Nuestra entrada a Bolivia fue bastante progresiva ya que la gente y el paisaje a lado y lado de la frontera son casi idénticos. En este área gris entre dos países que realmente son distintos hay llamas, montañas y cholitas por igual, es difícil saber si se está en Argenlivia o Bolgentina.

Sin embargo, una vez en tierra boliviana rápidamente se percata uno de estar en otro país. El caos reina, y lamentablemente lo primero que salta a la vista es la cantidad de basura que hay por todas partes. 😦
El cruce nos tomó varias horas, como muchas cosas en Bolivia donde se toman todo con extrema calma o poca seriedad.
Villazón, la primera población boliviana es como muchos pueblos fronterizos, un centro de comercio (y contrabando), donde nos aprovisionamos y seguimos la ruta. Pasamos la noche en el primero de muchos paisajes desérticos, donde la humedad, el agua y la contaminación lumínica nocturna brillan por su ausencia. Gracias a eso, el cielo de nuestras noches bolivianas nunca defraudó.
Nuestro siguiente destino era el famoso salar de Uyuni, que estaba a unos 300 km por una carretera curvada y montañosa que casi nunca baja de 4000 m.s.n.m. 🙈
Por eso teníamos que parar en Tupiza, un pueblo bastante insulso, pero como la mayoría de ciudades en Bolivia contaba con un mercado campesino, una de nuestra cosas favoritas en nuestro paso por este país: frutas y verduras locales de temporada vendidas por los campesinos de la zona. Bueno, bonito y barato. Y boliviano. 😉 todo vendido por cuartillas y en bolsitas de plástico (una pena).
Antes de emprender nuestra aventura al Salar nos informamos sobre cómo proteger nuestra casita rodante de la corrosión que puede provocar la sal. Había que lavarla (porque llevaba ya días sin una ducha) y “fumigarla”. Esto consiste en rociarla por debajo con gasóleo o diésel para evitar que la sal se pegue a la carrocería y las piezas de metal. Aunque el proceso de lavado + fumigado tardó solo unos 30 minutos, la gestión (entre regatear y encontrar un hueco en el apretado horario de los locales) nos tomó un día entero. Bienvenidos a Bolivia.
La carretera a Uyuni que va directo desde Tupiza es reciente y aún tiene tramos en obras, pero es una de las más bonitas que recorrimos en todo el país. Disfrutamos de las imponentes montañas de más de 4000 m, con sus paisajes áridos que parecían ser de otro planeta y con las ocasionales llamas y vicuñas que nos recordaban que no estábamos soñando.
Aunque 200 km pueda parecer poco, las curvas, la poca presión y el escaso oxígeno que hay a 4000+ metros de altitud nos obligaron a hacerlo en dos días. Por suerte encontramos un escondite en medio de uno de los tantos pueblos mineros de la zona donde disfrutar de las bellezas del paisaje. Eso sí, el frío no perdona en altura y se nos congelaron hasta las ideas. La furgoneta amaneció congelada por dentro, y nuestro depósito de agua (casi 60 L) tardó horas en volver al estado acuoso.

Nuestra llegada al pueblo de Uyuni fue una sorpresa. La verdad es que siendo el principal destino turístico del país (y uno de los principales del continente), nos esperábamos una ciudad muy turística. Pues estábamos equivocados. La aridez que domina la zona no hace excepciones. El polvo casi que reemplaza al oxígeno y la austeridad es evidente. Claro que hay hoteles con todas las comodidades para los que quieren venir a gastarse sus dólares o euros. Pero la realidad de la gente es otra. De nuevo nos sorprendió la basura omnipresente y la humildad de los habitantes, que rozaba con la pobreza. De hecho ese límite es muy borroso en Bolivia. Hay cholitas en casi todas las calles, unas limpiando cereales, otras vendiendo cualquier cosa y otras simplemente pidiendo limosna.
Eso sí, nos dimos rápidamente cuenta que las cholitas son las que levantan el país. Los hombres se ven poco. Algunos trabajan en las minas, la principal fuente de ingreso en Bolivia. Y cuando se ven suelen ir embriagados, pues aparentemente en eso se gastan los bolos 💰 (en Bolivia venden alcohol etílico al 95% para beber!, lo llaman “alcohol bebible”).
En el mercado compramos de nuevo ricos productos locales, y el remedio milagroso que nos salvaría del mal de altura de aquí en adelante 🍃. La hoja de coca hace parte de la cultura andina hace miles de años, y sólo en Bolivia se consume más de una tonelada al mes. Por eso Evo Morales la declaró parte de legado boliviano en la constitución del 2009. Gracias Pachamama 🙏🏽.
Eso sí, en el mercado de Uyuni sí toca estar bien mosca pa que no tumben a uno (así que le tocaba al colombiano ir a regatear mientras la europea se escondía).
Otra sorpresa (para la cual ya estábamos medio preparados) fue el precio del combustible y la poco efectiva medida con la que controlan el mercado de hidrocarburos en el país. Este tema ha sido muy controvertido en las últimas décadas (incluso significó la dimisión de un presidente). El asunto es que todos los hidrocarburos están nacionalizados, y al ser una necesidad en un país grande, frío y pobre, los precios se tienen que adaptar a esa realidad. Esto significa que el gobierno controla el comercio del combustible. Podría ser bueno pero no parece ser así. La gasolina y el gas natural (líquido) se produce en explotaciones bolivianas pero el diésel lo importan. Los precios son controlados por una agencia gubernamental (ANH), y para evitar que en las fronteras haya gente que cruce solo para comprar combustible más barato y regrese a su país, la brillante medida de la ANH ha sido poner un precio por litro para bolivianos (3,7 Bs. = 0,5 €) y otro para extranjeros (8,9 Bs. = 1,2 €). La normativa en sí no es el problema (aunque es muy cuestionable), han sido sus consecuencias lo que realmente ha sido nefasto. Se ha generado un mercado negro de combustible donde cualquier boliviano puede sacar su tajada revendiendo (a veces adulterado) el combustible a cualquiera. Además,–y esto es lo más triste– hay gasolineras que han optado por no vender combustible directamente a los extranjeros. Eso ya no es ninguna medida económica sino verdadero racismo, algo muy distante de lo que quería el libertador Simón (cuyo apellido dio origen al nombre de este país), y no parece representar los ideales del Estado Plurinacional de Bolivia (como lo rebautizó Evo). Por suerte teníamos un bidón de gasolina, y en casi todas las gasolineras, tras una charla entre hermanos andinos, Alejandro conseguía que nos vendieran combustible a un precio variable (con nuestra casita rodante fuera de vista, claro).
Parecería sencillo llenar un bidón de combustible y echarlo en el tanque de la van. Pues nada más lejos de la realidad. El bidón es de 20 L (o sea que lleno pesa unos 20 kg), el cual hay que llevar caminando hasta la camioneta escondida a unos 100-200 m, para luego alzarlo durante varios minutos mientras se llena muy lentamente mediante un embudo y un empate que para nuestra desgracia fugaba… Después de untarnos y mancharnos de diesel, optamos por comprar accesorios para mermar la tortura semanal.
Aunque costó, logramos aprovisionarnos completamente para nuestra aventura en el salar, pero no podíamos irnos sin antes hacerle una visita al famoso cementerio de trenes. Que no es mas que un depósito de trenes en medio del desértico paisaje, aunque muy fotogénico eso sí. Allí disfrutamos de un atardecer y una sesión de fotos junto a los turistas que empezaban a aflorar cuál setas en otoño.
Ya listos para la aventura nos adentramos en el salar más impresionante de la tierra.






































Bonito tanto el relato como las fotos y vídeos 👏👏👌👌
Como siempre el relato apasionante 🙂 y la foto de la máquina del tren decorada me ha encantado ❤️😘😘