nos hubiera ido mejor), pero no nos arriesgamos porque en realidad sí teníamos límite de tiempo: nuestra camioneta ya estaba a este lado del Atlántico en la costa brasileña (contra todo pronóstico se adelantó su llegada).
Así pues, cogimos un bus hasta la parte más septentrional de la costa (casi), para recorrerla de arriba a bajo y terminar en Montevideo nuevamente. Nos habían dicho que en el noreste están las playas más «vírgenes» y los lugares más bonitos. No nos mintieron.
El primer paradero fue Punta del Diablo, un bonito pueblo de pescadores que ahora vive del turismo pero sigue conservando su encanto. En esta zona de la costa han venido muchos para quedarse, desde jipis que llegaban con un billete de sólo ida hasta algunos viajeros que fueron atrapados por las buenas vibraciones y ahí se quedaron. Como ya es costumbre en muchos de nuestros destinos, la calle principal estaba llena de artesanos.



Sin reserva de hotel ni hospedaje por suerte fuimos abordados por Facu, un argentino del staff de «Vente al diablo hostel». Allí decidimos hospedarnos y fue una excelente decisión. Dormimos plácidamente en nuestra carpita en el jardín del hostal, y aprovechamos las instalaciones que estaban muy bien.

Al día siguiente gracias a las recomendaciones de Ignacio (el encargado del hostal) alquilamos unas bicis y fuimos a conocer el Parque Nacional de Santa Teresa, una hermosa zona protegida a orillas del mar con playas impolutas y una reserva de vegetación con bosques que resguardan monos, ciervos y una abundante fauna aviar.







Después de casi 20 km pedaleando y un merecido baño en el mar, dimos una última vuelta por el pueblo de despedida y emprendimos la ruta hacia el siguiente paraíso costero.
El viaje no fue nada fácil. Gastamos casi un día entero para ir a un sitio que estaba solo a 60 km.





Conseguimos llegar después de haber estado pocas horas en el bus, muchas horas atrapados en el pueblo con la mayor tasa de suicidio de Uruguay, empaparnos de la cabeza hasta los pies y de un intento fallido de sacar plata del cajero de la «ciudad» más cercana a ese tramo de costa (según el señor del banco el cajero no funcionaba bien… desde hace 5 meses 🤦🏻♀️) . El destino merecía haber estado todas esas horas de viaje y más. Cabo Polonio tenía un rinconcito en ese paraíso terrenal esperándonos.
Llegar hasta Cabo Polonio ya es por sí solo una experiencia increíble. El ómnibus te deja en la estación de entrada al cabo, donde hay que coger un camión 4×4 que atraviesa en 30 min un paisaje de dunas rodeadas de bosques por un camino apenas marcado sobre la arena (en distancia son solo 7 km para que se hagan una idea de lo salvaje que es el camino).

Nuestra llegada fue dura. Aún en medio de la lluvia y ahora en medio de la oscuridad de la noche (ya se nos había olvidado lo que se siente estar seco), llegamos. A dónde? Ni idea. El camión nos dejó en medio de la arena (mojada) en la penumbra. Sabíamos que estábamos cerca al mar porque se oía, pero lo que es ver, un carajo. Cada uno de los 20 pasajeros se bajó y cogieron caminos diferentes en medio de oscuridad que no parecían conducir a ningún lado más que a la absoluta nada.
Linterna y GPS en mano (gracias dios de la tecnología 🙏🏿) seguimos un «camino» que nos llevaría al hostal que habíamos reservado por internet. Allí nos recibiría Marce el host con mejor onda que hemos conocido nunca, con el que entablamos una linda relación al instante, y nuestro primer parcero uruguayo.
Él nos acogió como en casa y nos dejó una habitación con balcón y vistas al mar. Nos dijo algo como: «mañana cuando se levanten se van a quedar sin palabras». No podía tener más razón. El universo no solo nos puso a Marce en medio de nuestro camino sino que además pudimos disfrutar de la habitación para nosotros solos (era de 4 camas). Esto nos fue de lujo para extender toda nuestra ropa que se había mojado en el viaje.







Al día siguiente empezamos a ser capturados por el espíritu de ese lugar, cautivados por la buena onda y el ambiente que había con Marce y los únicos otros huéspedes del hostal, Facu y Nico, unos platenses que repetían por tercera vez ese viaje al paraíso de Polonio.
Fuimos a caminar por el pueblo, entre sus «calles» a veces marcadas con cuerdas de buque entre la arena y por sus playas vírgenes rodeadas de dunas.





También pudimos ver de cerca la pequeña colonia de leones y lobos marinos que allí viven. Tras disfrutar de las vistas y verlos jugar en el agua y parchar en las rocas, los entendimos perfectamente. Eso sí, nos quedamos con ganas de abrazarlos (para eso hay que meterse al agua, y ese día la marea no acompañaba). Solo Alejandro se metió al mar porque es mitad pez.



Entre las agradables charlas bajo la poca luz que había (de LEDs alimentadnos por paneles solares; casi toda la energía del cabo es eólica o solar, no hay red eléctrica), disfrutar de la música, de las estrellas y del mar, los 3 días que estuvimos allí se pasaron volando y nos supieron a poco. Casi somos una víctima más atrapada por el cabo.
Pero teníamos que seguir nuestro viaje.
Cogimos el camión 4×4 de vuelta desde Cabo Polonio, esta vez de día y sin lluvia así que pudimos apreciar la belleza del entorno y de las dunas.

Tras un corto viaje aterrizamos en La Pedrera que como dijo nuestro amigo Marce “después de Cabo Polonio todo es pa bajo”, y así fue. Nos recibió un hostel medio desértico y con un ambiente decadente igual que toda la zona de La Pedrera y alrededores que queda desértico al finalizar la temporada alta. Solo pasamos una noche por el mal tiempo y las pocas cosas que nos ofrecía el lugar. Seguro que en temporada alta cuando esté todo a pleno rendimiento el ambiente será mucho mejor, porque las playas son bonitas y el pueblo tiene mucho potencial.

Antes de irnos pasamos por la oficina de turismo donde nos confirmaron nuestras sospechas, en esta época no hay nada que hacer (eso nos dijo literalmente y nos preguntó si ya habíamos ido a Cabo Polonio ja). Acto seguido nos subimos en el primer bus de salida hacia La Paloma, la “ciudad” con mayor oferta de la zona.
Al llegar a la Paloma no nos sorprendió tanto el pueblo como el alojamiento que elegimos. Efectivamente hay más vida pero no es para tirar cohetes, tiene playas extensas para disfrutar del surf, una calle con restaurantes y comercios, un faro y un puerto que amenizan la estancia.



Allí probamos por primera vez la pizzanesa napolitana : una milanesa (filete de res rebozado) con tomate y queso por encima sobre una base de patatas fritas. Tan grasienta como deliciosa.

Peeero lo mejor sin duda fue la estancia en casa de Ana. La casa donde nos hospedamos era enorme con jardín propio, parrillero ( por supuesto), hamacas y mecedoras. Todo muy lindo y acogedor. Allí repusimos fuerzas, dejamos pasar la tormenta resguardados, lavamos la ropa (necesario después de dos semanas de hostel) y disfrutamos del mejor desayuno en semanas. Ana y Pedro nos acogieron como si fuéramos uno más de la familia, tanto que decidimos quedarnos otro día más. Pudimos ver todo el pueblo en bicicleta (prestadas por Ana) y llegamos hasta el puerto. En este último, a pesar del diluvio, tuvimos el privilegio de conocer a una lobita de mar socorrista. Nos encontramos un lobo de mar solo en el borde de las rocas, acostado sin casi moverse. Como el mar estaba muy picado pensamos que se había perdido de su manada o que estaba herido. Fuimos a comentarlo a la base de la armada naval que había cerca y nuestra sorpresa fue su respuesta: la lobita de mar era de ahí, la estaban entrenando para hacer rescates. Lobita era libre, pero volvía siempre al puerto, y pronto ayudará a salvar a alguien en medio del mar.







Volvimos empapados de nuestro paseo en bici, y decidimos ir al mercado para comprar pescado local, verdura fresca y vino de la zona para darnos un homenaje.
El último destino costero fue Punta del Este, el Miami Beach de Uruguay. Dudamos en ir porque ya nos hacíamos una idea de lo que sería. Pero por más turístico que fuera le dimos el beneficio de la duda y decidimos acercarnos a verlo.
Como muchas ciudades costeras convertidas en balnearios comerciales de las masas, el atractivo de esta ciudad es principalmente la playa. También atrae muchos surfistas, y como en Miami o Benidorm hay enormes complejos hoteleros, mansiones y zonas de mucho lujo.
La principal atracción es una escultura de 1981, la famosa mano en la arena, que ya no está bajo la arena (se ve su base de cemento) y tampoco es tan atractiva. Eso sí, es misión imposible hacerse una foto sin turistas de fondo, incluso en temporada baja.







Por suerte el universo nos guardó otra sorpresa. Mientras caminábamos y disfrutábamos de un lindo atardecer, casi nos tropezamos con un enorme león marino que estaba descansando en uno de los muelles del puerto. Anonadados por el tamaño de semejante criatura tan mansa preguntamos a una pescadera local si esto era habitual, “ese es Roberto Carlos” dijo. El gigante melenudo marino llevaba 12 años frecuentando el puerto, se asoma todos los días al puerto esperando que la gente le dé de comer algún pescado de la pescadería del puerto


En resumen, tras recorrer casi todo el país, encantados con el este y el oeste, nos vamos gratamente sorprendidos con la riqueza natural y cultural de Uruguay. También con los uruguayos que son muy buena gente, tanto los gurises (🚹) como las gurisas (🚺).
Nos dejamos alguna cosa por visitar, pero seguimos adelante con la ilusión de la ansiada llegada de nuestra furgoneta, para seguir la ruta en nuestras 4 ruedas.

Increíble historia! Ya estoy ansioso esperando el próximo capítulo de este hermoso viaje…