El salvaje oeste

Tras conocer la capital uruguaya decidimos coger rumbo al interior del país, el oeste–ya que el clima no acompañaba para ir a la playa.

Queríamos hacerlo en Ómnibus (así se llama el bus acá), pero resultaba muy caro, lento, y con pocas conexiones. Así pues, terminamos por alquilar un auto, un discreto Chevrolet blanco que afortunadamente tenía aire acondicionado para soportar los 38ºC que hervían tierra adentro.

Por suerte, las predicciones climatológicas casi siempre se equivocan. Así que después de dedicarle un par de adjetivos al meteorólogo y su mamá, pudimos aprovechar el tiempo en casi todas partes.

Nuestra primera parada fue en un curioso lago artificial (que no lo parece), que se formó sobre unas antiguas canteras cavadas en un terreno muy cerca del río de La Plata. Ahí disfrutamos de un improvisado picnic y un refrescante chapuzón, todo ello amenizado por el reggaeton a todo volumen que reventaba los bafles de un «discreto» Fiat del 89. Gracias hermanos latinos uruguayos.

Caminando sobre el agua.

Siguiente parada: Colonia de Sacramento, un destino turístico obligado en Uruguay. El principal atractivo de ese encantador pueblito son sus calles adoquinadas y coloridas casas que conducen a un faro incrustado en la gran plaza central. La ciudad fue diseñada en su mayoría por los portugueses, y su arquitectura así lo recuerda. Después de pasar por manos de los españoles ahora se vive un ambiente costero, y se pueden pasar varios días entre toda la oferta gastronómica de calidad y la animada vida nocturna. A nosotros nos bastó con un atardecer que nos quitó el aliento, y una cerveza por las calles animadas por el candombe aún vivo del carnaval. Pero nos quedamos con ganas de volver (para verlo de día), con la furgoneta eso sí.

Por la noche estrenamos nuestra carpa en una de las múltiples áreas de camping libre que tiene Uruguay (con baños, agua, 24h, sombra… y todo gratis). Otra lección de los charrúas para el mundo.

Con las pilas cargadas pusimos rumbo a Fray Bentos donde está la antigua fábrica de productos cárnicos de Liebig (LEMCo) posteriormente llamada El Anglo. Allí descubrimos la impresionante hazaña industrial de la época: comprimir 30kg de carne en 1kg de extracto. La famosa pastilla de caldo Oxo alimentó a soldados en la Primera y Segunda Guerra Mundial, y a exploradores en el Everest y la Antártida. Vivió su mayor auge en la década de los 50. En torno a la fabrica se creó una microciudad con escuela, iglesia y viviendas para los 5000 trabajadores que a diario sacrificaban unas 2000+ reses. De ahí que en esa época Fray Bentos fuera llamado «la cocina del mundo». La fábrica fue decayendo debido a las fluctuaciones del mercado y cerró finalmente en 1979. La imponente construcción fue declarada en 2013 patrimonio de la humanidad por la UNESCO. En la actualidad el espacio ha sido restaurado y puede visitarse el Museo de la revolución industrial. También aloja una facultad de la universidad y un instituto de investigación.

Tras visitar Fray Bentos, y con la amenaza de que se avecinaba una tormenta, fuimos a buscar un sitio de acampada. De pura chiripa terminamos en San Javier, una antigua colonia rusa junto al parque nacional de Esteras de Farrapos a orillas del rio Uruguay. Nos enteramos que por la zona había otras colonias de inmigrantes como la suiza o la italiana que aún hoy en día conservan su autenticidad. En las calles de San Javier sus raíces rusas son evidentes con sus carteles en cirílico, una matrioska de 3 metros y avenidas con nombres de líderes soviéticos.

Como en todo el país encontramos un área de acampada gratuita al borde del río con todos los servicios. Allí disfrutamos de las vistas, un refrescante baño y el mordisco de una piraña del río Uruguay (después nos enteramos de que había una epidemia, ja).

Anonadados como estábamos con las vistas y el río, no nos percatamos que llegaba la tormenta. Tuvimos que montar la carpa a toda prisa y pasamos la noche entre rayos, truenos, una tormenta tropical y varios sapos.

A la mañana siguiente y tras emplear más de una hora en secar y limpiar los recuerdos de la noche eléctrica, pusimos  rumbo a un lugar que nos habían recomendado los locales por su energía especial e historias paranormales que allí ocurrieron: la estancia La Aurora y la cueva del padre Pío.

Cerca están las famosas termas de Dayman, las cuales pasamos de largo porque no nos cautivó su toque balneario/resort con pulserita todo-incluido.

La zona de “energías especiales” está en medio de una hacienda privada, y ha sido estudiada por varios ufólogos. Hay leyendas como la de un haz de luz que quemó varios árboles y animales dejando un cráter en el suelo. También están las de las visitas del ejercito y del mismísimo Neil Armstrong en representación de la NASA. No sentimos nada especial a parte de la soledad del lugar. Lo único que hay es un altar dedicado al santo Pio (cubierto por una cueva artificial de rocas y cemento) y algunas ofrendas que le hace la gente por sus milagros.

Tras esto nos tocó pasar por la ciudad de Salto, que si puedes mejor te la saltas. Su aire de pueblo repleto de comercios sólo nos retuvo para una comida rápida y cargarnos de provisiones.

Después condujimos 3 largas horas por una carretera parcialmente asfaltada y desértica hacia Tacuarembó con la idea de visitar El Valle del Edén. Estas tierras de gauchos están básicamente llenas de ganado, campos interminables de pasto, y algunas aves salvajes (avestruces?). Los auténticos gauchos van con su boina, su mate, y siempre los encontrarás con su caballo al lado de un buen asado.

Fuimos a parar a un camping increíble cerca del museo de Carlos Gardel (máximo exponente del tango y del que todavía se duda su origen, uruguayo o francés… un debate aún por zanjar). Dormimos plácidamente rodeados por mofetas, perros, caballos y gallos.

Al día siguiente gracias a las direcciones de la queridísima dueña del camping llegamos a la imponente cascada de Pozo Hondo. Pudimos admirar su belleza, la de los paisajes eternamente planos que lo rodean y la frescura revitalizante de sus aguas.

Tras ese día tan completo ya teníamos que volver a Montevideo a entregar el coche. Pasamos una última noche en el camping de Los Treinta y Tres Orientales. El nombre viene del grupo de 33 personas que lideraron la independencia de Uruguay. La noche en el camping «gratuito» (cobraban, pero nos dijeron que por una noche en temporada baja no teníamos que pagar) fue algo peculiar, ya que el camping era inmenso y de acceso libre, lo cual era aprovechado por los jóvenes lugareños para fiestear u otros menesteres. Incluso en medio de la noche pasó un tipo a vendernos una cafetera nuevita… Por suerte tuvimos la protección de «beltzi» (así la llamamos) que guardó nuestra carpa toda la noche y ladraba a todo el que se acercaba.

Después de ese ajetreado viaje por el interior entendimos que en el oeste está el verdadero Uruguay. Es una zona que no está muy explotada para el turismo y se vive la autenticidad de su gente local.

Nos despedimos ya de camino al este y sus kilométricas playas…

3 Comentarios

  1. Muy buen y gratificante reportaje, curiosos los relatos de vuestro viaje.
    Un saludo y a seguir disfrutando.

  2. Muy curioso y gratificante todo lo que habéis contado.
    Un saludo y a seguir disfrutando.

  3. Un oeste desconocido y peculiar, una gran crónica del lugar, gracias por compartirla 😘

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